sábado 31 de enero de 2009

ARCA

Arca

Por Recursos Biblicos
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1. El arca de Noé (heb. teµb_aÆ, probablemente del egp. d_b'.t, ‘arcón, ataúd’, Gn. 6–9; kiboµtos, ‘caja, arcón’ en el NT) evidentemente tuvo por objeto ser nada más que un depósito flotante, que medía, si consideramos que el codo tenía unos 46 cm. (* Pesos y medidas), alrededor de 150 x 25 x 15 m (Gn. 6.15). Es posible leer qaµnéÆm, ‘juncos’, por qinnéÆm, ‘nidos’ en Gn. 6.14, sin interferir con el texto consonántico, lo que nos daría el sentido de que los componentes de madera de gofer estaban unidos y calafateados con juncos, y que luego se terminó toda la armazón con brea (* Asfalto). Si bien podemos tomar la declaración en 6.16 (literalmente, “la harás inferior, segundo y tercero”) en el sentido tradicional de describir tres pisos, también es posible entender que indica tres camadas de troncos atravesados, interpretarión que concordaría bien con una construcción de madera, juncos y brea. El arca tenía también una abertura (pet_ah) en el costado, y una s\oµhar, término que no se ha podido comprender bien, pero que en la mayor parte de los casos se considera que significa una abertura para la luz, que corría en derredor de la barca un poco por debajo del techo.
El arca descansó “sobre los montes de *Ararat” (Gn. 8.4), o, según los babilonios, sobre el mte. Nisir (“Salvación”) en el NO de Persia. Todavía no se han podido confirmar los esfuerzos realizados para encontrar los restos del arca y comprobar su existencia mediante fragmentos de madera encontrados al E de Turquía (cf. J. A. Montgomery, The Quest for Noah’s Ark, 1972).
2. Quizás se pueda caracterizar el arca de Moisés (heb. teµbaÆ, Ex. 2.3–6) como una versión de la de Noé en miniatura, pero de tamaño suficiente como para contener a un niño pequeño. Estaba hecha de juncos (goµme', * Papiros), y fue sellada con asfalto (h\eµmaµr) y brea (zefet_, * Asfalto), y dado que fue necesario abrirla (Ex. 2.6), parecería que estaba, probablemente, al igual que el arca de Noé, completamente cerrada.
Bibliografía.A. Heidel, The Gilgamesh Epic and Old Testament Parallels², 1949, pp. 232–237; F.. Ullendorf, VT 4, 1954, pp. 95–96.

viernes 30 de enero de 2009

ÁRBOLES

árboles

Por Recursos Biblicos
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Los comentarios en el artículo sobre * Plantas, relativos a la incertidumbre en cuanto a su identificación, se aplican igualmente a los árboles.
Los árboles y la madera se mencionan con frecuencia en la Biblia. La Tierra Santa misma no puede haber sido nunca densamente poblada de árboles, aun cuando se sabe que existían bosques en zonas actualmente desprovistas de árboles. Partes de la llanura de Sarón estaban cubiertas de robles de hoja caduca, mientras que en buena parte de la región montañosa había robles de hoja perenne, incluyendo el Carmelo, donde todavía existen en alguna medida. El pino carrasqueño (o de Alepo) también crecía en suelos adecuados en las montañas. Basán y el Líbano eran fuentes importantes de obtención de madera, y el cedro del Líbano es famoso. La madera era necesaria para la construcción de edificios (aun cuando para las viviendas humildes las ramas toscas servían), barcos, instrumentos musicales, herramientas agrícolas, artículos para el hogar, y hasta ídolos.
Acacia (heb. sûit\t\imm, °vrv1 “Sittim”, y “espinos” en Is. 41.19). Varias especies de acacia (Acacia albida, A. tortilis, A. iraqensis) existen en los uadis del desierto de Sinaí y en el cálido valle del Jordán, donde el lugar geográfico Sitim recibió su nombre de dicho árbol (Jos. 2.1). La madera dura de este árbol fue usada por los israelitas para el arca y partes del *tabernáculo o tienda de reunión (Ex. 25). Estos árboles espinosos y de ancha copa se encontraban entre los pocos árboles disponibles en Sinaí, adecuados para proporcionar trozos de madera de tamaño utilizable.
Álamo (heb. lib_neh; bƒk_aµéÆm, 2 S. 5.23–24; 1 Cr. 14.14–15; °vrv2 “balsameras”; °vrv1 “morales”). Cuando Jacob engañó a Labán se valió de varas de álamo, avellano y castaño (Gn. 30.37). El álamo (Populus eufratica) es alto y con hojas que susurran (2 S. 5.23–24; 1 Cr. 14.14–15) y, como el sauce (véase inf.), crece al lado del Jordán y los arroyos donde las ramas echan raíces fácilmente (Os. 14.5, °nbe, °nc). Por consiguiente es poco probable que se lo encuentre en las cimas de las montañas, como uno de los árboles de sombra bajo los cuales se hacían sacrificios y ofrendas (Os. 4.13). Esta podría ser una referencia al estoraque (Styrax officinalis), que tiene hojas blancas en su superficie inferior. Se piensa que la “rama” de Gn. 49.22 (°vp “planta”) puede haber sido el álamo del Éufrates.
Almendro. El almendro (Prunus dulcis o Amygdalus communis) florece en la Tierra Santa ya en enero. Su nombre heb. sûaµqeµd_, ‘el que vela’, da la idea del primero de los árboles frutales en cobrar vida después del invierno. Las flores son blancas con un tinte rosáceo, por lo que se evidencia la analogía con el patriarca de cabellos canos (Ec. 12.5). La belleza del almendro era frecuentemente copiada en adornos (Ex. 25.33–34). Además de producir aceite, el meollo constituía alimento favorito en Palestina, y era regalo aceptable, como cuando Jacob envió almendras a Egipto (Gn. 43.11). Probablemente se haga referencia a él en Gn. 30.37, donde °vrv2 traduce “avellano”, y se menciona en Jer. 1.11–12, donde un juego de palabras (con sûaµqeµd_ y sûoµqeµd_) ilustra el rápido cumplimiento de las promesas por parte de Dios. Véase A. Goor y M. Nurock, Fruits of the Holy Land, 1968, pp. 241–254.
Almugguim (heb. almuÆggéÆm, 1 R. 10.11–12; la mayoría de las vss. traduce “sándalo”, mientras que °bj y °ci retienen el vocablo heb.). Importado por Judá con oro de Ofir. La ubicación de Ofir sigue siendo conjetural, y la identidad del árbol es incierta. La tradición lo equipara con el sándalo rojo (Pterocarpus santalinus), que es un árbol leguminoso grande originario de la India y Ceilán. Otros sostienen, empero, que tanto el alguÆmméÆn como el armoÆn, Gn. 30.37; Ez. 31.8). El “castaño” (°vrv2, °vp) no es autóctono de la región; en cambio el “plátano” (Platanus orientalis; °bj y otras vss., “plátano”; °vm “plátano oriental”), árbol grande de hojas caducas, crece en lechos rocosos de arroyos en la Palestina septentrional. Tiene hojas digitadas y capítulos colgantes redondos.
Cedro (heb. erez; gr. kedros). Se trata del cedro del Líbano, Cedrus libani, conífera grande y extendida que anteriormente abundaba en el mte. Líbano, donde en la actualidad está reducida a pocos ejemplares dispersos, y se los protege. La madera era altamente estimada por su durabilidad y se usó, por ejemplo, en la contrucción de la casa de David (2 S. 5.11, etc.), el templo de Salomón (1 R. 5.6–10, etc.) y el templo nuevo edificado después el exilio babilónico (Esd. 3.7). Hay textos extra bíblicos que afirman que Nabucodonosor explotaba los bosques libaneses (cf. Hab. 2.17). Salomón tenía carros, o más probablemente sillas de manos (heb. appiryoÆn), hechos de cedro (Cnt. 3.9). El cedro puede alcanzar una altura de 40 m, y los escritores del AT lo usaban como figura de estatura en el hombre (Ez. 31.3; Am. 2.9), de magnificencia (Sal. 92.12), y majestad (2 R. 14.9). El significado del heb. ezraµh\ en el Sal. 37.35 es oscuro (°vrv2 ‘laurel verde”, °vm “árbol vigoroso”, °bj “cedro del Líbano”), pero en otras partes del AT significa “autóctono’, y aquí se indica una planta originaria de Palestina.
La madera de cedro que quemaba el sacerdote durante la purificación levítica (Lv. 14.4–6, 49–52; Nm. 19.6) no sería cedro del Líbano sino un árbol pequeño del desierto sinaítico, el enebro fenicio, Juniperus foenicea, que despide fragancia cuando se lo quema. Véase Pino, inf.
Ciprés. Árbol (Cypressus sempervirens) con un desarrollo denso, de 13–20 m de altura, con numerosas ramas con hojas escamadas, y que proporciona una madera excelente. Con frecuencia se los planta en los cementerios mediterráneos como variedad columnar (var. pyramidalis). °vrv2 traduce como “ciprés” el heb. bƒroÆsû (Is. 41.19; 55.13; °vrv1 “haya, °vm “abeto”), mientras que la variante bƒroÆt_éÆm (Cnt. 1.17) se traduce “pino” en rsv. Según los elementos de prueba el ciprés sería el heb. tƒasûsûuÆr (Is. 41.19; 60.13; °vrv2 “boj”; °vrv1 tiene “álamo” en el primer caso). La referencia en Os. 14.8 al “ciprés siempre verde” (°bj) o “abeto verde” (°vm) o “haya verde” (°vrv2) prosigue con una mención de su fruto, presumiblemente comestible. Probablemente se trate del Pinus pinea, que tiene copa extendida y semillas comestibles en la piña.
Ébano (heb. hob_néÆm, Ez. 27.15; egp. hbny). El duramen negro rojizo del Dalbergia melanoxylon, árbol leguminoso de las partes más secas del África tropical. Se lo usaba extensamente en el antiguo Egipto para muebles finos, vasijas valiosas, enchapados, cetros, e ídolos. Sólo posteriormente se aplicó esta palabra egp. a las maderas de negro azabache del género Diospyros que se obtenían en el África tropical, y ahora especialmente al D. ebenum de Ceilán. Véase A. Lucas y J. R. Harris, Ancient Egyptian Materials4, 1962, pp. 434–435; F. N. Hepper, “On the transference of plant names”, PEQ 109, 1977, pp. 129s.
Encina (heb. tirzaÆ, Is. 44.14, °vrv1; °vrv2 “ciprés”). Madera usada para hacer ídolos paganos. Si la encina de °vrv1 indica la madera de la encina perenne (Quercus ilex) de la zona del Mediterráneo central, se la hubiera tenido que importar. En cambio evidentemente la referencia es, según el contexto, a un árbol autóctono, tal como alguno de los robles de la zona. °vrv2 y °vm traducen la palabra heb. por “ciprés” (Cypressus sempervirens); otras vss. tienen “roble” (°bj ); ambos son nativos de Palestina. La palabra heb. tirzaÆ es semejante a la palabra ugarítica tisr para ciprés.
Las palabras heb. alloÆn y eµloÆn tamb. se vierten encina (°vrv2), además de “roble” (°vm). En Palestina hay tres especies de roble (Quercus). La coscoja (Q. coccifera, conocida tamb. como Q. calliprinos) es una siempre verde que habita los montes, donde se la ve frecuentemente como un arbusto, si bien la variedad palestina puede llegar a formar un árbol redondeado con tronco robusto cuando está protegida. Uno de los robles de hoja caduca (Q. infectoria) probablemente no se mencione en la Biblia, debido a su distribución limitada en altitudes considerables. El otro, el roble de Vallonea o Tabor (Q. aegilops, conocido tamb. como Q. ithaburensis), se encuentra en las tierras bajas de la Palestina, pero la tala extensa ha eliminado los bosques que anteriormente cubrían la llanura de Sarón. Es un árbol fuerte, de madera dura, que alcanza una gran edad, y su fruto, o bellota, está inserta en una copa. Hay cierta confusión con el terebinto, que alcanza una altura similar y tiene nombre heb. semejante, si bien botánicamente son diferentes.
La encina o roble era árbol favorito debajo del cual sentarse (1 R. 13.14), o sepultar los muertos (Gn. 35.8; 1 Cr. 10.12). Los árboles solitarios constituían mojones (1 S. 10.3; °vrv1 “campina”). Su madera poco se menciona; es dura y se usaba para hacer remos (Ez. 27.6). Basán era renombrada por sus encinas (Is. 2.13; Ez. 27.6; Zac. 11.2), y hasta el día de hoy pueden verse hermosos ejemplares adultos de Q. aegilops en esa región. La tintura escarlata o carmesí, empleada en ritos heb. (Ex. 25.4; 26.1; He. 9.19, etc.), se obtenía de un insecto cóccido que cubría las ramitas de la encina coscoja. Absalón quedó atrapado por el cabello en una encina (2 S. 18.9–10).
El heb. <‡sûeµraÆ se traduce en °vrv1 (siguiendo la LXX alsos) como “bosque” o “(lugar) alto” idolátrico (Ex. 34.13; Dt. 16.21; 2 R. 17.16, etc.), dado que se pensaba que se refería a un encinar o robledo. En cambio los entendidos actuales sostienen que no se trata de una referencia a árboles sino a una imagen o un asta cúltica de la diosa cananea Asera (así °vrv2), consorte de Él. No obstante, con frecuencia también había árboles en torno a la cuestión: “No plantarás ningún árbol para Asera” (Dt. 16.21); “Sacrificaron … debajo de las encinas, álamos y olmos que tuviesen buena sombra” (Os. 4.13). Hasta el día de hoy pueden verse en diversas partes de Palestina bosques “sagrados” de encinas y terebintos. Granado (heb. rimmoÆn). Árbol pequeño o arbusto (Punica granatum) que se cría en forma silvestre en algunos países orientales, y que se estima y cultiva grandemente desde épocas primitivas. Varios lugares en Palestina llevan su nombre, p. ej. Rimón (Jos. 15.32), Gat-rimón (Jos. 19.45), En-rimón (Neh. 11.29). Tiene numerosas ramas extendidas, hojas caducas de color verde oscuro, ocasionales espinas, cáliz grande y persistente, y flores rojas brillantes. Cuando está plenamente maduro su fruto, que tiene forma de manzana, ostenta una mezcla de colores, amarillo, marrón y castaño, y contiene una multitud de semillas recubiertas de una piel delgada y rodeadas de una pulpa acuosa de color rosa. Existen dos variedades, dulce y ácida. Con el jugo se hace una bebida refrescante, con las semillas un jarabe (granadina), y de las flores un medicamento astringente. Con granadas ornamentales se decoraba la vestimenta del sumo sacerdote (Ex. 28.33), los capiteles de las columnas del templo de Salomón (1 R. 7.20), y el siclo de plata de Jerusalén que circulaba en 143–135 a.C. Véase Goor y Nurock, op. cit., pp. 70–88. Haya. Las palabras heb. bƒroÆsû, bƒroÆt_éÆm se trad. “ciprés”, “haya”, palabras que suelen aplicarse popularmente a diversas coníferas. Los eruditos hebreos aceptan la aplicación de estos nombres al alto enebro griego, Juniperus excelsa, del que se importó la madera desde el Líbano para la construcción de la casa y el templo de Salomón (1 R. 5.8, 10), desde Senir (Hermón) para la construcción de embarcaciones (Ez. 27.5, cf. °vrv1, °vrv2), y también para instrumentos musicales (2 S. 6.5). Madera olorosa (gr. thyinos, Ap. 18.12; °vp “madera aromática”, °ci “madera exótica”). La madera de la tuya articulada (Tetraclinis articulata), pequeña conífera originaria del NO del África. La madera es oscura, dura, y fragante, y era valorada por los griegos y los romanos para la fabricación de armarios. Otro nombre que recibe es madera de cidro (pero no está relacionada botánicamente con los Citrus), y algunas versiones utilizan dicho nombre; otras entienden que se trata del sándalo. Manzano (heb. tappuÆah\). La identidad de esta fruta, que se menciona principalmente en Cnt., ha sido muy discutida en razón de la objeción (insostenible) de que Palestina es un lugar demasiado caliente y seco para el cultivo adecuado de la manzana verdadera (Malus pumila o Pyrus malus). Las palabras heb. y ár., sin embargo, favorecen dicha lectura; es un árbol que ofrece buena sombra, la fruta es dulce (Cnt. 2.3), y su perfume es muy apreciado (Cnt. 7.8). La manzana cultivada puede haber tenido su origen en la región del Cáucaso y por cierto que crece muy bien en los cultivos en partes de la Tierra Santa. Aun cuando la mayoría de las cualidades mencionadas se aplican también al albaricoquero (Armeniaca vulgaris o Prunus armeniaca), del que sería más apropiada la imagen de Pr. 25.11 relativa a la “manzana de oro”, resulta dudoso el que el albaricoquero existiera en Palestina en esa época. Esta objeción resulta más seria todavía en el caso del cidro chino (Citrus medicus), que constituye una tercera sugerencia. También se ha propuesto una fruta asiática occidental, el membrillo (Cydonia oblonga), pero su gusto es algo amargo, y la Misná traduce el término con una palabra heb. diferente. Véase Goor y Nurock, op. cit. Morera (gr. sykaminos, Lc. 17.6, °vp, °nbe; en °vha, °ci “moral”). La morera negra (Morus nigra), árbol pequeño y fuerte, con fruto comestible de color rojo sangre, se cultiva en Palestina. Consideran algunos que puede referirse al sicómoro (así °vrv2 y otras), pero no hay razón para dudar de que para la época del NT ya existía la morera negra. Palmera (heb. taµmaµ, gr. foenix). Palmera datilera, Foenix dactylifera, árbol alto, delgado, sin ramas, con un penacho de 3–4 m de hojas semejantes a plumas. Los racimos de flores masculinas y femeninas aparecen en árboles separados. Forma bosques en el cálido valle del Jordán. Por numerosas referencias parecería que en los tiempos bíblicos era común plantarlas en forma aislada (Jue. 4.5), aunque el fruto de los ejemplares ubicados en zonas altas era de calidad pobre. Con frecuencia la palmera daba nombre al lugar donde crecía, p. ej. Tamar (Ez. 47.18–19; 48.28); Hazezon-tamar (Gn. 14.7, etc.). A Jericó se la llamaba “ciudad de las palmeras” (2 Cr. 28.15). La palmera tipificaba la gracia, la elegancia, y la rectitud (Sal. 92.12; Jer. 10.5), y Tamar se usaba como nombre de mujer (2 S. 13.1; 14.27). También era símbolo de victoria y regocijo, y el uso de hojas de palmera (“ramas”) cuando Jesús entró en Jerusalén (Jn. 12.13) constituía un acto significativo (cf. Ap. 7.9, “palma”). La forma de la palmera se usaba en ornamentación arquitectónica (1 R. 6.29, 32; Ez. 40.31). Véase Goor y Narock, op. cit., pp. 121–151. Pino. Existen razones para creer que el heb. oµren de Is. 44.14 se refiere al pino carrasco o de Alepo (Pinus halepensis), y no al cedro (°vp, °bj) o la haya (°vm). Este pino se cría en las montañas palestinas donde la tierra es adecuada para el mismo. Es un árbol alto y delgado con pares de agujas a modo de hojas, y madera blanda adecuada para ser trabajada. Sándalo (heb. alguÆmméÆm, 2 Cr. 2.8; 9.10–11; °bj “algummim”). Aparentemente originario del Líbano, y posiblemente la conífera denominada abeto ciliciano (Abies cilicia). También se han sugerido la sabina oriental o enebro griego (Juniperus excelsa), y el ciprés de hoja perenne (Cypressus sempervirens). Una sugestión dudosa es que el sándalo sea igual al sándalo de Ofir, y que fue reexportado a Judá desde el Líbano, siendo luego confundido por el Cronista camo originario de allí. La referencia a la “madera de sándalo” en 2 Cr. 9.10–11 parecería ser un ejemplo de metátesis, aunque también podría ser simplemente una forma alternativa. Véase Almugguim, sup. Sauce (heb. >‡raµb_éÆm, s\afs\aµfaÆ). Los sauces (Salix acmofylla y otras especies) se encuentran comúnmente cerca de los arroyos permanentes en el Oriente Medio, y en las referencias bíblicas generalmente están vinculados con su hábitat (Job 40.22; Is. 25.7; 44.4; Ez. 17.5). Son arbustos o pequeños árboles que forman espesuras. Los “sauces de los arroyos” (Lv. 23.40) y los “sauces” de Babilonia (Sal. 137.2) en general se consideran actualmente como álamos (Populus eufratica). Más aun, M. Zohary (Flora Palaestina, 1, 1966, pp. 29) sostiene que en la literatura posbíblica los nombres heb. del sauce y el álamo fueron intercambiados.
Las “cuerdas nuevas” o “sogas nuevas” (°vm) usadas por Dalila para atar a Sansón (Jue. 16.11) pueden haber sido cortezas de sauce o ramitas fibrosas del arbusto desértico Thymelaea hirsuta.
Sicómoro (heb. sûiqmaÆ, gr. sykomoµraia). El sicómoro (Ficus sycomorus), es un árbol fuerte de 10–13 m de altura, con tronco corto, ramas que se extienden ampliamente, y hojas perennes. Se plantaba, y se planta todavía, en Egipto y en las tierras bajas de Palestina (1 R. 10.27, °nc; 2 Cr. 1.15, °vm, °nc; 9.27, °nc; en todas estas referencias °vrv2 tiene “cabrahigos”). Su madera resultaba importante para Egipto, donde los árboles eran escasos, para la fabricación de ataúdes y otros objetos de madera. Su fruto es comestible y era lo suficientemente importante como para que el rey David designara oficiales para que cuidaran los olivares y los sicomorales (1 Cr. 27.28, °vm), y para que el salmista considerara la destrucción de los sicómoros por helada como una calamidad para los egipcios comparable con la destrucción de sus propias viñas (Sal. 78.47, °vm). En Am. 7.14 °vm mg, “cosechador de fruta del sicómoro”, o °vrv2, “recojo higos silvestres”, es incorrecta, ya que la palabra heb. significa podador o cuidador de la fruta. Se trataba de la operación de cortar la parte superior de cada higo a fin de asegurar que madurara en forma adecuada y libre de insectos. Zaqueo subió a un sicómoro para ver pasar a Jesús (Lc. 19.4); todavía pueden verse sicómoros en las calles de algunas ciudades palestinas. Este árbol no debe confundirse con el sicómoro europeo (Acer pseudoplatanus) o el plátano norteamericano (Platanus) también conocido como sicómoro.
Tamarisco (heb. Terebinto, árbol de la trementina (heb. Bibliografía.J. Lacasa, “Árbol”, °EBDM, t(t). I, cols. 680–684; M. Zohary, “Flora”, °EBDM, t(t). III, cols. 584–601; M. Noth, El mundo del Antiguo Testamento, 1976.
F.N.H.

sábado 24 de enero de 2009

ARAUNA

Arauna

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(heb. <‡rawnaÆ, tamb. haµ<‡warnaÆ, <‡ranyaÆ). En 2 S. 24.16ss un jebuseo cuya era fue adquirida por David cuando vio que el ángel destructor detuvo su mano allí, con el fin de levantar en dicho lugar un altar para ofrecer un sacrificio destinado a detener la mortandad que se había desatado por el hecho de haber contado al pueblo. En 1 Cr. 21.18ss (donde a Arauna se le llama Ornán) David compra también los terrenos que circundaban la era, para destinarlos a la construcción del futuro templo, el que, a su debido tiempo, edificó allí Salomón (1 Cr. 22.1; 2 Cr. 3.1). El nombre de Arauna se ha derivado del hitita arawanis, ‘hombre libre’, ‘noble’. H. A. Hoffner (POTT, pp. 225) sugiere más bien la lectura

viernes 23 de enero de 2009

ARARITA

ARARITA

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Designación aplicada a algunos de los valientes de David: Sama (sûammaµ'), hijo de Age, que posiblemente sea el mismo que Sama (sûammaÆ) (2 S. 23.11, 33) ; Jonatán hijo de Sage (1 Cr. 11.34) ; y Ahíam hijo de Sacar (1 Cr. 11.35). Es un nombre desconocido fuera de la Biblia, y puede ser el de una tribu o ciudad, o puede simplemente significar “morador de la montaña” de har, ‘montaña, cerro’.

jueves 22 de enero de 2009

ARARAT

Ararat




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I. Pruebas bíblicas
El nombre Ararat aparece cuatro veces en la Biblia. Era la zona montañosa o de colinas (haµreÆ II. Pruebas extrabíblicas
Casi no se duda de que el III. Urartu
En el ss. XIII, cuando encontramos la primera mención de Urartu en las inscripciones de Salmanasar I, aparece como un pequeño principado ubicado entre los lagos Van y Urmia, pero parece haber aumentado su poderío en los siglos siguientes cuando Asiria experimentaba un período de declinación. En el ss. IX se hicieron más frecuentes los informes de campañas asirias contra Urartu, cuyo territorio se había extendido bastante hacia el N y el O, y alrededor del 830 a.C. Sardur I fundó una nueva dinastía y estableció su capital en Tuspa. Sus sucesores inmediatos mantuvieron las fronteras, pero el reino se vio seriamente afectado, a fines del ss. VIII, por las invasiones cimerias (* Gomer ); durante un breve período se reanimó, a mediados del ss. VII, bajo el reinado de Rusa II, que puede haber sido el rey que dio asilo a los asesinos de Senaquerib. El fin de Urartu es oscuro, pero los armenios de lengua indoeuropea deben haberse establecido allí a fines del ss. VI a.C., como lo demuestra la inscripción de Bisutún en la que aparece el término arminiya en la versión en persa antiguo. En la versión bab. se lee urasûtu, y en la aramea de Elefantina Bibliografía.A. Goetze, Kleinasien², 1957, pp. 187–200, 215–216; F. W. König, Handbuch der chaldischen Inschriften (AfO, Beiheft 8), I, 1955, II, 1957; M. N. van Loon, Urartian Art, 1966.

miércoles 21 de enero de 2009

ARAM, ARAMEOS

Aram, Arameos



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I. Ancestral y personal
a. Hijo de Sem, registrado así juntamente con Elam, Asur (Asiria), y otros en Gn. 10.22–23 y 1 Cr. 1.17, que tiene otros cuatro agrupados con él. Sobre esta asociación de Aram con las partes del E y NE del antiguo oriente, véase sección II.a, inf.
b. Nombre individual de algunas personas y jefes de clanes posteriores en la época patriarcal y después, así: Aram, nieto de Nacor, hermano de Abraham (Gn. 22.21); una “aramea” fue madre de Maquir por Manasés (1 Cr. 7.14, °bla ); otro Aram se menciona como descendiente de Aser (1 Cr. 7.34).
En las genealogías de Mt. 1.3–4 y Lc. 3.33 Aram es simplemente la forma gr. equivocada de Ram (rsv), nombre enteramente diferente.
II. Pueblos, territorios y lengua
a. Orígenes
A Aram y a los arameos se les dice generalmente “Siria” y “sirios”, respectivamente, en el AT, apelativos desconcertantes cuando se aplican al período anterior a ca. 1000 a.C. Desde el 3° milenio a.C. se sabe por fuentes cuneiformes que pueblos occidentales seminómades de habla semita se venían infiltrando constantemente en Siria y Mesopotamia a lo largo de casi toda la frontera del desierto arábigo. En Mesopotamia, bajo los reyes de Acad y de la 3» dinastía de Ur (ca. 2400–2000 a.C.), estos “occidentales” (MAR.TU en sumerio, Amurro en babilonio) finalmente penetraron a través del Tigris las tierras esteparias más hacia el E, alcanzando los montes iranios. Hay indicios de que se establecieron bien allí. (Para un buen análisis de esto véase J.-R. Kupper, Les Nomades en Mésopotumie au Temps des Rois de Mari, 1957, pp. 147s, 166, 177s, 196.) Pero estas regiones en el NE no eran territorios vacíos. En las estepas y en los montes más allá vivían los hurritas, y seguramente las dos poblaciones se mezclaron. Estos hechos proporcionan un fondo ilustrativo para los orígenes de los arameos de las fuentes bíblicas y externas.
En este mismo período se menciona un asentamiento denominado Aram(e.i) en la región E del Tigris, al N de Elam y al ENE de Asiria. Si este hecho se liga con la presencia de pobladores occidentales de habla semita allí, estos podrían justificadamente considerarse como protoarameos. Kupper rechaza esta interpretación, pero aparentemente ha descuidado la importancia de algunos pasajes del AT aquí. Esta asociación de los primitivos “arameos” con el E y el NE es evidente en Gn. 10.22–23, donde Aram, Elam, y Asur (Asiria) aparecen juntos, lo cual es indicación de una fecha muy temprana. Am. 9.7 continúa esta tradición en épocas posteriores: Dios sacó a Israel de Egipto (S), a los Filisteos de Caftor (O), y a los arameos de Kir (NE). Kir aparece una sola vez más (Is. 22.6)—representando a Asiria—juntamente con Elam, de modo que Amós coincide con Gn. 10 y con la presencia, comprobable, de los protoarameos en el NE. Basándose en las pruebas cuneiformes (pero sin usar los pasajes bíblicos esgrimidos aquí), estos arameos primitivos fueron aceptados por A. Dupont-Sommer, VT Supp., t(t). I, 1953, pp. 40–49; por S. Moscati, The Semites in Ancient History, 1959, pp. 66–67, y en obras anteriores; y por M. McNamara, Verbum Domini 35, 1957, pp. 129–142; pero rechazados (p. ej.) por I. J. Gelb, JCS 15, 1961, pp. 28, n. 5; D. O. Edzard, Die zweite Zwischenzeit Babyloniens, 1957, pp. 43, n. 188.
Aramu está comprobado como nombre de persona en la 3º dinastía de Ur (ca. 2000 a.C.) y en Mari (s. XVIII a.C.); en Alalak en el N de Siria en esta época, aproximadamente, aparece la forma Arammú; para la doble “m” cf. el heb. <ƒramméÆ, ‘arameo’. Esto se corresponde con Aram como nombre de persona en el AT alrededor de esa época. Es posible que el nombre Aram hasta sea hurrita; en Alalak y en Nuzi aparece una serie de nombres de tipo hurrita compuestos con Aram-o Arim- como parte inicial (Kupper, Nomades, pp. 113). Es posible que “Aram” haya sido el nombre de un grupo tribal que primero cruzó el Tigris y entró en territorio hurrita, y es posible que su nombre haya sido aplicado por los hurritas a todos esos grupos occidentales de habla semita que se infiltraron o asentaron allí (cf. El uso sumerio y bab. de los términos MAR.TU y Amarru, sup.), y por ello su uso en nombres de lugares; o puede también haber sido un epíteto hurrita, lo cual explicaría mejor su uso en nombres de personas. A medida que los hurritas se extendieron por la Mesopotamia superior y llegaron a Siria ya para el comienzo del 2º milenio, quizá usaron este término para los muchos pobladores semíticos occidentales en dichas regiones, conocidos por fuentes cuneiformes no hurritas (p. ej. Mari): los haneos, suteos, y otros; pero esto sigue siendo enteramente incierto.
b. Historia primitiva, ss. XIX-XII a.C.
Después de abandonar Ur, los patriarcas hebreos se asentaron primeramente en esta región mesopotámica superior, en Harán (Gn. 11.28–32), en “Aram-naharaim” (véase inf.). Una parte de la familia se quedó allí (Nacor, Betuel, y Labán) como “arameos” (e. d. adoptando el nombre del lugar donde vivían), mientras que la otra (Abraham) siguió hacia Canaán. Pero las esposas tanto de Isaac como de Jacob procedían de la rama aramea de la familia (Gn. 24.28ss), justificando plenamente la confesión israelita posterior de que descendían de “un arameo a punto de perecer” (Jacob) en Dt. 26.5. El habla de las familias de Jacob y de Labán ya mostraba diferencias dialectales (“cananeo” y “arameo”), véase Gn. 31.47; nótese la forma primitiva de esta frase aramea, que emplea el genitivo directo y no la circunlocución con déÆ.
Aram-naharaim (“Aram de los dos ríos”) o Padan-aram era básicamente la zona dentro de la gran curva del río Éufrates más allá de Carquemis que la limitaba en el O, con el río Habur como límite en el E. En esta región surgió el reino hurrita de Mitanni (ss. XVI-XIV a.C.). En las cartas de *Amarna (ca. 1360 a.C.) se la llama NahÉrima con el número dual cananeo en “m” (como el heb.), mientras que en los textos egp. de ca. 1520–1170 a.C. aparece la forma Nhrn, exhibiendo claramente un dual en “n” de tipo arameo, no asimilado al cananeo como en las cartas de Amarna. La forma del egp. es evidencia clara—derivada directamente del contacto militar egipcio con Aram-naharaim—de las formas dialectales arameas existentes allí a partir del ss. XVI a.C. Las formas NahÉrima/Nhrn se mencionan brevemente en Gelb, Hurrians and Subarians, 1944, pp. 74 y n. 208. Indicios adicionales de formas (proto)arameas a comienzos del 2º milenio en esta región se encuentran en Albright, AfO 6, 1930–1, pp. 218, n. 4.
De Ugarit (ss. XIV-XIII a.C.) provienen los nombres propios Armeya y B(e)n-Arm(e)y(a), y un solar llamado “campos de arameos” (Kupper, Nomades, pp. 114), que continúan la historia. Una mención egipcia de Aram aparece bajo Amenofis III (ca. 1370 a.C.), cf. E. Edel, Die Ortsnamenlisten aus dem Totentempel Amenophis III, 1966, pp. 28s. Así, el nombre de lugar “el Aram” o “Pa-aram” en el papiro egp. Anastasi III (s. XIII a.C.) se refiere probablemente a Aram, no a Amurru. Fue en el ss. XIII a.C. que Balaam fue contratado en *Petor (en Amav [?]) a orillas del Eufrates en Aram (-naharaim) y los “montes del este”, a fin de maldecir a Israel (Nm. 22.5; 23.7; Dt. 23.4).
En el caos que se produjo en la parte occidental del oriente antiguo poco después del 1200 a.C. aprox., cuando los pueblos marítimos destruyeron el imperio hitita y desgarraron Siropalestina (* Cus; Egipto, Historia), uno de los opresores de Israel fue el oportunista *Cusan-risataim, rey de Aram-naharaim, cuyo extenso pero frágil dominio duró sólo ocho años (Jue. 3.7–11). Más tarde todavía, en el período de los jueces, a los dioses de Siria propiamente dicha ya se les podía llamar “los dioses de Aram” (ca. 1100 a.C. [?]) en Jue. 10.6 (heb.); esto se relaciona con el acelerado ingreso y asentamiento de los arameos a fines de los ss. XII y XI a.C. en Siria y Mesopotamia, lo cual culmina con la fundación de estados arameos. Justamente en esta época Tiglat-pileser I de Asiria (1100 a.C.) estaba tratando infructuosamente de detener el avance de los “aklamu, arameos” a todo lo largo del Éufrates medio (ANET, pp. 275). Los “aklamu” aparecen en los ss. XIII, XIV y (como nombre de persona) XVIII a.C. como pueblo de tipo arameo, lo cual confirma aun más la continuidad aramea desde tiempos antiguos hasta los tardíos. Sobre esta sección véase tamb. Kupper, Nomades; R. T. O’Callaghan, Aram Naharaim, 1948; A. Malamat, The Aramaeans in Aram Naharaim and the Rise of Their States, 1952 (hebreo); M. F. Unger, Israel and the Aramaeans of Damascus, 1957; ANET, pp. 259 y n. 11.
c. Israel y los estados arameos (ca. 1000–700 a.C.)
(i) Saúl (ca. 1050–1010 a.C.). Durante su reinado, Saúl tuvo que luchar contra muchos enemigos de Israel: Moab, Amón, y Edom en el E, los filisteos en el SO, y “los reyes de Soba” en el N (1 S. 14.47; o “rey”, si se sigue la LXX, como hace °ci, p. ej.). Esto fue probablemente en la cúspide de su poderío (ca. 1025 a.C. [?]), antes de los desastres finales de su reinado.
(ii) David (ca. 1010–970 a.C.). El primer contacto conocido de David con los arameos es con Talmai hijo de Amiud, rey de Gesur, con cuya hija se casó (Absalón fue hijo de ellos) dentro de los primeros siete años de su reinado en Hebrón (1010–1003 a.C.), 2 S. 3.3, 5. Talmai seguía gobernando Gesur ya entrado el reinado de David cuando Absalón huyó hacia allí por tres años (2 S. 13.37–39). En la segunda mitad de su reinado, David chocó con Hadad-ezer hijo de Rehob, rey de Aram de Soba (al N de Damasco). Este rey ya había extendido su gobierno hasta el Éufrates (subyugando al hostil Toi, rey de Hamat, 2 S. 8.10), pero sus súbditos del N deben haberse rebelado, porque cuando David lo atacó Hadad-ezer se proponía “recuperar” lo que había conquistado allí (2 S. 8.3). Tal vez David y Toi pensaron que Hadad-ezer era demasiado peligroso; de todos modos, David anexó Damasco y Toi de Hamat se convirtió en su (súbdito-)aliado, 2 S. 8.5–12. La revuelta contra Hadad-ezer probablemente siguió a las dos grandes derrotas que le infligió David como aliado de Amón (2 S. 10; 1 Cr. 19) con otros estados arameos (véase Unger, pp. 42–46). No se menciona ninguna relación directa de tiempo entre 2 S. 8.3–12 y 2 S. 9–12, pero la guerra amonita probablemente precedió a la de 2 S. 8. En adelante, indudablemente, David sometió a Hadad-ezer y a toda la Siria. El anterior poderío, extenso pero efímero, de Hadad-ezer se refleja quizá en textos asirios posteriores que informan de la forma en que, bajo Asur-rabi II (ca. 1012–972 a.C.), “el rey de Aram” obtuvo el control de Petor (Pitru) y Mutkinu a ambos lados del Éufrates; esto puede señalar la fundación allí del reino arameo de Bit-adini, tal vez la procedencia de las tropas de Hadad-ezer más allá del Éufrates. Para un análisis más detallado, véase Landsberger, Sam’al I, 1948, pp. 35, n. 74; y Malamat, BA 21, 1958, pp. 101–102.
(iii) Salomón (ca. 970–930 a. C.). Probablemente haya sido en la primera mitad de su reino que Salomón venció a “Hamat de Soba”, e. d. presumiblemente sofocó una revuelta en la parte S del territorio de Hamat que lindaba con Soba, tal vez una revuelta contra la categoría de súbditoaliado que tenía Hamat (?). De todos modos, el dominio que ejercía Salomón era lo suficientemente efectivo como para que hiciera edificar allí ciudades de aprovisionamiento (2 Cr. 8.3–4). Pero en la última parte del reinado de David, después del desconcierto de Hadad-ezer de Soba, Rezón, apenas un joven, se fue y reunió alrededor de sí una banda de saqueadores. Por algún tiempo, incluso en los primeros años de Salomón, probablemente no fuera más que un rebelde insignificante y errante. Pero para la segunda mitad del reinado de Salomón había logrado el control de Damasco, de la que se hizo rey, sobreviviendo brevemente a Salomón, a quien siempre se había opuesto (1 R. 11.23–25); Rezón, parecería, actuó como bandido hasta ca. 955 a.C., reinando en Damasco probablemente ca. 955–925 a.C., hasta que al fin –lleno de años– murió, y un nuevo “hombre fuerte”, Hezión, se apoderó del trono de Damasco.
(iv) La dinastía de Hezión. El nuevo oportunista fundó una dinastía que duró un siglo. Hezión (ca. 925–915 [?]), su hijo Tabrimón (ca. 915–900 [?]), y su nieto Ben-adad I (ca. 900–860 [?]) están comprobados en este orden y relación, sobre la base de 1 R. 15.18. (La estela de Melcart, que según se sostiene generalmente, evidencia la misma línea (DOTT, pp. 239–41; ANET, pp. 501), en realidad no se puede leer con confianza.) Estos reyes rápidamente convirtieron Damasco en el reino principal de Siria propiamente dicha, con la única rivalidad de Hamat. Cuando fue atacada por Baasa de Israel, Asa de Judá buscó ayuda en Ben-adad I (1 R. 15.18ss).
El *Ben-adad que chocó con Acab (1 R. 20) y fue asesinado por Hazael en tiempos de Joram, ca. 843 a.C. (2 R. 6.24ss; 8.7–15) es, probablemente, otro rey, un Ben-adad II (ca. [?] 860–843), pero es posible argumentar, como lo hace Albright, que se trata de Ben-adad I (en cuyo caso, ca. 900–843 a.C., reinado largo por cierto, pero no sin paralelo). Este Ben-adad II/I es casi seguramente el Adad-idri (“Hadad-ezer”) de Damasco a quien Salmanasar III atacó en 853, 849, 848, y 845 a.C., y a cuyo asesinato y reemplazo por *Ben-adad alude también el asirio. Los nombres dobles son comunes entre los gobernantes del antiguo Cercano Oriente; Ben-adad/Adad-idri no es sino un ejemplo más. Ben-adad de Damasco y Urhileni de Hamat fueron los que dirigieron la oposición contra Asiria y proporcionaron los contingentes armados más numerosos, aunque sus esfuerzos fueron gallardamente igualados en este sentido por Acab de Israel en 853 a.C. en Carcar (ANET, pp. 278–281; Wiseman en DOTT, pp. 47).
(v) Hazael a Rezín. El usurpador *Hazael (ca. 843–796 a.C.) chocó casi de inmediato con Joram de Israel (842/1 a.C.), cf. 2 R. 8.28–29; 9.15. Jehú obtuvo el trono de Israel en esta época, pero él y otros pagaron tributo a Asiria (ANET, pp. 280; DOTT, pp. 48; IBA, pp. 57, fig(s). 51), dejando a Hazael de Damasco a que se opusiese a Asiria solo en 841 y 837 a.C. (Unger, op. cit., pp. 76–78). De allí en adelante Hazael atacó salvajemente a Israel bajo Jehú, tomando la Transjordania (2 R. 10.32–33), y durante todo el reinado de Joacaz, ca. 814/3–798 a.C. (2 R. 13.22). Pero hubo alivio temporario; el “salvador” enviado por Dios en esa oportunidad (2 R. 13.5) puede haber sido Adad-nirari III de Asiria, que intervino contra Hazael (llamado “Mari”) alrededor del 805–802 a.C.
En los primeros años del israelita Joás la presión fue mantenida al principio por el hijo de Hazael, Ben-adad III (2 R. 13.3). Pero como lo prometió Dios por Eliseo, Joás (ca. 798–782/1 a.C.) pudo recuperar de Ben-adad los territorios anteriormente perdidos ante Hazael (2 R. 13.14–19, 22–25). Ben-adad ascendió ca. 796 a.C., y reinó hasta el 770 a.C. aprox., según las pruebas que proporciona la estela de Zakur (véase Unger, op. cit., pp. 85–89; DOTT, pp. 242–250), Ben-adad encabezó una poderosa coalición contra Zakur de Hamat, un usurpador de Luás que había obtenido el control de todo el reino de Hamat-Luás. Pero Zakur y sus aliados derrotaron la coalición de Ben-adad, y de este modo señalaron la terminación del dominio en Siria del reino arameo de Damasco.
Poco después de esto, la desacreditada Damasco estuvo sometida al dominio de Jeroboam II de Israel (2 R. 14.28). Más tarde todavía, tal vez después de la muerte de Jeroboam II en 753 a.C., un rey *Rezín (as. RahÉianu) apareció en Damasco y amenazó a Judá como aliado de Israel, llegando (como Hazael) a conquistar la Transjordania de nuevo; pero Acaz de Judá apeló a Tiglat-pileser III de Asiria, el que en 732 a.C. derrotó y mató a Rezín (2 R. 16.5–9; ANET, pp. 283), deportando a los infelices arameos a Kir, irónicamente su antigua tierra natal, como lo profetizó Amós (1.4–5).
(vi) Otros reinos arameos se mencionan raras veces en las Escrituras. En 701 a.C. Senaquerib se burló de Ezequías por la impotencia de los reyes y dioses de *Arfad, *Hamat, *Gozán, *Harán, *Resef (as. Ras\appa), y “los hijos de Edén que estaban en Telasar” (2 R. 18.34; 19.12–13). Estos últimos constituyen el pueblo de la provincia aramea (anteriormente reino) de Bit-adini, la “Casa de Edén” o Bet-edén de Am. 1.5.
Bibliografía.M. F. Unger, R. T. O’Callaghan, A. Malamat (obras citadas al final de II.b); A. Dupont-Sommer, Les Araméens, 1949. Estudios específicos incluyen: R. de Vaux, RB 43, 1934, pp. 512–518, y A. Jepsen, AfO 14, 1941–4, pp. 133–172, e ibid. 16, 1952–3, pp. 315–317; B. Mazar, BA 25, 1962, pp. 98–120, para Aram-Damasco e Israel; E. O. Forrer, en Ebeling y Meissner, Reallexikon der Assyriologie, 1, 1932, pp. 131–139 (Aramu), y B. Landsberger, Sam’al I, 1948; W. F. Albright en AS 6, 1956, pp. 75–85, sobre la penetración asiria en la política y el arte arameos; A. Malamat, en POTT, pp. 134–155. Inscripciones, cf. J. C. L. Gibson, Textbook of Syrian Semitic Inscriptions, 2, 1975.
d. Lengua
Véase * Lengua del Antiguo Testamento.
La presencia de arameísmos en el AT indica, con frecuencia, una fecha temprana, no tardía. Nótense los rastros de formas arameas del 2º milenio (II.b, sup.). Los estados arameos en Siria que existían por lo menos desde el reinado de Saúl, y los casamientos en la época de David (Talmai), evidencian influencia lingüística aramea en Palestina en esa época. Finalmente, algunos “arameísmos” son en realidad hebraísmos (o cananeísmos) en arameo (cf. K. A. Kitchen, Ancient Orient and Old Testament, 1966, pp. 143–146; A. Hurwitz, IEJ 18, 1968, pp. 234–240).
e. Cultura aramea
La gran contribución de los arameos a la antigua cultura oriental fue su lengua: al principio en el comercio y la diplomacia, luego para la comunicación en extensas zonas (véase sup.), pero también como medio literario (véase R. A. Bowman, “Aramaic, Arameans and the Bible”, JNES 7, 1948, pp. 65–99). La historia y los proverbios de Ahicar se ubican en la Asiria de Senaquerib e indudablemente retroceden en su origen casi hasta esa época; del ss. V a.C. provienen los textos religiosos en escritura demótica (egipcia) (Bowman, JNES 3, 1944, pp. 219–231) y los papiros Blacassiani (G. A. Cooke, A Textbook of North-Semitic Inscriptions, 1903, pp. 206–210, No. 76). Más tarde todavía tenemos los textos mágicos, incluyendo uno en escritura cuneiforme de la era seléucida (C. H. Gordon, AfO 12, 1937–9, pp. 105–117). El siriaco fue en la época cristiana una gran provincia de la literatura cristiana. Los principales dioses de los arameos son Baal-samain y otras formas de Baal, Hadad el dios de la tormenta, deidades cananeas tales como Astar, y deidades mesopotámicas, incluyendo Marduk, Nebo, Samas, etc. (J. A. Fitzmyer, The Aramaic Inscriptions of Sefire, 1967, pp. 33ss). Véase Dupont-Sommer, Les Araméens, pp. 106–119; Dhorme y Dussaud, Religions, Babylonie, etc., 1949, pp. 389ss.

martes 20 de enero de 2009

ARAD

Arad



Por Recursos Biblicos
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1. Ciudad cananea en el desierto de Judá, cuyo rey atacó inútilmente a Israel durante el éxodo. Arad fue destruida y rebautizada *Horma (Nm. 21.1–3; 33.40). En Jos. 12.14 figura un rey de Arad y uno de Horma entre los conquistados, mientras que en Jue. 1.16–17 vemos que los ceneos se establecieron en la zona, y que Judá y Simeón destruyeron Sefat, que recibió el nuevo nombre de Horma. Actualmente se llama Tell Arad, 30 km al NE de Beerseba, excavada entre 1962 y 1974 por Y. Aharoni y R. B. K. Amiran. Una gran ciudad fortificada existía en la edad de bronce temprana (ciudad inferior), y posteriormente el lugar quedó desierto hasta la edad de hierro I, época en la que se ocupó un montículo a un lado. Allí se construyó una fortaleza en el ss. X a.C., que se utilizó hasta el ss. VI. Durante diferentes fases de remodelación existió un santuario, en un extremo, con altares de piedra y columnas. Se han encontrado tiestos con inscripciones heb. que incluyen los nombres de las familias sacerdotales Pasur y Meremot. Otros textos, descubiertos en otras partes de la fortaleza, se refieren a asuntos y suministros militares en los difíciles años alrededor del 600 a.C. Uno de ellos menciona “la casa de yhwh ”. La Arad de la edad de bronce posterior (Arad cananea) puede haber sido la actual Tell Malhátah, 12 km al SO. *Sisac menciona dos ciudades denominadas Arad, Arad Rabat y Arad de Yeruham, después de su invasión. Véase EAEHL, 1, s.v.; y Kƒtuvot >Arad, 1975.
2. Benjamita, hijo de Bería (1 Cr. 8.15–16).

lunes 19 de enero de 2009

ARABIA

Arabia


Por Recursos Biblicos
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I. En el Antiguo Testamento
a. Geografía
La estructura de la península arábiga está formada por una masa de antigua roca cristalina de la que sale una cadena de montañas al O, y se eleva a más de 3.000 m en algunos lugares, con una serie de estratos de formación más nueva con elevación hacia su lado E. En las montañas del O, y particularmente en el ángulo SO de la península, donde el total anual de lluvias excede los 500 mm en partes, es posible la vida sedentaria basada en la irrigación. Fue en esta zona, la moderna República Árabe del Yemen y la República Democrática Popular del Yemen, que florecieron los antiguos reinos del S de Arabia. Las capitales de tres de estos reinos, Qarnawu (de Maín), Marib (de Sabá) y Timna (de Qatabán), estaban situadas sobre las laderas orientales de la cadena de montañas, sobre cursos de agua que corrían hacia el E, mientras que Sabva, la capital de Hadramaut, se hallaba más hacia el SE, sobre un curso de agua que corría hacia el NO, sobre la meseta de Hadramaut. Una zona de precipitación pluvial de 100–250 mm se extiende hacia el N a lo largo de las montañas occidentales, y hacia el E a lo largo de la costa, donde también es posible la vida sedentaria. En todo el resto de la península la cantidad de lluvia anual es casi nula y la vida depende de los oasis y los pozos.
Entre las escarpas que forman los inclinados estratos y la costa oriental la pendiente escarpada de la parte más elevada ofrece zonas planas que van de la estepa al desierto de arena. Las zonas desérticas que existen en esta región y entre las escarpas centrales se ensanchan en el S hasta formar el árido desierto de arena de al-Rub al-Hali (“la zona vacía”), y en el N hacia el desierto más pequeño de al-Nafud. En varios puntos a lo largo del pie de las escarpas hay manantiales que forman oasis, y en consecuencia pasan rutas comerciales. Aparte de las zonas de desiertos arenosos y rocosos, el terreno de la península es en buena parte estepario, y los pastos crecen por la influencia de las esporádicas lluvias anuales, lo cual permite el establecimiento de una pequeña población nómada (* Nómadas), particularmente en la zona N entre Siria y Mesopotamia. Donde esta zona empieza a descender hacia las regiones habitadas de Siria florecieron metrópolis como Petra, Palmira y Damasco.
b. Exploración
La primera exploración importante en la península arábiga la llevó a cabo el orientalista danés Carsten Niebuhr, que visitó el Yemen en 1763. En el N J. L. Burckhardt volvió a descubrir Petra en 1812, pero el interés se volvió hacia el S cuando J. R. Wellsted publicó en 1837 las primeras inscripciones del S de Arabia que se vieran en Europa, acontecimiento que llevó a su desciframiento en 1841 por W. Gesenius y E. Rödiger. A estas inscripciones se las llamó “himiaríticas”, por el nombre del reino que dominó todo el SO de la península en los últimos siglos a.C., y que, por lo tanto, historiadores posteriores consideraron como la fuente de las inscripciones, aunque en realidad provenían de reinos anteriores. Actualmente se conocen varios miles de esas inscripciones, principalmente gracias a las exploraciones de J. Halévy y E. Glaser en la segunda mitad del siglo pasado, pero también por numerosos exploradores individuales, y recientemente por las investigaciones de la American Foundation for the Study of Man en Adén y el Yemen. Las excavaciones en el S de Arabia han sido pocas. En 1928 C. Rathjens y H. vv. Wissmann excavaron en Hugga cerca de Saná en el Yemen, y en 1937–8 la señorita G. Caton Thompson desenterró un templo del dios luna (syn) en Hureida en el Hadramaut. Después de la Segunda Guerra Mundial la American Foundation for the Study of Man realizó excavaciones en Timna y lugares aledaños (1950–51), en Marib, donde se desenterró el templo del dios lunar sabeo Se han hecho numerosas exploraciones en otras partes de Arabia, de las cuales se destacan las del orientalista checo A. Musil, que viajó extensamente por el centro y el N de Arabia (1909–14), las de N. Glueck, que hizo estudios arqueológicos exhaustivos en la Transjordania y el Sinaí (1932–71), y las de G. Ryckmans y H. St J. Philby, que coleccionaron varios miles de inscripciones ár. de Arabia Saudita en 1951–52, aun sin mencionar los viajes en menor escala de hombres como Burton, Hurgronje, Doughty, Rutter y Thomas. Entre las inscripciones importantes del N se encuentra la piedra de Taima, que lleva una inscripción arm. de alrededor del ss. V a.C., conseguida por Huber en 1883 (* Tema).
c. Historia y civilización
Aparte de los *nómadas de las estepas de Arabia, cuya vida se va sucediendo con pocos cambios a pesar de los milenios, las principales zonas de civilización histórica se encuentran en el ángulo SO de la península, y en la zona hacia el N en que las estepas se unen con las regiones pobladas de Siria.
En el 2º milenio a.C. llegaron diversas tribus de lengua semítica procedentes del N a la región del Yemen moderno y Adén occidental, y formaron las colonias que posteriormente se convertirían en los reinos de Sabá (* Sabá, 7), Maín (* Mineos), Qatabán y Hadramaut (Hazar-mavet, Gn. 10.26). La causa principal de su prosperidad fue su posición intermedia en las rutas mercantiles entre las tierras del incienso en la costa S y Etiopía (* Hierbas, Incienso), hasta las civilizaciones en el N. El primer reino que surgió fue Sabá, como lo revela la aparición en el ss. VIII de inscripciones nativas que indican la existencia de una sociedad bien organizada bajo un gobernante (mkrb) que evidentemente combinaba ciertas funciones sacerdotales con las de gobierno. Su prosperidad se infiere del hecho de que pagó tributo a Sargón y a Senaquerib. Alrededor del 400 a.C. alcanzó prominencia el reino vecino de Maín que socavó bastante la autoridad sabea. En el ss. IV se fundó la monarquía en Qatabán, y en los últimos veinticinco años del 1º milenio el dominio de Sabá, Maín, Qatabán, y Hadramaut fluctuó según los cambios de la fortuna, hasta que la región quedó bajo el control de los himiaritas. En su época culminante los reinos del S de Arabia tuvieron colonias que llegaban hasta el N de Arabia, y se han encontrado en el golfo Pérsico y en la Mesopotamia (Ur, Uruk) inscripciones en sus respectivos caracteres. Los alfabetos de las inscripciones tamúdicas, lihianitas y safaíticas también muestran su influencia en el N, y la lengua y la escritura etíopes ofrecen indicios similares del Africa.
En el N la historia se resuelve en torno a los contactos de los nómadas con las civilizaciones sedentarias de Mesopotamia y Siria. En la Transjordania es evidente el proceso de infiltración y asentamiento, aunque en algunos períodos fue escaso. En la primera parte de la edad del bronce media hubo colonias en toda la Transjordania (* Abraham), pero a esto siguió un período en que no hubo ninguna, ca. 1900–1300 a.C., hasta que nuevamente aumentó la colonización en el ss. XIII. La palabra “árabe” empezó a aparecer en las inscripciones contemporáneas en los anales de Salmanasar-III, cuando un tal Gindibu ([m]gin- in-di-bu-' [maÆt]ar-ba-a-a; estela de Kuja 2.94) luchó contra él en Carcar (853 a.C.), y posteriormente aparecen frecuentemente en las inscripciones asirias como nómadas incursionadores que se trasladaban en camellos, y así aparecen en los bajorrelieves de Asurbanipal en Nínive (* Camello). Uno de los episodios poco usuales en la historia de la Mesopotamia fue la permanencia de Nabonido, rey de Babilonia (556–539 a.C.) en Taima (* Tema) en el N. Se quedó allí diez años mientras su hijo Bel-sar-usur (* Belsasar) gobernó por él en Babilonia.
En la última parte del ss. IV a.C. comenzó a surgir el reino árabe de habla aramea de los * nabateos, con su capital en Petra, y floreció como estado comercial desde el ss. II hasta ya entrado el período romano. Más al S, en el mismo período, los árabes que se establecieron en una antigua colonia minea formaron el reino lihianita de * Dedán. En el ss. I a.C. otro estado árabe, que adoptó el arameo como idioma oficial, comenzó a ganar prominencia en Palmira (* Tadmor), y en la era cristiana eclipsó en buena medida a Petra como estado mercantil, convirtiéndose en serio rival de Roma.
d. Referencias bíblicas
Arabia no figura frecuentemente con este nombre en la Biblia, ya que generalmente sus habitantes fueron conocidos por los nombres políticos o tribales de los grupos menores a que pertenecían. La tabla de las *naciones en Gn. 10 enumera una cantidad de pueblos del S de Arabia como descendientes de *Joctán y de *Cus. Aparecen también los nombres de una cantidad de tribus, principalmente del N de Arabia, como descendientes de Abraham a través de *Cetura y *Agar (Gn. 25). También entre los descendientes de Esaú (Gn. 36) se menciona una cantidad de pueblos árabes. En la época de Jacob dos grupos de descendientes de Abraham, los ismaelitas (* Ismael) y los *Madianitas aparecen como mercaderes que viajan en caravanas (Gn. 37.25–36; * Nómadas). Es en la época de Salomón, sin embargo, en la que adquieren prominencia en el AT los contactos con Arabia, principalmente como consecuencia de sus extensas relaciones comerciales, particularmente desde su puerto de Ezióngeber en el mar Rojo. Esto recibe realce con la famosa visita de la reina de *Sabá (1 R. 9.26–28; 10), y más cerca de su tierra por el tributo que recibió de los malƒk_eÆ >‡rab_ (2 Cr. 9.14), que se traduce “reyes de Arabia”. El nombre >‡raµb_, >‡raµb_éÆ al parecer significaba originalmente “desierto” o “estepa” y por extensión “habitante de las estepas”, y, en consecuencia, en el contexto bíblico, se refería principalmente a los pueblos que ocupaban las zonas semidesérticas al E y S de Palestina (* Oriente, Hijos del). Sin embargo, no es posible afirmar que siempre se haya tomado el término “árabe” como nombre propio o como sustantivo colectivo, “habitante de las estepas”. El asunto se complica aun más por el hecho de existir una raíz etimológicamente distintiva >rb, ‘entremezclar(se)’, una de cuyas formas se vocaliza >eµreb_, lo que en algunos contextos se toma como “multitud mixta”. Más aun, esta es la forma que aparece en 1 R. 10.15, el pasaje paralelo a 2 Cr. 9.14, y la distinción depende exclusivamente de la vocalización masorética. Cada uso de la palabra debe juzgarse, por lo tanto, por el contexto, y no por su forma, y en este caso no hay razón para que no se la tome como “Arabia”, o quizás mejor, “árabes”.
En el ss. IX, Josafat de Judá recibió tributo de los >‡raµb_éÆ (2 Cr. 17.11), pero su sucesor Joram fue víctima de una incursión en la que los >‡raµb_éÆ se llevaron a sus mujeres e hijos (2 Cr. 21.16–17), y solamente quedó Ocozías, el menor (2 Cr. 22.1). En el ss. VIII Uzías cambió la situación y recuperó el dominio de *Elat (2 R. 14.22).
Aunque los reinos del S de Arabia eran conocidos (p. ej. Jl. 3.8), la mayor parte de los contactos entre Israel y Arabia se realizaron con las tribus nómadas del N. En la época de Ezequías estos pueblos eran muy conocidos (Is. 13.20; 21.13), y algunos de ellos hasta sirvieron como mercenarios en la defensa de Jerusalén contra Senaquerib ([ameÆl)ur-bi; prisma de Taylor 3.31). En los tiempos de Josías (Jer. 3.2), y en los días finales del reino de Judá, los árabes comenzaron a destacarse como mercaderes (Jer. 25.23–24; Ez. 27; * Cedar).
La creciente tendencia de los árabes a establecerse y constituir centros comerciales está ilustrada por *Gesem, el árabe que trató de evitar que Nehemías reconstruyese Jerusalén (Neh. 2.19; 6.1), presumiblemente porque temía su rivalidad comercial. A ello siguió el reino de los nabateos, y en los libros apócrifos el término “árabe” generalmente se refiere a ellos (1 Mac. 5.39; 2 Mac. 5.8), y más aun, la Arabia a la que se retiró Pablo (Gá. 1.17), probablemente formaba parte de los dominios nabateos.
Bibliografía.(a) General: °J. Bright, La historia de Israel, 1970; °S. Moscati, Las antiguas civilizaciones semíticas, 1960, pp. 199–250; °GHTS, pp. 11–12; B. Abd al-Malik y J. A. Thompston, “Arabia”, °DBA.
J. Bright, A History of Israe², 1972; I. Eph’al, JAOS 94, 1974, pp. 108–115; W. C. Brice, South-West Asia, 1966, pp. 246–276; W. B. Fisher, The Middle East. A… Geography6, 1971, pp. 441–478; H. Field, Ancient and Modern Man in Southwestern Asia, 1956, pp. 97–124, y mapa plegado en sobre; P. K. Hitti, History of the Arabs6, 1956, pp. 1–86; J.A. Montgomery, Arabia and the Bible, 1934, reimpreso en 1969 con una introducción de G. W. van Beek; A. Grohmann, Arabien, 1963; G. W. van Beek en G. E. Wright (eds.), The Bible and the Ancient Near East, 1961, pp. 229–248; A. K Irvine en POTT, pp. 287–311; S. Moscati, Ancient Semitic Civilizations, 1957, pp. 181–207, 243; id., The Semites in Ancient History, 1959, pp. 104–132; G. Ryckmans, Les religions arabes préislamiques, 1951.
(b) Arabia del S: A. F. L. Beeston, A Descriptive Grammar of Epigraphic South Arabian, 1962; B. Doe, Southern Arabia, 1971; sobre las excavaciones norteamericanas en Arabia del S, R. le B. Bowen y F. P. Albright, Archaeological Discoveries in South Arabia, 1958; y varias otras obras publicadas para la American Foundation for the Study of Man por la Johns Hopkins Press, Baltimore; R. L. Cleveland, An Ancient South Arabian Necropolis, 1965.
(c) Arabia del N: W. Wright, A Grammar of the Arabic Language3, rev. por W. R. Smith y M. J. de Goeje, 1896; A. Musil, Oriental Explorations and Studies, 1–6, 1926–8; N. Glueck, Explorations in Eastern Palestine, I-IV (AASOR 14, 15, 18, 19, 25, 28), 1934–51; y relatos más populares: The Other Side of the Jordan², 1970; The River Jordan, 1946; y Rivers in the Desert, 1959; véase tamb. BA 22, 1959, pp. 98–108; B. Dee, Southern Arabia, 1977; F. V. Winnett y W. L. Reed, Ancient Records from North Arabia, 1970; sobre Tema, véase R. P. Dougherty, Nabonidus and Belshazzar, 1929, pp. 105–166; C. J. Gadd, en Anatolian Studies 8, 1958, pp. 79–89.
T.C.M.
II. En el Nuevo Testamento
Arabia no abarcaba, como es el caso hoy, toda la extensión de la gran península entre el mar Rojo y el golfo Pérsico, sino solamente la región inmdiatamente al E y al S de Palestina. Dicho territorio fue ocupado por una o varias tribus árabes conocidas como los *nabateos, que se habían establecido en la zona durante el ss. III a.C. Ya para el ss. I habían logrado ejercer control sobre una extensión que se prolongaba desde Damasco en el N hasta Gaza en el S, abarcando una considerable extensión del desierto hacia el E. Su capital fue la ciudad de roca roja denominada Petra.
Arabia se menciona sólo dos veces en el NT. Pablo relata que, después de su conversión, se fue a Arabia (Gá. 1.17). No existe en el NT otra descripción de este incidente. La ubicación precisa de dicho acontecimiento resulta muy incierta. Siendo que para el mundo grecorromano Arabia significaba el reino nabateo, es probable que haya ido allí, posiblemente a Petra, la ciudad capital. No se nos informa de la razón por la que fue. Tal vez su intención haya sido la de estar solo a fin de entrar en comunión con Dios. K. Lake sugiere que Pablo llevó a cabo una campaña de predicación en dicho lugar, porque en la Epístola a los Gálatas, donde menciona dicho incidente, la antítesis no es entre conferenciar con los cristianos en Jerusalén y conferenciar con Dios en el desierto, sino entre obedecer inmediatamente su mandato de predicar a los gentiles e ir a Jerusalén a fin de obtener la autoridad necesaria para cumplir el mandato (The Earlier Epistles of St Paul, 1914, pp. 320s).
La segunda y última vez que aparece la palabra Arabia en el NT (Gá. 4.25) se la usa en el sentido más restringido, como referencia a la península de Sinaí, o al territorio inmediatamente al E, del otro lado del golfo de Ácaba.
Bibliografía.°G. A. Smith, °GHTS, 1960, pp. 11–12.
G. A. Smith, The Historical Geography of the Holy Land, 1931, pp. 547s, 649; HDAC; IDB; J. A, Montgomery, Arabia and the Bible, 1934.

domingo 18 de enero de 2009

ARABÁ

Arabá


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(heb. >‡raµb_aÆ). En °vrv1 este vocablo no se utiliza en absoluto en su forma original, aunque en el texto heb. aparece frecuentemente.
1. La raíz rb, que significa ‘seco’, ‘quemado’, y por lo tanto “páramo”, se usa para describir las estepas desérticas (Job 24.5; 39.6; Is. 33.9; 35.1, 6; Jer. 51.43); °vrv2 trad. generalmente como “desierto” o “yermo”.
2. Cuando se usa con el artículo (haµ->‡raµb_aÆ) se aplica generalmente al valle hendido que corre entre el mar de Tiberias y el golfo de Ácaba. Aunque la significación topográfica de esta palabra no fue reconocida por los primeros comentaristas, tiene una connotación precisa en muchas de las referencias en el AT. Su ubicación se relaciona con el mar de Tiberias (Dt. 3.17; Jos. 11.2; 12.3) hasta llegar por el S al mar Rojo y Elat (Dt. 1.1; 2.8). Se llama mar del Arabá al mar Muerto (Jos. 3.16; 12.3; Dt. 4.49; 2 R. 14.25). En la actualidad al valle del Jordán aguas abajo hasta el mar Muerto se le llama Ghor, ‘depresion’, y el Arabá comienza en realidad al S de los acantilados llamados del Escorpión y termina en el golfo de Ácaba. Para conocer sus características físicas véase * Jordan.
3. El plural del mismo vocablo, Arabot, sin el artículo, se utiliza en su significado primario para describir ciertas zonas áridas dentro del Arabá, especialmente en torno a Jericó (Jos. 5.10, “llanos”; 2 R. 25.5, “llanuras”; Jer. 39.5 “llanos”), y el desierto de Moab. El Arabot Moab (“campos/llanos de Moab”, °vrv2, °vm) se distingue con toda claridad de las tierras de pastoreo y cultivo de la planicie que corre paralela al valle hendido, el Sede-Moab (véase Nm. 22.1; 26.3, 63; 31.12; 33.48–50; Dt. 34.1, 8; Jos. 4.13 [“llanura de Jericó”]; 5.10, etc.).
4. Bet-arabá (la casa de Arabá) se refiere a un asentamiento ubicado cerca de Ain el-Gharba (Jos. 15.6, 61; 18.22).
Bibliografía.D. Baly, Geography of the Bible², 1974, pp. 191–209.

sábado 17 de enero de 2009

AQUILA Y PRISCILA, PRISCA

Aquila y Priscila, Prisca


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Un judío talabartero (“fabricante de tiendas”, Hch. 18.3) y su esposa, amigos leales de Pablo. Aquila era oriundo del Ponto, pero el matrimonio se encontraba en Roma cuando el edicto de Claudio, ca. 49 d.C., edicto que provocó la expulsión de todos los judíos de la ciudad. Palabras poco claras de Suetonio (Claudio, 25.4) sugieren que la purga fue provocada por disturbios en la comunidad judía de Roma en torno al cristianismo, y es muy posible que Aquila y Priscila ya fueran cristianos cuando conocieron a Pablo en Corinto. El apóstol se quedó con ellos y colaboró en el trabajo (Hch. 18.1–3; una trad. de menor valor añade que Pablo los abandonó después de la división en la sinagoga). Indudablemente fue en dicha época que pusieron su vida en peligro por él (Ro. 16.3–4); quizás también hicieron notar al apóstol las necesidades y oportunidades que había en Roma.
Cuando Pablo partió lo acompañaron hasta Éfeso, donde recibieron al muy influyente *Apolos, a quien ayudaron a obtener un conocimiento más completo (Hch. 18.18–28). Todavía se encontraban en Éfeso, y una iglesia se reunía en casa de ellos, cuando se escribió 1 Co., y no habían olvidado a sus amigos corintios (1 Co. 16.19; una glosa afirma que Pablo fue huésped de ellos otra vez). Según parece, poco tiempo después, quizás aprovechando que se habían liberalizado las medidas contra los judíos después de la muerte de Claudio, volvieron a Roma (Ro. 16.3). Como 2 Ti. 4.19 indica evidentemente la reanudación de la residencia en Éfeso, las referencias a esta pareja han servido como argumento principal para considerar Ro. 16 como otra carta a Éfeso (cf. esp. K. Lake, EEP, pp. 327ss); pero la validez de este argumento queda muy reducida por la obvia inclinación de Aquila y Priscila a viajar.
Hay corroboración del nombre de Aquila en el Ponto (cf. MM): el traductor que llevaba el mismo nombre también era de allí. Los mejores ms(s). indican que Pablo utilizó la forma correcta del nombre, Prisca, para la señora; Lucas, característicamente, empleó el diminutivo Priscila.
Ro. 16.3 nos muestra cuán conocida y amada era en las iglesias cristianas gentiles esta peripatética y siempre hospitalaria pareja, y ha resultado irresistible la tentación de llenar los claros en nuestro conocimiento acerca de ellos. El hecho curioso de que normalmente se nombra a Priscila primero se ha interpretado como que se trataba de una dama romana de mayor alcurnia que su esposo (cf. Ramsay, CBP, 1, pp. 637, para una analogía contemporánea), o que ocupaba un lugar más destacado en la iglesia. La verdadera razón es imposible de descubrir. Se ha tratado de determinar su retorno final a Roma (cf. Sanday y Headlam, Romans, pp. 418ss, para datos arqueológicos), o aun al Ponto, o de demostrar que Aquila era miembro o liberto de la gens Pontia o la gens Acila. Aunque algunas de estas teorías son atractivas, ninguna es concluyente; y aun menos la teoría de Harnack de que este matrimonio, con Priscila a la cabeza, escribió la Epístola a los Hebreos.
Bibliografía.A. Harnack, ZNW 1, 1900, pp. 16ss; Ramsay, SPT, pp. 241, 253ss.

viernes 16 de enero de 2009

APÓSTOL

Apóstol


Por Recursos Biblicos
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El término gr. apostolos aparece más de ochenta veces en el NT, principalmente en los escritos de Lucas y Pablo. Deriva de un verbo muy común, apostelloµ, enviar, pero en el gr. no cristiano, después de Herodoto en el ss. V a.C., se registran pocos casos de su uso con el significado de “persona enviada” y en general significa “flota” o quizás ocasionalmente “almirante” . El sentido de “enviado, mensajero” puede haber perdurado en el lenguaje popular; por lo menos casos aislados en la LXX y Josefo sugieren que este significado se aceptaba en círculos judíos. Sólo con el advenimiento de la literatura cristiana, sin embargo, adquirió importancia. En el NT se lo aplica a Jesús como el enviado de Dios (He. 3.1), a los enviados por Dios a predicar a Israel (Lc. 11.49), y a los que fueron enviados por las iglesias (2 Co. 8.23; Fil 2.25); pero por encima de todo, se lo aplica en forma absoluta al grupo de hombres que mantuvo la suprema dignidad en la iglesia primitiva. Como apostelloµ parece significar con frecuencia “enviar con un propósito determinado”, a diferencia del neutro pempoµ (excepto en los escritos joaninos, en los que ambos términos son sinónimos), la fuerza de apostolos probablemente sea “alguien que es comisionado” (por Cristo, se entiende).
Se cuestiona el que apostolos represente en el NT un término judío de fuerza técnica similar. Rengstorf, en particular, ha expuesto la teoría de que refleja la voz judía sûaµléÆah\, un representante acreditado con autoridad religiosa, al que se le confiaban mensajes y dinero, y que estaba facultado para actuar en nombre de la autoridad (para esta idea, cf. Hch. 9.2); además, Gregory Dix y otras han aplicado ideas y expresiones relacionadas con el concepto de sûaµléÆah\ (p. ej. “el sûaµliah\ de un hombre es como si fuera él mismo”) al apostolado y, finalmente, al episcopado moderno. Un procedimiento de este tipo está lleno de peligros, especialmente porque no hay claras indicaciones de que se usara el vocablo sûaµléÆah\ en este sentido hasta épocas posapostólicas. En realidad, apostolos bien puede ser más primitivo como término técnico, y sería más seguro buscar su significado en el apostelloµ y tomando como base los contextos en que aparece en el NT.
a. El origen del apostolado
Resulta esencial para la comprensión de todos los evangelios tal como los hemos recibido la elección por Jesús de un grupo de doce hombres tomados de un grupo mayor de sus seguidores, cuyo propósito era el de estar con él, predicar, y tener la autoridad necesaria para curar y exorcizar (Mr. 3.14s). La única ocasión en que Marcos emplea la palabra “apóstol” es en oportunidad del exitoso regreso de los Doce de una misión de curación y predicación (Mr. 6.30; cf. Mt. 10.2ss). Generalmente se lo toma como un uso no técnico (e. d. “los enviados en esta misión determinada”), pero es poco probable que Marcos lo hubiera podido utilizar sin que evocara otras asociaciones. Esta misión preparatoria es una reproducción en miniatura de lo que en el futuro les tocaría en el mundo más amplio. De esta preparación preliminar indudablemente regresan como verdaderos “apóstoles”. No hay nada incongruente, en consecuencia, en que Lucas (que habla de los “apóstoles” en 9.10; 17.5; 22.14; 24.10) declare que Jesús mismo (6.13) ______________________________gr. [?]).
b. Las funciones del apostolado
La primera especificación de Marcos en cuanto a la elección de los Doce es que “estuviesen con él” (Mr. 3.14). No es accidental que el punto divisorio del Evangelio de Marcos haya sido la confesión apostólica del mesianismo de Jesús (Mr. 8.29), o que Mateo agregase a esto el dicho de la “Roca” acerca de la confesión apostólica (Mt. 16.18s; * Pedro). La función primaria de los apóstoles era la de testificar de Cristo, y su testimonio estaba basado en años de conocimiento íntimo, experiencias adquiridas duramente, e intensa preparación.
Este es un complemento de su ampliamente reconocida función de testificar sobre la resurrección (cf., p. ej., Hch. 1.22; 2.32; 3.15; 13.31); porque la significación especial de la resurrección está, no en el hecho en sí, sino en su demostración, en el cumplimiento de la profecía, de la identidad del Jesús que fue muerto (cf. Hch. 2.24ss, 36; 3.26; Ro. 1.4). El haber sido testigos de la resurrección de Cristo los convirtió en testigos eficaces de su persona, y él mismo los comisiona para que sean sus testigos en todo el mundo (Hch. 1.8).
Esa misma comisión introduce un factor de profunda importancia para el apostolado: la venida del Espíritu. Es curioso que este hecho haya sido tratado más completamente en Jn. 14–17, evangelio que no utiliza el término “apóstol” para nada. Este es el gran discurso por el que se comisiona a los Doce (apostelloµ y pempoµ se utilizan sin discriminación); la comisión que reciben de Jesús es tan real como la que él recibió de Dios (cf. Jn. 20.21); deben dar testimonio sobre la base de su larga relación con Jesús, mas el Espíritu da testimonio de él (Jn. 15.26–27). Él les recordará las palabras de Jesús (Jn. 14.26), y los guiará a toda la verdad (promesa que a menudo se ha pervertido al extenderse su referencia primaria más allá de los apóstoles) y les hará ver la era que vendrá (de la iglesia) y la gloria de Cristo (Jn. 16.13–15). En el cuarto evangelio tenemos algunos ejemplos de este procedimiento, en los que la significación de las palabras o acciones se recuerda solamente después de la “glorificación” de Cristo (Jn. 2.22; 12.16; cf. 7.39). Vale decir que el testimonio de los apóstoles con respecto a Cristo no quedó librado a sus impresiones o recuerdos, sino a la guía del Espíritu Santo, de quien también es dicho testimonio: hecho de importancia en la valoración del testimonio apostólico que registran los evangelios.
Por ello los apóstoles constituyen la norma en cuanto a doctrina y comunión en la iglesia del NT (Hch. 2.42; cf. 1 Jn. 2.19). En sus propios días se los consideraba “columnas” (Gá. 2.9; cf. C. K. Barrett en Stadia Pualina, 1953, pp. 1ss), que quizás debamos trad. como “postes indicadores”. La iglesia está edificada sobre el fundamento de los apóstoles y profetas (Ef. 2.20; probablemente se refiere al testimonio del AT, pero para el caso vale tamb. si se refiere a los profetas cristianos). Los apóstoles son los asesores en el juicio mesiánico (Mt. 19.28), y sus nombres están grabados en las piedras angulares de la ciudad santa (Ap. 21.14).
La doctrina apostólica, sin embargo, que tiene su origen en el Espíritu Santo, constituye el testimonio compartido de los apóstoles, y no un privilegio de algún individuo en particular. (Para la predicación, tamb. en forma común a todos, cf. C. H. Dodd, The Apostolic Preaching and its Developments, 1936; para el uso del AT en forma común, C. H. Dodd, According to the Scriptures, 1952.) Podía darse el caso, se deduce, de que el principal apóstol traicionase un principio fundamental que él mismo ya hubiera aceptado, y que fuese corregido por un colega (Gá. 2.11ss).
Los autores de los evangelios sinópticos, como ya hemos notado, consideran el episodio de Mr. 6.7ss y par. como una representación en miniatura de la misión apostólica, y se incluían las tareas de curar y exorcizar, tanto como la de predicar. La facultad de curar, y otros dones espectaculares, como la profecía y las lenguas, reciben corroboración abundante en la iglesia apostólica, y están relacionados, como el testimonio apostólico, con la dispensación especial del Espíritu Santo; pero, extrañamente, faltan totalmente en la iglesia del ss. II; los escritores de la época hablan de ellos como cosas del pasado, o sea de la era apostólica, justamente (cf. J. S. McEwan, SJT 7, 1954, pp. 133ss; B. B. Warfield, Miracles Yesterday and Today, 1953). Incluso en el NT no vemos señales de la manifestación de estos dones, excepto en los casos en que intervienen los apóstoles. Aun cuando haya habido previamente una fe genuina, es únicamente en presencia de los apóstoles que se manifiestan estos dones del Espíritu Santo (Hch. 8.14ss; 19.6; los contextos indican que se trata de fenómenos visuales y auditivos).
Por contraste, el NT tiene menos que decir que lo que podríamos esperar en cuanto a los apóstoles como dirigentes de la iglesia. Constituyen el criterio de prueba de la doctrina, son los proveedores de la auténtica *tradición acerca de Cristo: delegados apostólicos visitan las congregaciones que reflejan nuevas orientaciones para la iglesia (Hch. 8.14ss; 11.22ss). Pero los Doce no nombraron a los siete; el concilio de Jerusalén (que fue tan decisivo) estaba formado por un gran número de ancianos, además de los apóstoles (Hch. 15.6; cf. 12, 22); y dos apóstoles colaboraron con los “profetas y maestros” de la iglesia de Antioquía (Hch. 13.1). La administración o gobierno de la iglesia dependía de un don distintivo (1 Co. 12.28), normalmente ejercido por ancianos locales; los apóstoles eran, en virtud de su mandato, elementos móviles. Tampoco ocupaban un lugar prominente en la administración de los sacramentos (cf. 1 Co. 1.14). La identidad de funciones que algunos ven entre el apóstol y el obispo del ss. II (cf. K. E. Kirk en The Apostolic Ministry, pp. 10) de ninguna manera resulta obvia.
c. Requisitos
Resulta evidente que el requisito esencial de un apóstol es el llamamiento divino, la comisión dada por Cristo. En el caso de los Doce, esta les fue encargada durante su ministerio terrenal. Pero no es menos evidente este sentido de la comisión divina en el caso de Matías: Dios ya ha elegido al apóstol (Hch. 1.24), aun cuando todavía no se conoce su elección. No se menciona ningún acto de imposición de manos. Se supone que el apóstol será alguien que haya sido discípulo de Jesús desde la época del bautismo de Juan (el “principio del evangelio”) hasta la ascensión. Sera alguien que tenga conocimiento del curso completo que siguieron el ministerio y la obra de Jesús (Hch. 1.21–22). Y, naturalmente, debe ser específicamente testigo de la resurrección.
Pablo insiste igualmente en que fue comisionado directamente por Cristo (Ro. 1.1; 1 Co. 1.1; Gá. 1.1, 15ss). De ningún modo deriva su autoridad de los otros apóstoles; al igual que Matías, fue aceptado por ellos, no nombrado por ellos. No llenaba las condiciones de Hch. 1.21s, pero la experiencia en el camino a Damasco fue resultado de una de las apariciones vinculadas con la resurrección (cf. 1 Co. 15.8), y por ello podía afirmar que había “visto al Señor (1 Co. 9.1); por lo tanto era testigo de la resurrección. Tenía conciencia de que su pasado –como enemigo y perseguidor más bien que como discípulo– era diferente del de los otros apóstoles, pero se cuenta a sí mismo como uno de ellos y los relaciona con su propio evangelio (1 Co. 15.8–11).
d. El número de apóstoles
“Los Doce” es la designación normal de los apóstoles en los evangelios, y Pablo lo utiliza en 1 Co. 15.5. El acierto del simbolismo es evidente, y reaparece en lugares tales como Ap. 21.14. El episodio de Matías está relacionado con la necesidad de rehacer el número de los Doce. Pero también resulta igualmente clara la seguridad que tiene Pablo en cuanto a su propio apostolado. Además, hay instancias en el NT en las que, prima facie, otros, fuera de los Doce, también parecen haber recibido este título. Jacobo, el hermano del Señor, aparece como tal en Gá. 1.19; 2.9, y, aunque no había sido discípulo (cf. Jn. 7.5), fue objeto de una aparición privada y personal posterior a la resurrección (1 Co. 15.7). A Bernabé se le llama apóstol en Hch. 14.4, 14, y Pablo lo incluye en una discusión que niega diferencia cualitativa alguna entre su propio apostolado y el de los Doce (1 Co. 9.1–6). A *Andrónico y Junias, por otra parte desconocidos, probablemente se les llama apóstoles en Ro. 16.7, y Pablo, siempre cuidadoso con el uso de los pronombres personales, posiblemente llama así a Silas en 1 Ts. 2.6. Evidentemente los enemigos de Pablo en Corinto pretendían ser “apóstoles de Cristo” (2 Co. 11.13).
Por otra parte, algunos argumentan insistentemente que el título debe limitarse a Pablo y los Doce (cf., p. ej., Geldenhuys, pp. 71ss). Esto significaría darle un valor secundario (“mensajeros acreditados de la iglesia”) al término “apóstoles” en Hch. 14.14 y Ro. 16.7, y explicar de otra manera el lenguaje de Pablo con respecto a Jacobo y Bernabé. Algunos han echado mano a recursos aun más desesperados, y sugieren que Jacobo reemplazó a Jacobo hijo de Zebedeo de la misma manera en que Matías reemplazó a Judas, o que, obrando con exceso de premura, Matías fue colocado erróneamente en el lugar que Dios había destinado a Pablo. El NT no ofrece ni la más remota insinuación de tales ideas. Cualquiera sea la explicación, parecería que lo mejor es aceptar que al principio hubo apóstoles fuera de los Doce. El propio apostolado de Pablo contradice cualquier teoría más restrictiva, de modo que habría lugar al lado de él para otros que pueden haber sido llamados por Dios a su servicio. Podríamos ver un indicio de esto en la distinción entre “los Doce” y “todos los apóstoles” en 1 Co. 15.5, 7. Pero todo sugiere que el apóstol debía ser testigo de la resurrección, y la aparición a Pablo después de la resurrección fue evidentemente excepcional. El que, como han sugerido escritores antiguos, algunos de los que posteriormente fueron llamados “apóstoles” hayan pertenecido a los setenta que envió a predicar nuestro Señor (Lc. 10.1ss), es otro asunto. Queda fuera de toda duda la significación especial de los Doce para el establecimiento inicial de la iglesia.
e. Canonicidad y continuidad
Implícito en el apostolado está la comisión de ser testigos, mediante palabras y señales, del Cristo resucitado y de su obra consumada. Este testimonio, basado en la experiencia única del Cristo encarnado, y dirigido por una dispensación especial del Espíritu Santo, proporciona la auténtica interpretación de Cristo, y desde entonces ha sido determinante para la iglesia universal. Por su misma naturaleza dicho ministerio no podía repetirse ni trasmitirse, así como no podrían trasmitirse las experiencias históricas subyacentes a los que nunca habían conocido al Señor encarnado, o no fueran objeto de una aparición posterior a su resurrección. Los orígenes del ministerio cristiano y la cuestión de la sucesión en la iglesia de Jerusalén escapan al cometido de este artículo; pero, si bien el NT nos muestra que los apóstoles se ocupaban de que existiese un ministerio local, no hay indicios de la trasmisión de las funciones característicamente apostólicas a ningún integrante de dicho ministerio.
Tampoco era necesaria tal trasmisión. El testimonio apostólico se mantuvo en la obra perdurable de los apóstoles, y en lo que adquirió carácter nonnativo para las épocas posteriores, o sea su forma escrita en el NT (véase Geldenhuys, pp. 100ss; O. Cullmann, “The Tradition”, en The Early Church, 1956). No se ha hecho sentir la necesidad de una renovación de esta función, ni de sus dones especiales. Se trataba de una función vinculada con la colocación de los fundamentos, y desde entonces la historia de la iglesia constituye a superestructura. (* Obispo; * Tradición )
Bibliografía.K. Rahner, Sacramentum mundi, t(t). I, 1972; H. Fries, Conceptos fundamentales de la teología, t(t). I, 1966; D. Muller, “Apóstol”, °DTNT, t(t). I, pp. 139–146.
K. H. Rengstorf, TDNT 1, pp. 398–447; J. B. Lightfoot, Galatians, pp. 92ss; K. Lake en BC, 5, pp. 37ss; K. E. Kirk (eds.), The Apostolic Ministry², 1957, esp. los ensayos 1 y 3; A. Ehrhardt, The Apostolic Succession, 1953 (véase el cap(s). 1 para una mordaz crítica de Kirk) ; J. N. Geldenhuys, Supreme Authority, 1953; W. Schneemelcher, etc., “Apostle and Apostolic”, en New Testament Apocrypha, eds. E. Hennecke, W. Schneemelcher, R. McL. Wilson, 1, 1965, pp. 25–87; C. K. Barrett, The Signs of an Apostle, 1970; R. Schnackenburg, “Apostles before and during Paul’s time”, en Apostolic History and the Gospel, eds. W. W. Gasque y R. P. Martin, 1970, pp. 287–303; W. Schmithals, The Office of Apostle in the Early Church, 1971; J. A. Kirk, “Apostleship since Rengstorf: Towards a Synthesis”, NTS 21, 1974–5, pp. 249–264; D. Müller, C. Brown, NIDNTT 1, pp. 126–137.

jueves 15 de enero de 2009

APOSTASÍA

Apostasía



Por Recursos Biblicos
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En el gr. clásico apostasia es un término técnico para hacer referencia a la rebelión o la defección política. En la LXX se relaciona siempre con la rebelión contra Dios (Jos. 22.22; 2 Cr. 29.19), instigada originalmente por Satanás, el dragón apóstata de Job 26.13.
Hay dos casos del uso del término gr. en el NT. Hch. 21.21 relata que Pablo fue acusado maliciosamente de enseñar a los judíos a renegar de Moisés haciendo abandono de la circuncisión y de otras observancias tradicionales. 2 Ts. 2.3 describe la gran apostasía de la profecía, paralelamente a la manifestación del hombre de pecado, o antes (cf. Mt. 24.10–12). La alusión no es a la infidelidad política o religiosa de los judíos, sino que tiene sentido enteramente escatológico en carácter, y se refiere a “la catastrófica rebelión final contra la autoridad de Dios que en los escritos apocalípticos es señal del fin del mundo” (E. J. Bicknell; The First and Second Epistles to the Thessalonians, 1932, pp. 74). Puede considerarse como la contrapartida terrenal de la rebelión celestial en Ap. 12.7–9.
La apostasía es un peligro constante para la iglesia, y el NT contiene repetidas advertencias contra ella (cf. 1 Ti. 4.1–3; 2 Ts. 2.3; 2 P. 3.17). Se aclara su carácter: abandono de “la fe” (1 Ti. 4.1) y “[apartamiento] del Dios vivo” (He. 3.12). Aumenta en épocas de grandes pruebas (Mt. 24.9–10; Lc. 8.13) y la alientan los falsos maestros (Mt. 24.11; Gá. 2.4), que seducen a los creyentes apartándolos de la pureza de la Palabra con “otro evangelio” (Gá. 1.6–8; cf. 2 Ti. 4.3–4; 2 P. 2.1–2; Jud. 3–4). Se predica solemnemente la imposibilidad de la restauración cuando ha habido apostasía deliberada (He. 6.4–6; 10.26).
Bibliografía.K. Rahner, Sacramentum mundi, t(t). I. 1972.
NIDNTT 1, pp. 606–611; I. H. Marshall, Kept by the Power of God: A Study of Perseverance amd Falling Away, 1969.

miércoles 14 de enero de 2009

APOLOS

Apolos



Por Recursos Biblicos
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Judío alejandrino (Hch. 18.24). Su nombre es abreviatura de Apolonio. Llegó a Éfeso en el 52 d.C. durante la apresurada visita de Pablo a Palestina (Hch. 18.22). Poseía un conocimiento preciso de la historia de Jesús, que le puede haber llegado (posiblemente en Alejandría) ya sea por discípulos galileos de nuestro Señor o por algún evangelio escrito temprano. Combinaba dones naturales de elocuencia (o erudición) con un profundo entendimiento del AT, y proclamaba entusiastamente las verdades que conocía (Hch. 18.24–25). La evidente laguna en su conocimiento estaba relacionada con el derramamiento del Espíritu Santo y el consiguiente rito del bautismo cristiano. Esto fue resuelto mediante la paciente instrucción que le dieron Priscila y Aquila (Hch. 18.26). De Éfeso, Apolos fue a Corinto, donde puso de manifiesto excepcionales condiciones para la apologética cristiana al tratar con los judíos (Hch. 18.27–28). En Corinto surgieron facciones que respondían a los nombres de Pablo, Apolos, Cefas, y Cristo mismo (1 Co. 1.12). Pablo procura demostrar que esto no se debía a él mismo o a Apolos, que trabajaban juntos bajo la dirección de Dios (1 Co. 3.4–6). Todos ellos pertenecían a los corintios, incluidos Pablo mismo y Apolos (1 Co. 4.6). Las facciones se debían probablemente a la preferencia de algunos por la pulida elocuencia de Apolos. Su deseo de suavizar la controversia puede ser la razón de que no regresara a Corinto a pesar del pedido de Pablo (1 Co. 16.12). En Tit. 3.13 se lo menciona por última vez realizando algún tipo de viaje.
Desde la época de Lutero se ha mencionado con frecuencia a Apolos como el posible autor de la Epístola a los Hebreos. Esto es posible, en el caso de que usara la exégesis alegórica de su Alejandría natal, cosa que no está debidamente demostrada.
Bibliografía.H. W. Montefiore, A Commentary on the Epistle to the Hebrews, 1964, pp. 9ss; F. F. Bruce, New Testament History, 1969, pp. 304ss; id., “Apollos in the NT”, Ekklesiastikos Pharos 57, 1975, pp. 354ss.

martes 13 de enero de 2009

APÓCRIFOS DEL NUEVO TESTAMENTO

Apócrifos Del Nuevo Testamento



Por Recursos Biblicos
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Es más difícil determinar el número de apócrifos del NT que del AT. El término se limitará aquí a obras no canónicas atribuidas a Cristo o a los apóstoles, o que pretenden aportar información extracanónica sobre ellos. Se excluyen así las obras escritas sin esa pretensión, aun cuando durante un tiempo gozaran de una posición cuasi canónica en algunas iglesias (* Patrística, Literatura ); así también en el caso de atribuciones cristianas a personajes del AT (o versiones cristianizadas de obras atribuidas a ellos) (* Seudoepígrafos), y de la interpolación o reacondicionamiento de textos del NT con material extraño (* Textos y versiones, sección relativa al NT).
Queda una voluminosa literatura, parcialmente preservada en griego y en latín, pero aun más en copto, etíope, sir., ár., eslavo, y aun en anglosajón e idiomas europeos occidentales contemporáneos. Algunas obras que se sabe que fueron de mucha influencia se han perdido casi completamente, y muchas de las más importantes existen actualmente sólo en estado fragmentario. Sin embargo, continuamente se hacen descubrimientos, a menudo de gran importancia para la historia del cristianismo primitivo. Frecuentemente surgen complejos problemas literarios, porque muchas de las obras apócrifas se prestaban a reelaboración, interpolación, y plagio.
I. Formas
Una gran proporción de la literatura apócrifa cae dentro de una de las formas literarias del NT: evangelios, hechos, epístolas, apocalipsis. Pero a menudo esta similitud formal va acompañada de una gran diferencia conceptual. Esto resulta particularmente evidente en los evangelios; tenemos evangelios sobre la infancia, evangelios sobre la pasión, documentos con dichos y meditaciones teológicas; pero (si excluimos los evangelios fragmentarios primitivos, de los que de todos modos tenemos insuficiente información) es difícil encontrar obras que, como los evangelios canónicos, se ocupen de las palabras y obras del Señor encarnado. Los documentos que relatan hechos forman una clase numerosa, y probablemente la más popular, sin duda por la gran atracción no sectaria de muchos de los relatos. Las epístolas no son comunes a pesar de que casi todas las obras del NT que a veces se han considerado seudoepigráficas son epístolas. En cuanto a los apocalipsis, existían precedentes judíos para atribuirlos a alguna celebridad del pasado.
les confirió el título (ya en II. Motivos
Ya en tiempos apostólicos había comenzado la creación de literatura apócrifa; aparentemente Pablo debe autenticar su firma a causa de falsificaciones que circulaban (cf. 2 Ts. 3.17). En el ss. II la literatura alcanza el nivel que le corresponde, y a partir de ese momento adquiere un auge vertiginoso, especialmente en Egipto y Siria. Prosigue hasta la Edad Media (época en la que todavía se apreciaban las leyendas antiguas) y, ocasionalmente, a impulso del sentimentalismo o de la simple excentricidad, o debido a una opinión preconcebida, hasta nuestros propios días. Los diferentes motivos que hay detrás de esta tendencia se relacionan así con el curso total de la historia cristiana y subcristiana; pero algunos de los motivos que influyeron al comienzo son particularmente importantes.
a. La literatura novelesca y el impulso literario
Se evidencia de diferentes maneras. Se manifiesta el deseo de satisfacer la curiosidad en asuntos sobre los que el NT nada dice. Se produce una inundación de evangelios sobre la infancia de Jesús, sin valor alguno, que cubren los años de silencio entre Belén y el bautismo. A medida que el tema de la virgen María adquiere prominencia en la teología y la devoción, obras seudoapostólicas describen su nacimiento, su vida, y, finalmente, su asunción al cielo. Un lector de Col. 4.16 consideró que le correspondía aportar la carta aparentemente perdida a los laodicenses. El impulso literario aparece sobre todo en los “hechos” novelísticos y en algunos de los evangelios, grotescos y fétidos, pero repletos de maravillas y anécdotas; sin embargo, con todos sus defectos, muchos de ellos tienen una cierta animación. Podremos entender mejor este movimiento si lo consideramos como una rama de la literatura cristiana popular, y, si lo estudiamos desde este punto de vista, encontramos que los libros más primitivos revelan algunos de los temas que preocupaban a las congregaciones en los ss. II y III: las relaciones con el estado, controversias con los judíos, discusiones sobre el matrimonio y el celibato; además, dada su agresiva insistencia en los milagros, ponen de manifiesto que la verdadera era de los milagros ya había pasado. Las obras son toscas y aun vulgares; pero sus autores conocían a su público. Para muchos deben haber reemplazado la literatura erótica pagana popular, y en muchos casos con un verdadero deseo de edificar. No cabe duda de que a los autores les resultaría muy difícil diferenciar sus propios motivos o intenciones de los de autores del ss. XX tales como el de El manto sagrado. No es necesario cuestionar la sinceridad del presbítero asiático que fue expulsado por publicar los Hechos de Pablo cuando dijo que lo había hecho “por amor a Pablo”, que había muerto cien años antes. Esto ayuda a explicar cómo ciertos cuentos y hasta libros enteros originados en círculos heréticos mantuvieron y aumentaron su popularidad en círculos ortodoxos. Fueron los maestros heréticos los que primero hicieron uso efectivo de este tipo de literatura; y tuvieron tal éxito que otros trasmitieron, expurgaron e imitaron las formas concebidas como vehículos de su propaganda.
b. La inculcación de principios que, según el autor, no estaban enunciados con suficiente claridad en los libros del Nuevo Testamento
Naturalmente, aun cuando fuese una obra escrita “por amor a Pablo”, cualquier desproporción o aberración doctrinal del autor pasaba a su obra; más aun, es posible que parte de su propósito edificativo fuese justamente el de inculcar dicha aberración: el presbítero asiático, p. ej., tenía una obsesión en lo que respecta a la virginidad, lo que hace que su obra, que de otro modo es más o menos ortodoxa, esté alejada del espíritu evangélico. Pero hay muchas obras cuyo propósito es deliberadamente sectario: el de promulgar un cuerpo de doctrina complementario de la doctrina de los libros canónicos, o que la remplace. Estos fueron fundamentalmente el resultado de los dos grandes movimientos reaccionarios del ss. II, el *gnosticismo y el *montanismo. Las “Escrituras” montanistas surgieron casi por accidente, y en nuestro sentido no eran estrictamente apócrifas, porque, aunque pretendían preservar el testimonio vivo del Espíritu Santo, no eran seudónimas; prácticamente han desaparecido (pero cf. las que han sido recogidas en R. M. Grant, Second Century Christianity, pp. 95ss). Escritos que representan las múltiples expresiones del gnosticismo, sin embargo, existen en gran cantidad. Obras como el Evangelio de la verdad, meditación en términos gnósticos que refleja el lenguaje de las Escrituras canónicas, son menos comunes que las obras que seleccionan, modifican e interpretan dichas Escrituras en una dirección sectaria (cf. el Evangelio de Tomás de Nag Hammadi), las que audazmente profesan contener doctrinas secretas que no se encuentran en ninguna otra parte (cf. el Apocrifón de Juan), y las que simplemente atribuyen al Señor o a los apostóles las trivialidades de la doctrina gnóstica. Y por todos estos fines la forma literaria apócrifa se volvió convencional.
La razón no es difícil de encontrar. En la era subapostólica y posteriormente, debido a la inmensa expansión de la iglesia, a la intensificación del peligro de persecución, y a la proliferación de doctrinas falsas, la apostolicidad se convirtió en la norma de fe y de práctica; y a medida que decrecía el recuerdo viviente de los apóstoles, la apostolicidad se fue centrando cada vez más en las Escrituras del NT, sobre la mayor parte de las cuales había unanimidad en la iglesia. Por lo tanto, para que se generalizara una nueva forma de enseñanza, era necesario establecer su apostolicidad. Comúnmente se lograba esto declarando poseer una tradición secreta procedente de un apóstol, o del propio Señor por medio de un apóstol, ya sea como complemento de la tradición abierta de los evangelios, o como correctivo. El apóstol favorecido variaba; muchas sectas tenían inclinaciones judaicas, y Jacobo el justo, y, curiosamente, Salomé, eran frecuentes fuentes de tradición; Tomás, Felipe, Bartolomé, y Matías también aparecen constantemente. En el Evangelio de Tomás, por ejemplo, es Tomás el que demuestra haber comprendido mejor la persona del Salvador (Mateo y Pedro –quizás por ser los apóstoles vinculados a la confección de los dos primeros evangelios de la iglesia– aparecen en desventaja). La obra Pistis Sofia, más fantástica aun, concibe una especie de congreso de los apóstoles y las mujeres con el Señor, pero indica que Felipe, Tomás y Matías tenían que escribir los misterios (Pistis Sofia, cap(s). 42, Schmidt). Probablemente algo contribuían a la selección del apóstol ciertos factores locales: todos los mencionados estaban relacionados con Siria y el E, algunos de los lugares más fértiles para este tipo de literatura; y las especulaciones acerca de Tomás como el mellizo del Señor ofrecían un motivo adicional de fascinación. El proceso trajo aparejado un renovado interés en el período posterior a la resurrección, en el que se solía ubicar discursos del Señor; esto es significativo, porque poco se dice de este período en los evangelios reconocidos, a la par que era característica constante de los gnósticos subestimar la humanidad del Señor encarnado. Es digno de tener en cuenta que, si bien las sectas sincretistas que adoptaron algunos elementos cristianos podían obtener sus revelaciones en cualquier parte, el gnosticismo cristiano tenía que mostrar que su conocimiento derivaba de fuentes apostólicas.
c. La preservación de la tradición
Resultaba inevitable que, en la primera época de la iglesia, algunos dichos del Señor fuesen trasmitidos fuera de los evangelios canónicos. Como consecuencia, algunos probablemente se transformaron hasta llegar a ser irreconocibles, mientras que otros fueron adulterados tendenciosamente. El célebre prefacio de Papías (Eusebio, HE 3.39), que lo muestra recolectando oráculos del Señor para sus Exposiciones, nos revela cuán conscientes estaban los cristianos ortodoxos a principios del ss. II de la existencia de estos materiales circulantes, y los problemas que ofrecía la tarea de reunirlos. Cualesquiera hayan sido sus limitaciones, Papías fue escrupuloso al estudiar su material; sin embargo, los resultados no siempre fueron felices, y quizás no todos sus contemporáneos hayan tenido tantos escrúpulos. Es posible, entonces, que a veces se haya preservado material genuino junto con otro que ni siquiera es digno de mención.
De igual manera, es probable que el recuerdo de la vida y la muerte de los apóstoles se haya mantenido vivo por algún tiempo, y los “hechos” apócrifos, aun cuando teológicamente fueran dudosos, a veces podían preservar tradiciones genuinas o reflejar situaciones adecuadas.
El deseo de trasmitir dichos recuerdos sin duda ejerció influencia en la producción de la literatura apócrifa; pero no podía vencer la tendencia a inventar, ampliar, mejorar, o reorientar. Cualquier tarea de selección resulta, por lo tanto, peligrosa; y como bien sabían eruditos tales como Orígenes, ya era peligroso en la época patrística. En consecuencia, se reconoció universalmente la necesidad de basarse únicamente en los documentos indiscutibles.
III. La literatura apócrifa en la iglesia primitiva
La presencia de tan variados escritos bajo nombres apostólicos cuando la apostolicidad constituía la norma hizo imperioso determinar cuáles eran los verdaderos escritos apostólicos, y a los primeros eruditos cristianos no les faltaba ni visión ni talento crítico. (* Canon del Nuevo Testamento). Pero es admirable cuán poco se ve afectada la lista de libros generalmente considerados canónicos por las discusiones sobre la literatura apócrifa. Algunas iglesias tardaron mucho en aceptar libros que actualmente se consideran canónicos. Algunas dieron un lugar de prominencia a obras como 1 Clemente y el Pastor de Hermas. Pero casi ninguno de los libros en, digamos, el Apocryphal New Testament de M. R. James fueron alguna vez “libros excluidos del NT” en ningún sentido. Estaban más allá de toda consideración. La literatura petrina ocasionó mayor preocupación que otras (cf. R. M. Grant y G. Quispel, VC 6, 1952, pp. 31ss). En la época de Eusebio, la discusión, con excepción de la concerniente a 2 Pedro, ya estaba cerrada (HE 3.3), pero hay pruebas positivas de que al menos el Apocalipsis de Pedro fue empleado durante un tiempo en algunas partes (véase inf.).
A este respecto resulta de interés la carta de Serapión, obispo de Antioquía, a la congregación en Rosón ca. 190 d.C. (cf. Eusebio, HE 6.12). La iglesia había empezado a utilizar el Evangelio de Pedro. Evidentemente había habido oposición, pero Serapión, satisfecho de la estabilidad de la congregación, había autorizado su lectura pública después de una breve inspección. Pero luego hubo problemas. Serapión leyó el evangelio más cuidadosamente y encontró que no sólo lo habían aceptado iglesias cuyas tendencias eran sospechosas, sino que también reflejaba en algunos puntos la herejía docética (que negaba la realidad de la humanidad de Cristo). Según su propio resumen, “la mayor parte pertenece a la verdadera enseñanza de nuestro Señor”, pero algunas cosas (de las cuales agregó una lista) le habían sido añadidas. Dice también: “Aceptamos a Pedro y los otros apóstoles como a Cristo, pero como hombres de experiencia sometemos a prueba los escritos que falsamente se les atribuye, sabiendo que tales cosas no nos fueron trasmitidas.
“En otras palabras, la lista de libros apostólicos ya era tradicional. Podían leerse otros libros, siempre que fueran ortodoxos. El Evangelio de Pedro entre otros no era tradicional; su uso en Rosón era resultado de un pedido específico, pero hubo oposición. Al principio Serapión nada había hallado que justificase una prolongada controversia: dado el caso que fuera espurio, al menos era inofensivo. Cuando una mejor inspección reveló sus tendencias, se prohibió su uso en cualquier forma en la iglesia.
Parecería que es posible entender mejor el curso de los acontecimientos si, siguiendo el ejemplo del proceder de Serapión, admitimos que el reconocimiento de que un libro era espurio no comprendía necesariamente una completa prohibición de su lectura pública, siempre que fuera de algún valor devocional y no tuviera tendencias heréticas: una especie de posición intermedia análoga a la de los apócrifos en el sexto artículo anglicano. Pero aun un libro herético, si tenía otros aspectos positivos, podía, no obstante, leerse privadamente, y ser objeto de los elogios correspondientes. De esta manera la literatura apócrifa llegó a ejercer influencia duradera sobre la devoción medieval, y el arte y la historia cristianos.
Sin embargo, nada hay que sugiera que formaba parte aceptada de la práctica universal del ss. I o II el compilar libros en nombre de un apóstol, procedimiento que insinúan algunas teorías sobre la paternidad de ciertos libros del NT (cf. D. Guthrie, ExpT 67, 1955–6, pp. 341s), y el caso del autor de los Hechos de Pablo es un ejemplo de acción drástica contra este tipo de publicaciones.
Al pasar de cualquiera de los escritos del NT a los mejores escritos apócrifos neotestamentarios (que realmente emanaron de la comunidad cristiana primitiva) nos introducimos en un mundo diferente. Si 2 Pedro (para tomar el libro del NT que más comúnmente se asigna al ss. II) formara parte del apocrifón, se trataría de un libro único entre los apócrifos.
IV. Algunas obras representativas
Podemos mencionar algunas de las formas apócrifas más representativas. Hablando en general, se trata de algunas de las obras más antiguas y de mayor importancia. En pocos casos existen textos completos; para algunos de ellos dependemos de citas de escritores de épocas primitivas.
a. Evangelios apócrifos primitivos
Escritores de los ss. III y IV citan una cantidad de fragmentos de estos primeros evangelios. Todavía se debate acerca del carácter y las interrelaciones de dichos evangelios. El Evangelio según los hebreos era conocido por Clemente de Alejandría, Orígenes, Hegesipo, Eusebio, Jerónimo, quien dice (aunque no siempre se le cree) que lo tradujo al gr. y al lat. (De Viris Illustribus 2) del arm. en caracteres heb., y que lo usaron los nazarenos, que constituían una secta judeocristiana. La mayor parte de las personas, dice, erróneamente lo tomaron por el original heb. del Evangelio de *Mateo mencionado por Papías, lo cual recuerda que Ireneo conocía sectas que sólo utilizaban Mateo (Adv. Haer. 1.26. 2; 3.11.7). Por cierto que algunos de los extractos que nos han llegado tienen puntos de contacto con Mateo; otros vuelven a aparecer en otras obras, siendo la más reciente de ellas el Evangelio de Tomás. Tiene un fuerte tono judeocristiano, y registra una aparición después de la resurrección a Jacobo el Justo. Eusebio menciona un relato, que se encuentra tanto en Papías como en el Evangelio de los hebreos, de una mujer acusada de muchos pecados ante Jesús. A menudo se la ha considerado como la historia de la mujer adúltera que figura en muchos ms(s). de Jn. 8.
Este evangelio probablemente refleja la actividad de judeocristianos de Siria que empleaban una tradición de Mateo (el evangelio “local”) y otras tradiciones locales, algunas de ellas indudablemente válidas. Los nazarenos lo llamaban “El evangelio según los apóstoles” (Jerónimo, Contra Pelag. 3. 2), título sospechosamente beligerante. (Véase V. Burch, JTS 21, 1920, pp. 310ss; M. J. Lagrange, RB 31, 1922, pp. 161ss, 321ss; y para su defensa como fuente primaria, H. J. Schonfield, According to the Hebrews, 1937.)
Epifanio, un autor siempre confuso, menciona una versión mutilada de Mateo utilizada por la secta judeocristiana que él llama “ebionita”. Se lo ha tomado como el Evangelio de los hebreos, pero los extractos ofrecen una versión diferente de la natividad y el bautismo, e indudablemente se trata de una obra sectaria y tendenciosa. Puede tratarse del Evangelio de los doce apóstoles mencionado por Orígenes (Hom. Lc. 1; cf. J. R. Harris, The Gospel of the Twelve Apostles, 1900, pp. 11s).
El Evangelio de los egipcios se conoce principalmente a través de una serie de citas en el Stromateis de Clemente de Alejandría. Algunos gnósticos lo usaron (Hipólito, Filosofoumena, 5.7), y sin duda se originó en alguna secta egipcia. Las porciones que aun permanecen se refieren a un diálogo entre Cristo y Salomé sobre el repudio a las relaciones sexuales. Se incluye un documento con el mismo título en la biblioteca de Nag Hammadi, pero no está relacionado con la obra que conocía Clemente, sino que se trata de un tratado gnóstico esotérico.
Los papiros nos han dado una cantidad de fragmentos de evangelios no canónicos. Los más celebres, designados P. Oxi. 1. 654–655, serán considerados posteriormente bajo el Evangelio de Tomás. El que le sigue en interés es el llamado Evangelio desconocido (P. Egerton 2) publicado por H. I. Bell y T. C. Skeat en 1935, que describe incidentes al modo sinóptico, pero con diálogos y vocabulario propios de Juan. Este ms(s)., fechado ca. 100 d.C., es uno de los más antiguos ms(s). gr. que se conocen. Según algunos se basa en el cuarto evangelio, y quizás también en uno de los sinópticos, mientras que otros consideran que es un ejemplo primitivo de literatura cristiana popular independiente de aquellos (cf. Lc. 1.1). (Véase H. I. Bell y T. C. Skeat, The New Gospel Fragments, 1935; C. H. Dodd, BJRL 20, 1936, pp. 56ss = New Testament Studies, 1953, pp. 12ss; G. Mayeda, Das Leben-Jesu-Fragment Egerton 2, 1946; H. I. Bell, HTR 42, 1949, pp. 53ss.)
b. Evangelios sobre la pasión
El evangelio más importante del cual contamos con una porción considerable es el Evangelio de Pedro de (mediados [?]) del ss. II, del cual existe un gran fragmento copto que abarca desde el juicio hasta la resurrección (El fragmento Akhmim). Se lo ha equiparado con las “memorias de Pedro”, quizás mencionadas por Justino (Trifón 106), pero esto es inapropiado. (cf. V. H. Stanton, JTS 2, 1900, pp. 1ss).
Se destaca el elemento milagroso. La guardia ve tres hombres que salen de la tumba, dos cuyas cabezas llegan hasta el cielo, y uno que lo sobrepasa. Una cruz los sigue. Una voz del cielo exclama, “Les has predicado a los que duermen”, y una voz desde la cruz responde, “Sí” (cf. 1 P. 3.19). Se reduce la culpa de Pilato, y a la vez se destaca la de Herodes y los judíos; quizás se refleja aquí tanto una apologética favorable al estado como una controversia con los judíos.
El fallo de Serapión (véase sup.) no estaba equivocado; la mayor parte es sensacionalista, pero no peligrosa. Pero hay frases reveladoras: “Mantuvo silencio, como el que no siente dolor”, y la interpretación del grito de abandono: “Mi poder, me has abandonado,” seguido por el emocionado “fue levantado”, demuestran que el autor no valoraba adecuadamente la humanidad de nuestro Señor. (Véase L. Vaganay, L’Évangile de Pierre, 1930).
Evangelio de Nicodemo es el nombre que se le dio a la obra compuesta que existe en varias recensiones en gr., lat., y copto, del cual los principales elementos son “Los hechos de Pilato”, que pretende ser una versión oficial del juicio, la crucifixión y la sepultura, una síntesis de los debates y las investigaciones del sanedrín, y una relación sumamente colorida del “Descenso al infierno”. Hay diversos apéndices en las diferentes versiones; uno de ellos, una carta al emperador Claudio, podría constituir el ejemplo más antiguo de los “Hechos de Pilato”. Apologistas tales como Justino (Apol. 35.48) apelan confiadamente a los registros del juicio, en la suposición de que existen. Tertuliano conocía relatos sobre los informes favorables de Pilato a Tiberio acerca de Jesús (Apol. 5.21). Dichos “registros” habrían de aparecer en su momento, especialmente cuando un gobierno perseguidor ca. 312 d.C., utilizó informes falsificados y blasfemos del juicio con fines de propaganda (Eusebio, HE 9.5). Nuestro libro de “Hechos” podría ser un documento destinado a oponerse a los mencionados. El “Descenso al infierno” puede pertenecer a una época bastante posterior en el mismo siglo, pero ambas partes de la obra probablemente se sirven de materiales más antiguos. La característica sorprendente es la virtual vindicación de Pilato, sin duda por motivos políticos. Cuando estos relatos entraron a formar parte de las leyendas bizantinas, Pilato se convirtió en santo, y la iglesia copta todavía rememora su martirio.
No hay ningún texto crítico adecuado. Véase J. Quasten, Patrology, 1, pp. 115ss para las versiones.
c. Evangelios sobre la infancia
El Protoevangelio de Jacobo adquirió gran popularidad; existen muchos ms(s). en muchos idiomas (aunque ninguno en lat.), y ha tenido una profunda influencia en la mariología posterior. Orígenes lo conocía, de modo que debe ser del ss. II. Nos brinda el nacimiento y la presentación de María, su casamiento con José (un anciano con hijos) y el nacimiento milagroso del Salvador (una partera corrobora su virgnidad en el momento del parto). Fue escrito, evidentemente, en apoyo de ciertas teorías sobre la virginidad perpetua. El supuesto autor es Jacobo el justo, aunque en determinado momento José se convierte en el narrador. (Véase M. Testuz, Papyrus Bodmer 5, 1958; E. de Strycker, La forme plus ancienne du Protévangile de Jacques, 1961).
El otro evangelio influyente de la antigüedad relacionado con la infancia es el Evangelio de Tomás, que ofrece algunos relatos bastante repulsivos sobre los años de silencio. La versión que tenemos parece haber sido expurgada de sus discursos gnósticos. Es distinta de la obra existente en Nag Hammadi del mismo nombre (véase inf.); a veces resulta difícil saber con seguridad a qué obra se refieren los escritores patrísticos.
d. Los evangelios de Nag Hammadi
En la biblioteca de Nag Hammadi hay varios evangelios en copto que no se conocían anteriormente, además de nuevas versiones de otros (* Quenoboskión).
Uno de los textos comienza así: “El evangelio de la Verdad es un gozo” (frase inicial y no título), y continúa con una verbosa y a menudo oscura meditación sobre el plan de la redención. Es evidente la terminología gnóstica del tipo de la escuela valentiniana, pero no en la forma evolucionada que vemos en Ireneo, Alude a la mayoría de los libros del NT de una manera que sugiere el reconocimiento de su autoridad. Comúnmente se piensa que es el “Evangelio de la Verdad” que Ireneo atribuye a Valentino, aunque esto se ha negado (cf. H. M. Schenke, ThL 83, 1958, pp. 497ss). Van Unnik presentó la atractiva proposición de que fue escrito antes del rompimiento de Valentino con la iglesia de Roma (en la que una vez fue candidato a un obispado), cuando estaba tratando de establecer su ortodoxia. Esta obra constituiría así un testimonio importante para la lista de libros autorizados (sustancialmente similar a la nuestra) en Roma ca. 140 d.C. (Véase G. Quispel y W. C. van Unnik en The Jung Codex, eds. por F. L. Cross, 1955; texto por M. Malinine et. al., Evangelium Veritatis, 1956 y 1961; comentario por K. Grobel, The Gospel of Truth, 1960.) La trad. ing. más reciente es por G. W. MacRae en The Nag Hammadi Library, 1977.
El hoy famoso Evangelio de Tomás es una colección de dichos de Jesús, que suman aproximadamente 114, con poca organización aparente. Una elevada proporción se asemeja a los dichos en los evangelios sinópticos (inclinándose más hacia Lucas), pero casi siempre con diferencias significativas que a menudo adoptan una dirección gnóstica; y entre otros temas gnósticos se minimiza el AT y se destaca la necesidad de eliminar la conciencia del sexo. Se cree que se trata del evangelio utilizado por los gnósticos naasenos (cf. R. M. Grant con D. N. Freedman, The Secret Sayings of Jesus, 1959; W. R. Schoedel, VC 14, 1960, pp. 225ss), pero se ha puesto en duda su carácter originalmente gnóstico (R. McL Wilson, Studies in the Gospel of Thomas, l961), y algunos están dispuestos a ver en él tradiciones independientes de cierto valor. Para G. Quispel las variantes son de tipo similar a las del texto (“occidental”) de Beza (VC 14, 1960, pp. 204ss), como así también a las del Diatesarón de Taciano y las obras seudoclementinas (véase inf.). En un artículo más reciente Quispel relaciona el Evangelio de Tomás con los encratitas más que con los gnósticos (VC 28, 1974, pp. 29s). Los Logia de Oxirrinco P. Oxi. 1. 654–655, que incluyen el celebrado “Levanta la piedra y me encontrarás”, vuelven a aparecer en una forma que sugiere que pertenecieron a una antigua versión gr. de dicho libro. Tomás (a quien probablemente se considera gemelo de Jesús) desempeña el papel central en la tradición (véase sup.), pero se afirma que Jacobo el Justo se convierte en el jefe de los discípulos, una de las varias indicaciones de que existe una fuente judeocristiana.
Este libro curioso e inconsecuente está plagado de problemas, pero hasta el momento parecería que con seguridad podemos ubicar sus orígenes en Siria (lo que posiblemente explique los semitismos que aparecen en el texto), donde siempre hubo una actitud más liberal hacia el texto del evangelio y más influencias nocivas que en otras partes. (Véase el texto y la trad. de A. Guillaumont et al., 1959; H. Koester y T. O. Lambdin en The Nag Hammadi Library in English, pp. 117–130; B. Gärtner, The Theology of the Gospel of Thomas, 1961; la bibliografía hasta 1960 en J. Leipoldt y H. M. Schenke, Koptisch-Gnostische Schriften aus den Papyrus-Codices von Nag Hamadi, 1960, pp. 79s).
El principal interés del Evangelio de Felipe (gnóstico, aunque resulta difícil descubrir la secta correspondiente) radica en su doctrina sacramental extraordinariamente perfeccionada, en la que hay mayores misterios en lo relativo al crisma y a la “cámara nupcial” que en lo relativo al bautismo (véase E. Segelberg, Numen 7, 1960, pp. 189ss; R.McL. Wilson, The Gospel of Philip, 1962, ofrece una traducción y comentarios. Cf. tamb. The Nag Hammadi Library in English, pp. 131–151 [trad. por W. W. Isenberg]). El lenguaje es repulsivo: el interés que pone en el repudio de lo sexual equivale a obsesión.
e. Los hechos “leucianos”
Los cinco principales “hechos” apócrifos tendrán que representar a un número considerablemente mayor. Los maniqueos, que seguramente los heredaron de fuentes gnósticas, los reunieron en un corpus. Fotio, bibliófilo del ss. IX, atribuyó todo el conjunto a un tal “Leucio Carino” (Bibliotheca, 114), pero es probable que Leucio haya sido simplemente el nombre ficticio del autor de los Hechos de Juan, el libro más primitivo (y menos ortodoxo) de todo el corpus.
Data del 150–160 d.C. aprox. y describe milagros y sermones (decididamente gnósticos) del apóstol Juan en Asia Menor. Refleja ideales ascéticos, pero contiene algunas anécdotas atractivas entre elementos menos dignos de aceptación. También pretende relatar lo que el propio Juan narró acerca de algunos incidentes con el Señor, como también su despedida y su muerte. Litúrgicamente resulta de algún interés e incluye la primera eucaristía por los muertos de que se tiene noticia.
También los Hechos de Pablo es de fecha temprana, porque Tertuliano conoció gente que justificaba la predicación femenina, como asimismo la facultad de bautizar, apoyándose en dicha obra (De Baptismos 17). Dice que fue escrito ostensiblemente “por amor a Pablo” por un presbítero asiático, que por ello fue depuesto. Esto tiene que haber ocurrido antes del año 190 d.C., probablemente más cerca del 160 d.C. Esta obra refleja una época de persecución. Contiene tres secciones principales:
(i) Los hechos de Pablo y Tecla, una joven de Iconio que rompe su compromiso matrimonial después de escuchar la predicación de Pablo, es milagrosamente protegida del martirio (ganándose el interés de la “reina Trifena”, * Trifena y Trifosa), y ayuda a Pablo en sus viajes misioneros. Puede haber existido algún núcleo histórico, si bien no necesariamente una fuente escrita relativa a Tecla (así opina Ramsay, CRE, pp. 375ss).
(ii) Correspondencia adicional con la iglesia de Corinto.
(iii) El martirio de Pablo (legendario).
El tono es intensamente ascético (cf. las bienaventuranzas de Pablo en relación con el celibato, cap(s). 5), pero por lo demás es ortodoxo. Hay muchos ms(s). incompletos, incluyendo una considerable sección del original griego. Véase L. Vouaux, Les Actes de Paul, 1913; E. Peterson, VC 3, 1949, pp. 142ss.
Hechos de Pedro es algo posterior, pero siempre dentro del ss. II. El ms(s). principal, en latín (a menudo llamado Hechos de Vercelli), empieza con la despedida de Pablo a los cristianos de Roma (quizás proveniente de otra fuente). A causa de las intrigas de *Simón el mago la iglesia romana cae en la herejía, pero, en respuesta a la oración, llega Pedro y derrota a Simón en una serie de encuentros públicos. A esto sigue un complot contra Pedro iniciado por paganos cuyas esposas los habían dejado como resultado de su predicación, la huida de Pedro, que incluye la historia de ¿Quo Vadis?, y su retorno para ser crucificado, lo que se hizo cabeza abajo. Un fragmento copto alusiones a una porción perdida indican que otras historias se ocupaban de las preguntas que surgieron en la comunidad acerca del sufrimiento y la muerte. Al igual que en otros “hechos” apócrifos, las actividades de Pedro y Pablo se complementan, y la iglesia romana aparece como una fundación paulina. El tono ascético es tan intenso como siempre, pero el elemento gnóstico no siempre se impone; es posible, sin embargo, que tengamos ediciones expurgadas. Se disputa su lugar de origen, pero es casi seguro que tuvo origen oriental. Véase L. Vouaux, Les Actes de Pierre, 1922. Es digno de mencionar que en la biblioteca de Nag Hammadi los dos únicos documentos descritos como “hechos” se relacionan con Pedro. Los Hechos de Pedro, de origen copto, tienen alguna afinidad con los Hechos de Pedro, de origen latino, pero estos últimos son mucho más exagerados en su interés por destacar lo ascético.
Los Hechos de (Judas) Tomás se diferencian de los otros. Son producto del cristianismo sir., y es casi seguro que fueron escritos en sir. en Edesa, a principios del ss. III. Describen la manera en que los apóstoles echaron suertes para dividirse el mundo, y Judas Tomás, el mellizo, fue nombrado para ir a la India. Fue como esclavo, pero fue el instrumento de la conversión del rey “Gundafar” y de muchos otros indios notables. En todas partes predica la virginidad, y con frecuencia es encarcelado como consecuencia del éxito que obtiene. Finalmente es martirizado.
Esta obra tiene ciertas características gnósticas; p. ej. el famoso “Himno del alma” que aparece en ella tiene el conocido tema gnóstico de la redención del alma de la corrupción de la materia: el hijo del rey es enviado a matar al dragón y a traer de vuelta la perla del país lejano. Evidentemente hay cierta relación, que todavía no se ha podido precisar, con el Evangelio de Tomás; y el título de Tomás, “mellizo del Mesías”, es elocuente. El llamamiento a la virginidad es más pronunciado, más estridente, que en todos los demás “hechos”, pero se trataba de una característica del cristianismo sir. Pocos rastros hay de gnosticismo en el sentido de la posesión de misterios ocultos; el autor está demasiado ocupado en predicar y recomendar su evangelio.
Hay versiones completas en sir. y gr. Aparentenente estos “hechos” evidencian cierto conocimiento real de la historia y la topografía de la *India. (Véase A. A. Bevan. The Hymn of the Soul, 1897; F. C. Burkitt, Early Christianity outside the Roman Empire, 1899; A. F. J. Klijn, VC 14, 1960, pp. 154ss; id. The Acts of Thomas, 1962.)
Hechos de Andrés es el más reciente (ca. 260 d.C. [?]) y, en nuestros ms(s)., el más fragmentario de los “hechos” atribuidos a Leucio. Está estrechamente relacionado con los Hechos de Juan, y Eusebio (HE 3.25) menciona su carácter gnóstico. Describe predicaciones entre los caníbales, milagros, exhortaciones en favor de la virginidad, y, quizá añadido de otra fuente, el martirio en Grecia. Gregorio de Tours nos ofrece un resumen del mismo. (Véase P. M. Peterson, Andrew, Brother o Simon Peter, 1958; F. Dvornik, The Idea of Apostolicity w Byzantium and the Legend of the Apostle Andrew, 1958, pp. 181ss; G. Quispel, VC 10, 1956, pp. 129ss; cf. D. Guthrie, “Acts and Epistles in Apocryphal Writings”, en Apostolic History and the Gospel, eds. por W. W. Gasque y R. P. Martin, 1970.)
f. Epístolas epócrifas
Las más importantes son la Tercera epístola a los corintios (véase Hechos de Pablo, sup.); la Epístola de los apóstoles, que en realidad es una serie de visiones apocalípticas de principios del ss. II preparadas en forma de un discurso en nombre de todos los apóstoles para trasmitir enseñanzas de Cristo posteriores a la resurrección (importante por ser uno de los ejemplos más primitivos de este tipo); la Correspondencia de Cristo y Abgar, en la que el rey de Edesa invita a nuestro Señor a su reino, y de la cual Eusebio nos ofrece una temprana traducción tomada del sir. (HE 1.13); la Correspondencia de Pablo y Séneca en latín (véase Jerónimo, De Viris Ellustribus 12), apología del ss. III en defensa de la dicción de Pablo, evidentemente con el fin de conseguir que se leyeran las cartas genuinas en círculos distinguidos; y la Epístola a los laodicenses, en latín, un centón de lenguaje paulino que se evoca en Col. 4.16. El fragmento muratorio menciona epístolas a los laodicenses y a los alejandrinos, de origen marcionita, pero no hay pruebas de su existencia. La tan citada Carta de Léntulo, que describe a Jesús, y que pretendidamente estaba dirigida al senado, es medieval. (Véase H. Duensing, Epistula Apostolorum, 1925; J. de Zwaan en Amicitiae Corolla edit. por H. G. Wood, 1933, pp. 344ss; para todas las cartas seudopaulinas, L. Vouaux, Les Actes de Paul, 1913, pp. 315ss.)
g. Los apocalipsis
El Apocalipsis de Pedro es la única obra estrictamente apócrifa de la cual tenemos pruebas concluyentes de que mantuvo una posición cuasi canónica durante algún tiempo. Aparece en el fragmento muratorio, pero va acompañada de una nota que dice que algunos se oponen a que se lea en la iglesia. Al parecer Clemente de Alejandría se refirió a ella en una obra perdida, considerándola canónica (Eus., HE 6.14), y en el ss. V era leído el viernes santo en algunas iglesias de Palestina (Sozomeno, Hist. Ecles. 7.19). Pero nunca se la aceptó universalmente, y su canonicidad no era una cuestión candente en los días de Eusebio (HE 3.3). Parecería ser sustancialmente ortodoxa. Una antigua esticometría le asigna 300 líneas; aproximadamente la mitad aparece en la copia principal del Evangelio de Pedro (véase sup.). Contiene visiones del Señor transfigurado, y espeluznantes relatos de los tormentos de los condenados, quizás con una confusa referencia a un futuro período de prueba. (Véase M. R. James, JTS 12, 1911, pp. 36ss, 362ss, 573ss; 32, 1931, pp. 270ss.)
Hubo varios Apocalipsis de Pablo gnósticos, uno de ellos conocido por Orígenes, inspirado en 2 Co. 12.2ss. Una versión de uno de ellos (que influyó en Dante) ha sobrevivido (véase R. P. Casey, JTS 24, 1933, pp. 1ss).
En la biblioteca de Nag Hammadi el libro V comprende cuatro apocalipsis, uno de Pablo, dos de Jacobo y uno de Adán. El Apocalipsis de Pablo en esta colección es diferente a los que se conocían anteriormente. Todas estas obras son gnósticas en su enseñanza. Cf. A. Böhlig y P. Labib, Koptisch-gnostische Apocalypsen aus Codex V von Nag Hammadi, 1963.
h. Otras obras apócrifas
Las Predicaciones de Pedro (o Kerygmata Petrou) nos son conocidas sólo por fragmentos, en su mayor parte conservados por Clemente de Alejandría. Orígenes tuvo que vérselas con eruditos gnósticos que las utilizaban y los desafió para que demostraran su autenticidad (en Jn. 13.17, De Principiis, pref. 8). Esta obra ha sido postulada como fuente de la obra clementina original (véase inf.). Los fragmentos que tenemos pretenden preservar palabras de nuestro Señor y de Pedro, y por lo menos uno de ellos concuerda con el Evangelio de los hebreos.
Las Homilías clementinas y las Recogniciones clementinas son las dos formas principales de un relato en el que Clemente de Roma, en busca de la verdad suprema, viaja por los mismos lugares que el apóstol Pablo, y finalmente se convierte. Es probable que ambos deriven de una novela cristiana inmensamente popular del ss. II, que puede haber utilizado las Predicaciones de Pedro. Los problemas literarios y teológicos que encierra son sumamente complejos. Las homilías, en particular, promueven una forma sectaria de cristianismo judaizado. (Véase O. Cullmann, Le Problème Littéraire et Historique du Roman Pseudo-Clémentin, 1930; H. J. Schoeps, Theologie und Geschichte des Judenchristentums, 1949.)
El Apocrifón de Juan era popular en los círculos gnósticos, y ha reaparecido en Nag Hammadi. El Salvador aparece a Juan en el mte. de los Olivos, le ordena que escriba doctrinas secretas, las deposite en lugar seguro y las imparta solamente a aquellos cuyo espíritu pudiera entenderlas y cuyo modo de vida fuese digno. Hay una maldición para todo el que imparta la doctrina con fines de lucro a personas indignas. Ha de fecharse antes de 180 d.C., probablemente en Egipto. (Véase W. C. Till, Die Gnostischen Schriften des Koptischen Papyrus Berol. 8502, 1955; cf. JEH, 3, 1952, pp. 14ss). En los documentos de Nag Hammadi hay un relato de la creación, la caída y la redención de la humanidad.
El Apocrifón de Jacobo también se ha descubierto en Nag Hammadi. Es una exhortación a buscar el reino, en forma de un discurso posterior a la resurrección, dirigido a Pedro y a Jacobo, que ascienden con el Señor, pero no pueden entrar en el tercer cielo. Su interés reside en que es muy antiguo (125–150 d.C. [?]), en la prominencia de Jacobo (el Justo [?]), que envía a los apóstoles a hacer su obra después de la ascensión, y, en opinión de van Unnik, en que está libre de influencias gnósticas (Véase W. C. van Unnik, VC 10, 1956, pp. 149ss). F. E. Williams, en sus acotaciones introductorias a su traducción del texto de Nag Hammadi en The Nag Hammadi Library in English, pp. 29, cree encontrar indicios de temas gnósticos y sugiere que es de origen gnóstico-cristiano.
La obra Pistis Sofia y los Libros de JeuÆ son oscuras y extrañas producciones gnósticas del ss. II o III. (Véase C. Schmidt, Koptisch-gnostische Schriften³, edit. por W. Till, 1959; G. R. S. Mead, Pistis Sophia³, 1947, trad. ing., cf. F. C. Burkitt, JTS 23, 1922, pp. 271ss; C. A. Baynes, A Coptic Gnostic Treatise, 1933.)
Bibliografía general. °A. de Santos, Los evangelios apócrifos, 1956 (con textos trad. al cast.); °J. Jeremias, Palabras desconocidas de Jesús, 1976; D. S. Russell, El período intertestamentario, 1973; T. G. Taggart, Sagradas Escrituras y los libros apócrifos, 1948; J. B. Bauer, Los apócrifos neotestamentarios, 1971; R.E. Brown, “Apócrifos, manuscritos del mar Muerto, otros escritos judíos”, Comentario bíblico “San Jerónimo”, 1971, t(t). V, pp. 99ss; C. Gancho, “Apócrifos”, °EBDM, t(t). I, cols. 589–591; G. R. Beasley-Murray, F. F. Bruce, “La literatura apócrifa y apocalíptica”, °NCBR, 1977, pp. 51–57.
Faltan aun ediciones críticas de muchas de estas obras. Textos gr. y lat. de los primeros evangelios que se descubrieron aparecen en C. Tischendorf, Evangelia Apocrypha, 1886, que se complementa con la obra de A. de Santos mencionada precedentemente. La mejor colección de textos de los “hechos” es R. A. Lipsius y M. Bonnet, Acta Apostolorum Apocrypha, 1891–1903. Algunos textos y estudios más recientes aparecen en M. R. James, Apocrypha Anecdota, 1, 1893; 2, 1897. M. R. James, ANT (espléndida colección de trad. ing. hasta 1924); E. Hennecke-W. Schneemelcher (trad. ing. por R. M. Wilson), New Testament Apocrypha, 1, 1963; 2, 1965 (indispensable para un estudio serio). Dichos no canónicos: A. Resch, Agrapha², 1906; B. Pick, Paralipomena, 1908; J. Jeremias, Unknown Sayings of Jesus, 1957; J. Finegan, Hidden Records of the Life of Jesus, 1969; F. F. Bruce, Jesus and Christian Origins outside the New Testement, 1974. Orden eclesiástico: J. Cooper y A. J. Maclean, The Testament of our Lord, 1902; R. H. Connolly, The So-Called Egyptian Church Order and its Derivatives.

lunes 12 de enero de 2009

APÓCRIFOS

Apócrifos


Por Recursos Biblicos
recursosbiblicos@gmail.com

I. Definición
El término “apócrifos” (que en gr. es un plural neutro del adjetivo apokryfos, ‘escondido’) es un término técnico vinculado con la relación de ciertos libros con el canon del AT, y que significa que, sin bien no se aprueban para la lección pública, no obstante tienen valor para el estudio y la edificación privados. Es un término que abarca una cantidad de agregados a los libros canónicos en la forma en que se encuentran en la LXX (a saber, Ester, Daniel, Jeremías, Crónicas), y a otros libros, de carácter legendario, histórico, o teológico, muchos de ellos originalmente escritos en heb. o en arm., pero preservados o conocidos hasta hace poco únicamente en gr.; figuran en el canon vagamente definido de la LXX, pero fueron rechazados por el *canon hebreo en Jamnia. El uso y el concepto cristianos sobre su posición fueron más bien ambiguos hasta el ss. XVI, cuando doce obras fueron incluidas en el canon de la iglesia católica romana por el concilio de Trento; pero el pensamiento protestante (p. ej. Lutero, y la iglesia anglicana en los “Treinta y nueve artículos”) los admitió sólo para la edificación privada. Otras obras, no incluidas entre los doce que aquí se consideran, se denominan generalmente hoy en día *“seudoepígrafos”, Estas, también, fueron libremente utilizadas antes del ss. XVI en las distantes iglesias orientales en cuyas lenguas han sido exclusivamente conservadas (p. ej., el etíope, el armenio, el eslavo).
II. Contenido
Pasemos a sintetizar el contenido y los principales problemas críticos de los doce libros que componen lo que hoy conocemos como los apócrifos.
1 Esdras es 2 Esdras en la recensión luciánica de la LXX, y 3 Esdras en la Vg. de Jerónimo. Este libro ofrece un relato paralelo de acontecimientos registrados en Crónicas-Esdras-Nehemías, con un agregado grande (a saber, el “Debate de los tres jóvenes” en 3.1–5.6). 1.1–20, 23–25 = 2 Cr. 35.1–36.21; 2.1–11 = Esd. 1.1–11; 2.12–26 = Esd. 4.7–24; 5.7–17 = Esd. 2.1–4.5; 6.1–9.36 = Esd. 5.1–10.44; 9.37–55 = Neh. 7.72–8.13. El “Debate de los tres jóvenes” es adaptación de un cuento persa, y en sus detalles pueden encontrarse todavía pruebas de esto: ha sido adaptado como el medio por el cual Zorobabel, que pertenecía a la guardia de Darío, al vencer en un debate acerca del poder más fuerte (¿el vino, las mujeres, o la Verdad?), obtiene así la oportunidad de recordarle al monarca persa su obligación de permitir la reedificiación del templo. La comparación detallada de ella con el Esdras de la LXX pone de manifiesto que son traducciones independientes del TM: 1 Esdras es probablemente el más antiguo de los dos. Presentan contrastes no sólo de texto sino también en cuanto al orden cronológico de los acontecimientos y el de los reyes persas. En una cantidad de casos los entendidos siguen indecisos en cuanto a cuál seguir. Por cierto que en algunos casos 1 Esdras ofrece buenas pruebas textuales. Se trata de una traducción libre e idiomática, y era conocida por Josefo.
2 Esdras es 4 Esdras en la Vg.; se conoce también como Apocalipsis de Esdras o 4 Esdras. Esta versión, como aparece actualmente en latín antiguo, es una ampliación por escritores cristianos de una obra apocalíptica judaica original que se encuentrá en los cap(s). 4–14. Los otros capítulos, e. d. los agregados cristianos, faltan en algunas versiones orientales. El cuerpo original del libro consiste de siete visiones. En la primera (3.1–5.19) el vidente exige una explicación para el sufrimiento de Sión, cuyo pecado no es mayor que el de su opresor. El ángel Uriel contesta que esto no puede entenderse, pero que la era a poco de iniciarse brindaría salvación. La segunda (5.20–6.34) trata de un problema similar: por qué Israel, pueblo elegido de Dios, ha sido entregado en manos de otras naciones; esto, también, resulta incomprensible para el hombre, según la declaración. La era por venir ha de continuar a partir de la presente sin intervalo, precedida por señales del fin y una época de conversión y salvación. Esto debería proporcionarle consuelo al vidente. La tercera visión (6.35–9.25) pregunta por qué los judíos no poseen la tierra; la respuesta que se da es que la heredarán en la era por venir. Se tratan diversos asuntos adicionales relacionados con la vida más allá y la era por venir, incluyendo el tema del número limitado de los elegidos. La cuarta visión (9.26–10.59) es la de una mujer enlutada que relata sus penas y es luego transformada en una ciudad gloriosa. Se trata de un símbolo de Jerusalén. La quinta visión (10.60–12.51) es la de un águila de doce alas y tres cabezas, símbolo de Roma, la cual, según declara explícitamente el ángel intérprete, es el cuarto reino de Dn. 7. El Mesías ha de reemplazarla. Según la interpretación más probable, esta visión ha de fecharse en el reinado de Domiciano. La sexta visión (13.1–58) es la de un hombre que surge del mar, y que aniquila a una multitud antagónica. Esta es una adaptación de la visión del Hijo del Hombre de Dn. 7. La visión final (14) trata de la cuestión de la restauración por parte de Esdras de los libros sagrados de los hebreos, por medio de una visión y con el auxilio de escribas ayudados sobrenaturalmente. Dichos libros son 94 en total, a saber, los 24 del canon hebreo y 70 obras esotéricas o apocalípticas.
Tobías (o “Tobit”) es un cuento devoto acerca de un hebreo piadoso de la cautividad norteña, Tobit, y su hijo Tobías. Tobit sufre persecución y privaciones debido a que socorre a sus compatriotas los israelitas bajo la tiranía de Esar-hadón. Al final queda ciego accidentalmente; y para vergüenza suya, su mujer se ve obligada a sostenerlo. En oración pide morir. Al mismo tiempo, ofrece oración una joven mujer hebrea de Ecbatana, de nombre Sara, que es atormentada por el demonio Asmodeo, el que ha matado siete pretendientes la noche que debían casarse con ella. El ángel Rafael es enviado “a sanar a los dos”. Tobías es enviado por su padre a traer diez talentos de plata dejados en Media. Rafael adopta la forma de Azarías, que es contratado como compañero de viaje. En el Tigris toman un pez, y su corazón, hígado y bilis son guardados por Tobías por consejo de Azarías. Tobías llega a Ecbatana y se compromete con Sara, que resulta ser prima de él. La noche de bodas quema el corazón y el hígado del pez, el hedor de los cuales hace que el demonio se vaya a Egipto. Al regresar a su casa (precedido por su perro), donde ya se lo daba por perdido, Tobías unge los ojos de su padre con la bilis del pez y le restaura la vista. Este relato se originó, aparentemente, durante el exilio babilónico o persa, y es posible que su lengua original haya sido el arameo. Se conocen tres recensiones griegas, y se han encontrado fragmentos en hebreo y en arameo cerca del mar Muerto.
Judit cuenta la historia de una valiente joven judía, viuda, y la derrota de las huestes de Nabucodonosor mediante su estratagema. Oriunda de Betulia, asediada por Holofernes, lo visita en su campamento, haciéndole creer que le daría a conocer secretos militares; luego comienza a seducirlo con su encanto, hasta que por fin, encontrándose los dos solos realizando una fiesta una noche, tiene la posibilidad de decapitarlo. Vuelve entonces con la cabeza a la ciudad, donde es recibida con júbilo. El ejército asirio (!) se retira al descubrir que su general ha sido asesinado. Judit y las mujeres de Betulia se regocijan con un salmo delante de Dios. El relato es pura ficción—de otro modo los datos inexactos resultarían inaceptables—y pertenece al ss. II a.C. El original estaba en hebreo, y una traducción griega en cuatro recensiones nos lo ha conservado.
Agregados a Daniel aparecen en la LXX y en la traducción de Teodoción. Al cap(s). 3 se le agrega la Oración de Azarías pronunciada en el horno, y el Cántico de los tres jóvenes santos (e. d. paidoµn, ‘sirvientes’) cantado a la gloria de Dios mientras se paseaban en el fuego. Es el benedícite del culto cristiano. Evidentemente estos dos agregados existieron en un original hebreo. Como prefacio a Daniel en Teodoción, pero al final en la LXX, se encuentra la historia de Susana. Es la hermosa y virtuosa mujer de un judío acaudalado en Babilonia. Dos ancianos del pueblo que la codician la encuentran bañándose y le ofrecen la posibilidad de ceder a sus deseos o enfrentar una falsa acusación de adulterio. Ella elige lo segundo; todos creen a sus detractores, y ella es condenada a pesar de que insiste en su inocencia. Daniel, a pesar de no ser más que un joven, se pronuncia en contra de esta injusticia, y en un segundo proceso en su presencia se descubre la mentira y la mujer sale justificada.
Los relatos de Bel y el dragón fueron escritos evidentemente para ridiculizar la idolatría. Daniel demuestra que los sacerdotes de Bel, y no la imagen del dios, son los que devoran las ofrendas de alimentos colocadas todas las noches; en consecuencia el rey destruye la imagen. Daniel destruye un poderoso dragón que se adoraba en Babilonia. Daniel es arrojado a la fosa de los leones y se mantiene vivo durante seis días; en el sexto el profeta Habacuc es transportado milagrosamente de Judea para darle de comer; en el séptimo es liberado por el rey. Estos dos relatos probablemente fueron traducidos de un original semítico, pero la cuestión no está totalmente dilucidada. Estos agregados son ejemplos de adornos piadosos de tipo legendario agregados al relato de Daniel, y datan de alrededor del 100 a.C.
Agregados a Ester aumentan considerablemente el tamaño de la versión gr. del libro. Hay seis pasajes adicionales. El primero se refiere al sueño de Mardoqueo y su prevención de una conspiración en contra del rey; precede al cap(s). 1. El segundo es el edicto del rey relacionado con la destrucción de todos los judíos en su reino. Este pasaje viene después de 3.13 en el hebreo. El tercero contiene oraciones de Ester y Mardoqueo que siguen al cap(s). 4. El cuarto describe la audiencia de Ester con el rey, que se agrega a 5.12. El quinto es el edicto del rey permitiendo a los judíos que se defiendan, y viene a continuación de 8.12. El sexto incluye la interpretación del sueño de Mardoqueo; y una nota histórica que da la fecha en que la versión griega pasó a Egipto. La mayoría de los eruditos considera que todo esto es en realidad agregado a la obra más breve del canon hebreo, y que parte, si no todo, fue compuesto en griego. Los entendidos que se someten a Roma y una minoría de los demás (incluido C. C. Torrey) sostienen, sin embargo, que el hebreo es una síntesis de una obra más larga, en hebreo o arameo, de la que el griego es una traducción. El colofón afirma que la obra fue traducida en Palestina algún tiempo antes del 114 a.C., por un tal Lisímaco, hijo de Tolomeo, que era jerosolimitano.
La oración de Manasés pretende ser la que se menciona en 2 Cr. 33.11–19. En la opinión de la mayoría de los entendidos es una composición judaica, y probablemente fue escrita originalmente en hebreo. Comoquiera que sea, recibe su primera confirmación en la Didascalia siriaca (s. III d.C.), y se encuentra también entre las odas (e. d. himnos del AT y el NT utilizados en el culto cristiano) agregadas a los Salmos en algunos ms(s). de la LXX, tales como el códice alejandrino.
La epístola de Jeremías es un típico ataque helenístico-judaico a la idolatría, bajo la apariencia de una carta de Jeremías a los exiliados en Babilonia. Es similar a la que se menciona en Jer. 29. Se ridiculizan los ídolos; se ponen al descubierto los males y las necedades relacionados con ellos, y a los judíos cautivos se les dice que no deben adorarlos ni temerles. Está escrito en buen griego, pero puede haber tenido un original arameo.
El libro de Baruc es, según se afirma, obra de un amigo y escriba de Jeremías. La obra es breve, pero, según la opinión de la mayoría de los entendidos, se trata de una obra compuesta, que se atribuye diversamente a dos, tres o cuatro autores. Se divide en las siguientes secciones. (a) 1.1–3.8. En el marco del exilio babilónico del 597, se presenta a Baruc dirigiéndose a los exiliados, elaborando una confesión de pecados, una oración de perdón, y una oración pidiendo salvación. (b) 3.9–4.4. Esta sección presenta las alabanzas de la Sabiduría que puede encontrarse en la ley de Moisés, y sin la cual los paganos han fracasado, pero mediante la cual Israel será salva. (c) 4.5–5.9. Lamento de Jerusalén por los exiliados, seguido de una exhortación a Jerusalén para que se consuele, ya que sus hijos han de ser devueltos a su hogar. La primera parte fue claramente escrita en hebreo, y, si bien el griego de las dos secciones posteriores es más idiomático, puede sostenerse con éxito que corresponden a un original hebreo.
Eclesiástico es el nombre que se le da en su forma griega a la Sabiduría de Josué ben-Sirá. Este era un palestino que vivía en Jerusalén, y partes de su obra sobreviven en el hebreo original en ms(s). de la Guenizá de El Cairo. La obra aparece en griego entre los apócrifos en la traducción hecha por su nieto, quien ofrece detalles cronológicos en un prefacio. La fecha más probable para Ben-Sirá mismo es ca. 180 a.C., por cuanto su nieto aparentemente emigró a Egipto en el reinado de Tolomeo VII Evergetes (170–117 a.C.). El autor compuso su obra en dos partes, cap(s). 1–23 y 24–50, con un breve apéndice, cap(s). 51. Como los libros sapienciales, comprende consejos para una vida exitosa concebida en el sentido más amplio; el temor del Señor y la observancia de su ley están aliados en la experiencia y la enseñanza del autor con la “sabiduría” práctica adquirida tomando como base la observación y el cultivo de la misma en su propia vida. La piedad personal se expresa en la observancia de la ley, en la que se revela la Sabiduría; y en el vivir diario la moderación constituye la tónica de todos los aspectos de la vida. El segundo libro concluye con la alabanza de hombres famosos que integran una lista de personas respetables de Israel, la que termina con Simón II, el sumo sacerdote (ca. 200 a.C.), conocido también por la Misná (Aboth 1.2) y por Josefo (Ant. 12. 224). Este libro representa los comienzos del ideal del escriba, como Ben-Sirá mismo, que se convirtió en tipo para los judíos ortodoxos: consagrado a Dios, obediente a la ley, de vida sobria, y que tenía en la más alta estima el conocimiento de la ley. Se convirtió en un libro cristiano favorito, como lo demuestra su título (“El libro de la iglesia”); y aun cuando no fue incluido nunca entre los libros canónicos por los judíos, era tenido en gran estima por ellos, y ocasionalmente los rabinos lo citaban como si fuese parte de las Escrituras. La versión siriaca es de origen judaico y se basa en el texto hebreo.
La sabiduría de Salomón representa quizá el momento culminante de la literatura sapiencial judía. Sus raíces se hunden en la corriente de la literatura sapiencial que encontramos en el AT y en los apócrifos, pero aquí bajo la influencia del pensamiento griego adquiere mayor formalidad y precisión que otros ejemplos de este tipo literario. Se trata de una exhortación a buscar la Sabiduría. Los cap(s). 1–5 declaran las bendiciones que corresponden a los judíos que buscan la Sabiduría; los cap(s). 6–9 expresan alabanzas a la Sabiduría divina objetivada en un ser celestial femenino, que ocupa el primer lugar entre las criaturas y los sirvientes de Dios; los cap(s). 10–19 repasan la historia del AT como ilustración del tema de que en su transcurso la Sabiduría ha ayudado a sus amigos los judíos, y ha obtenido el castigo y la condenación de sus adversarios. Esta obra puede, por lo tanto, interpretarse como una palabra de aliento para que los judíos no abandonasen su fe ancestral, pero no falta tampoco el motivo misionero tan evidente en el judaísmo helenístico. El autor echó mano a fuentes en hebreo, pero parece estar claro que la obra como la conocemos fue compuesta en griego, por cuanto su métrica es griega, hace uso de términos filosóficos griegos, y se vale de la versión griega del AT. La descripción de la Sabiduría, en la que se emplean términos estoicos y platónicos, y las convicciones del autor acerca de la inmortalidad del alma, son los puntos en los que su dependencia del pensamiento griego se evidencian más claramente. En opinión de la mayoría de los entendidos no existen argumentos concluyentes para subdividir la paternidad de este libro, pero puede discernirse la existencia de diversas fuentes. El autor es desconocido, pero lo más probable es que sea de origen alejandrino.
Hay varias obras que se titulan Macabeos; de ellas, dos figuran entre los apócrifos que aparecen en las versiones castellanas católicas. Se trata de los libros históricos 1 y 2 Macabeos. 1 Macabeos comprende acontecimientos que tuvieron lugar entre el 175 y el 134 a.C., e. d. la lucha con Antíoco Epífanes, las guerras de los asmoneos, y el gobierno de Juan Hircano. Termina con un panegírico sobre Juan, y evidentemente fue escrito poco después de su muerte en el 103 a.C. Fue escrito originalmente en hebreo, y está traducido en el estilo literal de partes de la LXX. El propósito de la obra es el de glorificar a la familia de los Macabeos vistos como campeones del judaísmo. 2 Macabeos es una obra de origen diferente; su tema abarca buena parte de la misma historia que el libro anterior, pero no continúa la historia más allá de las campañas y la derrota de Nicanor. Su autor desconocido recibe a veces el nombre de “epitomista”, ya que buena parte de su libro ha sido extractado de la obra de Jasón de Cirene, por lo demás desconocida. Hay una cantidad de discrepancias en cuestiones cronológicas y numéricas entre las dos obras, y se suele otorgarle mayor confianza a 1 Macabeos. Se discute también el valor histórico de las cartas y edictos que aparecen en ambas obras. No obstante, ninguna de las dos obras ha de ser ignorada como fuente histórica. 3 y 4 Macabeos aparecen en una cantidad de ms(s). de la LXX. El primero es un relato de los pogromos y los contrapogromos bajo Tolomeo IV (221–204 a.C.), y se parece al libro de Ester en tono y carácter. 4 Macabeos no es un relato sino una diatriba o tratado sobre la superioridad de la razón sobre las pasiones, ilustrada mediante relatos bíblicos y los relatos de mártires de 2 Mac. 6–7. El autor procura dar realce a la ley, aunque se ve grandemente influido por el estoicismo. (Véase tamb. * Apócrifos del Nuevo Testamento.)
Bibliografía.K. Rahner, Sacramentum mundi, t(t). I, 1972; D. Russell, El período intertestamentario, 1973; A. de Santos Otero, Los evangelios apócrifos, 1956; A. Díez Macho, Apócrifos del Antiguo Testamento, 1982; J. B. Bauer, Los apócrifos neotestamentarios, 1971.
R. H. Charles (eds.), The Apocrypha and Pseudepigrapha of the Old Testament, 1913; id., Religious Development between the Old and New Testaments, 1914; C. C. Torrey, The Apocryphal Literature, 1945; R. H. Pfeiffer, History of New Testament Times with an Introduction to the Apocrypha, 1949; B. M. Metzger, An Introduction to the Apocrypha, 1957.

domingo 11 de enero de 2009

APOCALÍPTICA, LA

Apocalíptica, La



Por Recursos Biblicos
recursosbiblicos@gmail.com

Este término designa tanto un género literario (los apocalipsis cristianos y judíos) como también las ideas características de la literatura correspondiente. Dentro del canon, la literatura apocalíptica está representada especialmente por los libros de *Daniel y *Apocalipsis, pero hay muchos otros apocalipsis tanto de la época intertestamentaria como de la cristiana primitiva.
Ya en los libros proféticos del AT se encuentran pasajes que debemos clasificar como apocalípticos en algunos sentidos por lo menos. La *escatología apocalíptica puede encontrarse especialmente en Is. 24–27; 56–66; Jl.; Zac. 9–14. En estos pasajes se prevé el futuro escatológico en función de una intervención divina directa, el juicio universal de las naciones, y una nueva era de salvación, en la que el cosmos será radicalmente transformado. Esta escatología trascendental es el núcleo central de la doctrina apocalíptica. Es probable que la doctrina apocalíptica de la resurrección de los muertos ya se encuentre tamb. en Is. 26.19, como así también en Dn. 12.2. Las formas literarias del apocalipsis, sin embargo, se anticipan especialmente en las visiones de Ez. y de Zac. 1–6.
El género apocalíptico floreció como literatura diferente de la profética sólo después que cesó la profecía. Su primer gran florecimiento se produjo durante la crisis de la fe judía a mediados del ss. II, bajo Antíoco Epífanes, cuando el género apocalíptico fue adoptado como el vehículo literario del movimiento asídico, que preconizaba el arrepentimiento nacional, la oposición irreductible a la helenización, y una fe escatológica en la inminente intervención de Dios en pro de su pueblo. A partir de entonces, lo apocalíptico probablemente caracterizó a diversos grupos dentro del judaísmo, incluyendo los esenios, los fariseos, los zelotes y los cristianos judíos. (Debe recordarse la diversidad que existe en la literatura apocalíptica toda vez que se intente generalizar sobre ella.) El género apocalíptico floreció especialmente en épocas de crisis nacional, y los últimos grandes apocalipsis escatológicos judíos provienen del período entre la caída de Jerusalén en el 70 d.C. y el fracaso de la revuelta de Barcoquebá.
Los apocalipsis judíos poscanónicos más importantes son: *Enoc, colección de escritos de los cuales los primeros datan quizás del ss. V a.C., y los últimos del ss. I d.C.; el Testamento de Moisés (también llamado Asunción de Moisés), que debe fecharse en ca. 165 a.C., o a principios del ss. I d.C.; 4 Esdras (o 2 Esdras, según la edición), 2 Baruc y el Apocalipsis de Abraham, todos del período 70–140 d.C. Los Orácolos sibilinos judíos contienen material apocalíptico escrito en el estilo de los oráculos paganos de las sibilas. Otras obras, tales como *Jubileos y los Testamentos de los doce patriarcas, contienen pasajes apocalípticos. Además en Qumrán se han encontrado algunos textos apocalípticos nuevos.
Los apocalipsis mencionados son, en su mayor parte, escatológicos en su contenido, y continúan, en cierto sentido, la tradición de la profecía del AT. Revelan (gr. apokalyptoµ) los secretos del plan de Dios para la historia y su retorno triunfal al final de la misma. Pero la literatura apocalíptica también incluye una tradición de apocalíptica cosmológica que revela los misterios del cosmos. Esta tradición se originó en partes de 1 Enoc, en el que Enoc es llevado por los ángeles en viajes por los cielos y la morada de los muertos. En realidad la cosmología adquiere importancia a partir de los apocalipsis helénicos de la era cristiana, tales como 2 Enoc y 3 Baruc, en los que se ha apagado prácticamente la esperanza escatológica. En el resto de este artículo limitaremos nuestra atención a la apocalíptica escatológica.
En términos literarios, la apocalíptica es una forma de literatura sumamente estilizada, con sus propias convenciones en cuanto a simbolismo y terminología, que se nutre continuamente de fuentes veterotestamentarias. Es una literatura de sueños y visiones, a menudo centrada en una visión del trono celestial. La profecía escatológica y puede adoptar la forma de largas pláticas o de imágenes simbólicas, a veces sumamente artificiales, otras muy gráficas y efectivas. Probablemente los escritores de obras apocalípticas nunca pensaron describir el fin en términos literales. Al tratar de describir una salvación futura que trasciende la experiencia histórica ordinaria, parecería que adoptaron algunos símbolos de los mitos cananeos y de la mitología que encontraron en la parte oriental de la diáspora, como también en la Palestina helenística. La literatura apocalíptica a menudo muestra una interacción íntima, pero a la vez crítica, con la cultura internacional de su época.
Si bien la apocalíptica judía a menudo debía sus imágenes y su forma al ambiente no judío, su contenido escatológico provenía de la profecía del AT. En este sentido, la apocalíptica fue heredera de la profecía. Su misión consistía en reafirmar las promesas proféticas para el futuro expresando su pertinencia para la propia generación del escritor. Los escritores apocalípticos no eran profetas ellos mismos. Vivían en una época en la que ya había cesado la profecía, razón por la cual probablemente adoptaron el recurso de la seudonimia, utilizando nombres de santos del AT pertenecientes al período de la revelación profética. No debemos considerar esto como un recurso fraudulento, como si hubieran querido hacer creer que sus obras pertenecían a la época de la profecía, sino que debemos tomarlo más bien como una forma literaria que expresa el papel de los escritores apocalípticos como intérpretes de la revelación recibida en la época profética.
Desde esta perspectiva ubicada imaginariamente en el pasado, los escritores apocalípticos a menudo hacen resúmenes históricos que llegan hasta su propia época, dándoles forma de profecía predictiva. Tampoco esto debe considerarse necesariamente como un intento de engañar, sino que es la forma que tiene el escritor apocalíptico de penetrar el plan divino de la historia y presentar una interpretación de las profecías del pasado, que ahora vuelve a escribir sobre la base de su cumplimiento, para mostrar cómo se han cumplido y lo que todavía queda por cumplirse.
En consecuencia, los escritores apocalípticos son intérpretes de la profecía del AT. Esto no quiere decir que no pretendan ser inspirados, ya que hay buenas razones para pensar que las experiencias visionarias atribuidas al seudónimo a menudo reflejan la experiencia real del escritor apocalíptico. Sin embargo, su inspiración no era tanto fuente de nuevas revelaciones proféticas, sino más bien la interpretación de las revelaciones que ya habían sido dadas a través de los profetas. La autoridad de su mensaje, en consecuencia, derivaba de la de los profetas.
Si se adopta este punto de vista en cuanto a la comprensión que tenían los propios escritores apocalípticos acerca de su función, se verá que ocupan una posición esencialmente intertestamentaria. Interpretan a los profetas para una época en la que ya había cesado la profecía, pero en la que todavía se esperaba su cumplimiento. Su exclusión del canon no es, por lo tanto, un juicio negativo sobre su valor para la evolución intertestamentaria de la religión judía. Por el contrario, al mantener e intensificar la esperanza escatológica cumplieron un papel importante porque tendieron un puente entre los dos testamentos.
La comprensión apocalíptica de la historia y la escatología se fue formando en el contexto de la experiencia posexílica de la historia, en la que Israel permaneció bajo la dominación de potencias gentiles, y cuando las promesas proféticas de una restauración gloriosa todavía no se habían cumplido en su mayor parte. En el extendido período de contradicción entre las promesas de Dios y la realidad de la experiencia histórica de Israel, los escritores apocalípticos trataron de alentar en los fieles la confianza en que Dios no había abandonado a su pueblo y que la salvación prometida llegaría. Con este fin destacaban la soberanía divina en el desenvolvimiento de la Historia: Dios ha predeterminado todo el curso de la historia del mundo, y el fin llegará en el momento que él ha establecido. El poder de los imperios paganos se hace sentir solamente en la medida en que él lo permite. Este punto de vista fuertemente determinista de la historia no se convierte, sin embargo, en un fatalismo que contradice la libertad y la responsabilidad humanas, porque los escritores apocalípticos llaman a sus lectores al arrepentimiento, a la intercesión y la acción ética. Sólo rara vez se aventuran a establecer una fecha para el desenlace final.
La salvación escatológica futura se concibe en términos trascendentes y universales. Es un acontecimiento que trasciende en mucho los grandes acontecimientos pasados de la historia de la salvación. Equivale a una nueva creación, en la que se eliminarán todas las formas del mal y el sufrimiento. Es característico de los escritores apocalípticos creer que aun la muerte será conquistada; esta creencia aparece en la forma de una resurrección corporal y de una inmortalidad espiritual. La era escatológica será el reino de Dios y remplazará para siempre todos los imperios terrenales. Su esperanza en cuanto al destino de los gentiles varía. Los opresores de Israel serán condenados, pero frecuentemente las naciones participarán de la salvación de los justos en Israel, mientras que los apóstatas de Israel serán juzgados. El universalismo de los escritores apocalípticos proviene tanto de la participación posexílica de Israel en la historia de los imperios mundiales, como del profundo conocimiento que tenían del problema universal del mal.
La experiencia negativa de la historia actual, en la que surgieron los escritores apocalípticos, contrastaba con la trascendental salvación futura, dando lugar al dualismo temporal de la apocalíptica: su distinción entre esta era presente y la futura, que seguirá a la nueva creación. Este dualismo no adquirió su forma acabada sino en una etapa posterior. La terminología de ambas épocas aparece en el ss. I d.C. (cuando también se la encuentra en el NT). Nunca llega a ser un dualismo absoluto, porque si bien los poderes malignos han logrado una posición dominante en esta era Dios mantiene su control soberano sobre ellos. Se ve la nueva creación como una renovación de este mundo (aunque el grado de continuidad que se prevé parece variar). El dualismo apocalíptico llega a su máxima rigidez en 2 Buruc y 4 Esdras, en los que se deja ver un pesimismo creciente y una fuerte tendencia a considerar la historia de esta era en términos totalmente negativos. La distancia entre este dualismo escatológico extremo y el dualismo cosmológico del gnosticismo no es muy grande.
Se ha debatido mucho la cuestión de la relación entre la apocalíptica y el NT. Hay pasajes que recuerdan fuertemente los apocalipsis judíos, tanto en forma como en contenido: especialmente Mt. 24; Mr. 13; Lc. 21; 1 Ts. 4.16s; 2 Ts. 2; Ap. Pero aun haciendo abstracción de estos pasajes apocalípticos, resulta claro que Jesús y la iglesia primitiva le debían mucho a la escuela apocalíptica, como lo evidencia su uso de conceptos apocalípticos tales como la resurrección, las dos eras, el Hijo del Hombre, el período de tribulación, el reino de Dios.
Por otra parte, la orientación puramente futurista de la literatura apocalíptica judía se modifica en el NT por la convicción de que ya ha comenzado el cumplimiento escatológico en el hecho histórico de Jesucristo. Los cristianos viven entre el “ya” y el “todavía no”. De esta manera se sustituye la tendencia apocalíptica a valorar negativamente la historia anual por la convicción de que ya está obrando el propósito redentor de Dios dentro de la historia de la era presente.
Más aun la apocalíptica neotestamentaria es cristocéntrica. Ya se ha producido el acto decisivo de salvación escatológica divina en la historia de Jesús quien, por lo tanto, constituye también el centro de la esperanza futura de los cristianos. Para los escritores del NT, la apocalíptica se convierte en el medio para declarar la significación de Jesucristo para el destino del mundo.
Un aspecto del cumplimiento escatológico es la reanudación de la profecía, de manera que la apocalíptica neotestamentaria constituye una especie de nueva revelación profética. Abandonó su carácter seudónimo, como también su ubicación imaginaria en el pasado; el profeta Juan, por ejemplo, escribe bajo su propio nombre (Ap. 1.1) y abandona la convención de escribir para un futuro distante (22.10).
Bibliografía. K. Rahner, Sacramentum mundi, t(t). I, 1972; M. Delcor, Mito y tradición en la literatura apocalíptica, 1977; L. Morris, El Apocalipsis, 1977, pp. 15–46; R. Summers, Digno es el Cordero, 1954, pp. 21–134.
G. R. Beasley-Murray, Jesus and the Future, 1954; P. D. Hanson, The Dawn of Apocalyptic, 1976; M. Hengel, Judaism and Hellenism, 1974; K. Koch, The Rediscovery of Apocalyptic, 1970; L. Morris, Apocalyptic, 1973; H. H. Rowley, The Relevance of Apocalyptic, 1944; R. J. Bauckham, Them 3.2, enero de 1978, pp. 10–23; D. Russell, The Method and Message of Jewish Apocalyptic, 1964.

sábado 10 de enero de 2009

APOCALIPSIS, LIBRO DEL

Apocalipsis, Libro Del



Por Recursos Biblicos
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Para la mayor parte de los cristianos, el último libro de la Biblia es uno de los menos leídos y más difíciles. Algunos pasajes del mismo son muy conocidos y apreciados (p. ej. 7.9–17); pero en general los lectores modernos lo encuentran ininteligible. Esto se debe en gran parte a que abunda en simbolismos de un tipo que no se emplea actualmente, y cuya clave ya no poseemos. Y sin embargo, este tipo de imágenes era fácilmente comprensible para la gente de la época. Esto explica en parte nuestras dificultades. El autor podía suponer que sus lectores detectarían las alusiones, y en consecuencia no se sentía obligado a ofrecer explicaciones.
Este libro pertenece a la literatura llamada *apocalíptica. Es el único libro de este tipo en el NT, aunque hay pasajes apocalípticos en otros libros (p. ej, Mt. 24), y las visiones de Daniel en el AT pertenecen a la misma clase. Es característica de la literatura apocalíptica la noción de que Dios es soberano, y que finalmente intervendrá de manera catastrófica para hacer prevalecer su voluntad buena y perfecta. A él se oponen las poderosas y variadas fuerzas del mal, las que usualmente se representan simbólicamente como bestias, cuernos, etc. Hay visiones; los ángeles hablan; hay choques entre fuerzas portentosas; y finalmente los santos que han sido perseguidos son reivindicados. Buena parte de todo esto es convencional (razón por la cual los primeros lectores del Apocalipsis lo entenderían tan fácilmente), pero en manos de muchos entusiastas se convirtió en fuente de fantasías exageradas y grotescas. La apocalíptica bíblica es mucho más moderada.
Otra diferencia entre el Apocalipsis y la literatura apocalíptica común es que en el primero se da el nombre del autor, mientras que los escritos apocalípticos generalmente se firmaban con seudónimos. Sus escritores adoptaban los nombres de los grandes de la historia y les asignaban sus escritos. Para el propósito que nos ocupa, es importante tener en cuenta que en este libro el Espíritu Santo ha hecho uso de una forma literaria reconocida, pero que el libro mismo no es simplemente una obra apocalíptica convencional, sino que tiene características propias y es una profecía genuina, como lo indican los primeros tres versículos.
I. Bosquejo del contenido
Comienza con una visión del Señor resucitado, que envía mensajes a siete iglesias: las de Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia, y Laodicea, un grupo de ciudades en la provincia romana de Asia (1.1–3.22). Estos mensajes reprenden a las iglesias por aquello en que han fallado, y las anima a seguir en la senda del servicio cristiano. Luego vienen las visiones de Dios y del Cordero (4.1–5.14), después de lo cual leemos acerca de los siete sellos. Con cada sello que se abre se registra una visión (6.1–17; 8.1). Esto nos lleva a las siete trompetas, con una visión cada vez que se hace sonar una de ellas (8.2–9.21; 11.15–19). Entre el sexto y el séptimo sellos hay un interludio (7.1–17), y otro entre la sexta y la séptima trompeta (10.1–11.14). Juan narra a continuación diversos portentos que se producen en el cielo, una mujer que da a luz un hijo varón, contra quienes está Satanás (12.1–17), bestias que se erigen como adversarios de Dios (13.1–18), el Cordero en el mte. Sión y sus seguidores (14.1–20). Luego se relatan nuevamente las últimas siete plagas. Juan ve siete ángeles con copas, y a medida que cada uno de ellos vierte su copa sobre la tierra se desencadena una de las plagas (15.1–16.21). Seguidamente recaen nuevos juicios sobre la mujer vestida de púrpura y sobre Babilonia (17.1–19.21), el libro concluye con visiones del milenio, y de los nuevos cielos y la nueva tierra (20.1–22.21).
No es posible decir con certeza qué proporción del libro es repetición de otras secciones. La repetición del número siete indica bastante claramente que por lo menos algunas de las series se describen en más de una forma. Lo cierto es que este libro prevé una terrible oposición a Dios y a su pueblo, pero que finalmente Dios triunfará sobre el mal en todas sus formas.
II. Paternidad y fecha
Nos dice el autor que su nombre es Juan, y se describe a sí mismo como “siervo” de Dios (Ap. 1.1), como uno de los “profetas” (Ap. 22.9) y como “vuestro hermano” (Ap. 1.9). La tradición afirma que se trata de Juan el apóstol, y que además es el autor del cuarto evangelio y de las tres epístolas joaninas. El parecer de que el apóstol Juan es el autor se remonta a Justino Mártir (ca. 140 d.C.), opinión que apoyaron Ireneo y muchos otros. La principal objeción radica en el estilo del Apocalipsis. En muchos aspectos el gr. es diferente al de los otros escritos de Juan. Es tan fuera de lo común, y a veces muestra tan poco respeto por las reglas de la gramática gr., que se piensa que no puede provenir de la misma pluma que escribió el evangelio y las epístolas. (Charles dice que es un tipo de “griego diferente del que jamás haya usado mortal alguno”). El problema es demasiado intrincado para entrar en un análisis completo aquí. Bastará decir que, si bien la mayor parte de los eruditos actuales niega su origen apostólico, algunos consideran que los cinco escritos joaninos proceden de un mismo autor, y que ese autor es el apóstol Juan (p. ej. E. Stauffer).
Resulta obvio que el Apocalipsis fue escrito en una época en que la iglesia estaba pasando por un período de persecución y de dificultades. Entre las épocas probables de su composición, los dos períodos más importantes en que hubo problemas como los mencionados fueron los reinados de Nerón y de Domiciano. El principal argumento en apoyo de la primera hipótesis es Ap. 17.9s: “Esto, para la mente que tenga sabiduría: Las siete cabezas son siete montes, sobre los cuales se sienta la mujer, y son siete reyes. Cinco de ellos han caído; uno es, y el otro aún no ha venido. “Si este pasaje se refiere a los emperadores romanos, en ese caso Nerón fue el quinto, y esta obra habría sido compuesta poco después de su reinado. Este punto de vista se ve reforzado por la profecía de que “La bestia que era, y no es, es también el octavo; y es de entre los siete” (Ap. 17.11). Aparentemente esto se referiría al mito del “Nerón redivivo”, la idea de que Nerón, que ya había muerto, aparecería una vez más sobre la tierra. Se aduce que hay apoyo para esta teoría en Ap. 13.18, que da como “número de la bestia” el 666. En el ss. I los números se escribían, no con los símbolos tan prácticos que actualmente usamos, sino con letras del alfabeto. Cada letra, por lo tanto, tenía un valor numérico. Tomando los valores numéricos de las letras que forman las palabras “Nerón César” en heb. obtendremos 666. Pero es difícil comprender por qué tenía que ser en heb. (cuando el libro fue escrito en gr.); además, para lograr el resultado deseado es necesario adoptar una variante ortográfica.
La fecha posterior está apoyada por cierto número de autores antiguos, tales como Ireneo y Eusebio, que afirman categóricamente que el Apocalipsis se escribió en la época de Domiciano. Apoyan este punto de vista ciertas indicaciones de tipo general dentro del libro, aunque no hay alusiones específicas a acontecimientos identificables. Por e]emplo, habla de ciertos grupos de cristianos satisfechos de sí mismos, cuya espiritualidad iba declinando. En el reinado de Nerón la iglesia todavía era muy joven y vigorosa. En la época de Domiciano es mucho más posible que estuviera evolucionando y comenzando a degenerar. Actualmente la mayor parte de los eruditos concuerda en que es preferible adoptar la fecha posterior.
III. Interpretación
¿Cómo hemos de interpretar todo esto? En la iglesia cristiana han surgido cuatro maneras de considerar la obra.
a. La teoría preterista
Según esta teoría, el Apocalipsis describe hechos pasados. Ella considera que las visiones surgen de las condiciones reinantes en el imperio romano en el ss. I d.C. El vidente estaba aterrado ante las posibilidades para el accionar del mal en el imperio romano, y uso imágenes simbólicas para protestar contra este estado de cosas y registrar su convicción de que Dios intervendría para imponer su voluntad. En general, los eruditos liberales apoyan este punto de vista. Les permite entender la obra sin dar demasiado lugar a la profecía predictiva, y al mismo tiempo ver en el Apocalipsis una reafirmación, sumamente necesaria, de la doctrina del gobierno moral de Dios en el mundo. Esta teoría ubica el libro en las circunstancias que prevalecían en la época del propio autor, lo que indudablemente está bien. Pero pierde de vista el hecho de que el libro mismo se autodenomina “profecía” (Ap. 1.3), y que algunas de sus predicciones, al menos, se refieren a lo que todavía pertenece al futuro (p. ej. cap(s). 21–22).
b. La teoría historicista
Según esta teoría, en el libro se presenta, en un solo movimiento imponente y grandioso, una visión panorámica de la historia, desde el ss. I hasta la segunda venida de Cristo. Se menciona la propia época del autor, como tamb. la época del fin, pero en ninguna de sus partes hay indicación de que esta visión se haya interrumpido. Por lo tanto, los que siguen esta teoría afirman que debe considerarse que el libro nos ofrece una historia continua de todo el período mencionado. La mayor parte de los reformadores adoptó este criterio, e identificó la Roma papal con la bestia. Pero las dificultades parecen insuperables, y es significativo que al mismo tiempo que sostienen firmemente que aquí tenemos representada toda la historia, los historicistas no se han podido poner de acuerdo con respecto a los episodios precisos de la historia que están simbolizados en las diferentes visiones. Después de 1.900 años, por lo menos los rasgos principales deberían haber surgido con claridad. También resulta difícil comprender por qué este bosquejo de la historia ha de quedar limitado a Europa occidental, especialmente si se tiene en cuenta que, por lo menos en los días de la iglesia primitiva, la expansión del cristianismo se produjo en oriente.
c. La teoría futarista
Según esta teoría, a partir del cap(s). 4 el Apocalipsis se ocupa de los acontecimientos que se producirán al final de los tiempos. No se relaciona con la época en que vivió el profeta, ni con acontecimientos históricos posteriores, sino con lo que ocurrirá en la segunda venida de Cristo. Este enfoque toma en serio el elemento predictivo del libro (Ap. 1.19; 4.1). Tiene a su favor el hecho de que indudablemente el Apocalipsis nos lleva al establecimiento final del gobierno de Dios, de modo que parte de su contenido debe referirse a los días finales. La objeción principal es que este punto de vista tiende a separar completamente el libro de su fondo histórico. No resulta fácil ver qué significado podría haber tenido para sus primeros lectores si es esta la forma en que debemos entenderlo.
d. La teoría idealista o poética
Este enfoque insiste en que el objeto principal del libro es alentar a los cristianos que sufren persecución para que perseveren hasta el final. Para este fin el autor ha empleado lenguaje simbólico que debemos tomar solamente como una serie de descripciones imaginarias del triunfo de Dios. Se puede relacionar este punto de vista con otros; por. ejemplo, a menudo se lo encuentra en combinación con concepciones preteristas. La dificultad consiste en que el autor asegura estar profetizando sobre los días postreros.
Ninguna de estas teorías ha resultado completamente satisfactoria, y es probable que un enfoque adecuado deba combinar elementos de más de uno de ellos. El mayor mérito de las teorías preteristas es que le dan significado al libro para los hombres de la época en que fue escrito; y aunque sostengamos otras cosas acerca de esta obra no debemos perder este punto de vista. Las orientaciones historicistas, en forma similar, sostienen que el Apocalipsis arroja luz sobre la marcha de la iglesia a través de toda su historia, lo cual no se debe perder de vista. Las teorías futuristas asignan la mayor seriedad a lo que el libro afirma sobre los últimos tiempos. No cabe duda de que este libro realza el triunfo final de Dios y los acontecimientos relacionados con el mismo. Tampoco podemos abandonar el punto de vista idealista, ya que el Apocalipsis nos presenta un conmovedor desafío a vivir para Dios cuando la oposición es grande. Más aun, el cristiano siempre debe recibir con beneplácito la afirmación de que el triunfo de Dios es seguro.
Bibliografía. °L Morris, El Apocalipsis, 1977; °G. E. Ladd, El Apocalipsis de Juan, 1978; L. Schick, El Apocalipsis, 1974; S. Birngruber, Apocalipsis de san Juan, 1966; A. Wikenhauser, El Apocalipsis de san Juan, 1969; L. Cerfaux, El Apocalipsis de san Juan leído a los cristianos, 1972; D. Barsotti, El Apocalipsis, una respuesta del tiempo, 1967; R. Summer, Digno es el Cordero; W. Hendriksen, Hacemos más que vencer; una interpretación del Apocalipsis, 1965.
Comentarios por H. B. Swete, 1906; R. H. Charles, ICC, 1920; M. Kiddle, MNTC, 1940; A. Farrer, 1964; L. Morris, TNTC, 1969; G. E. Ladd, 1972; G. R. Beasley-Murray, 1974; N. B. Stonehouse, The Apocalypse in the Ancient Church, 1929; W. M. Ramsay, Letters to the Seven Churches in Asia, 1909; W. Hendriksen, More than Conquerors, 1962; M. Wilcock, I saw heaven opened, 1975; M. C. Tenney, Interpreting Revelation, 1957; D. T. Niles, As Seeing the Invisible, 1962. La literatura es sumamente extensa; la mayoría de los libros incluidos aquí contienen bibliografías extensas.

viernes 9 de enero de 2009

APELACIÓN A CÉSAR

Apelación a César



Por Recursos Biblicos
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Cuando *Festo sucedió a *Félix como procurador romano de Judea en el año 59 d.C. (Hch. 24.27) y reabrió la causa de Pablo, que Félix había dejado inconclusa, Pablo comprendió a poco que la inexperiencia del nuevo gobernador podría ser aprovechada por el sumo sacerdote en perjuicio suyo. Por consiguiente, se valió de su privilegio como ciudadano romano y “apeló a César”, e. d. apeló para que su causa fuese transferida de la corte provincial al tribunal supremo en Roma (Hch. 25.10s).
El derecho del ciudadano a apelar (prouocatio) al emperador parece haberse originado en el primitivo derecho de apelar, en los tiempos de la república, al pueblo soberano de Roma. Según Dión Casio (Hist. 51. 19), en el año 30 a.C. se le otorgó a Octavio el derecho a juzgar en casos de apelación. Fue en este período, también, que se promulgó la lex Iulia de ui publica (ley juliana sobre el uso público de la fuerza) que prohibía a cualquier magistrado investido con imperium o potestas matar, azotar, encadenar, o torturar a un ciudadano romano, o sentenciarlo aduersus prouocationem (‘ante una apelación’) o impedirle ir a Roma a presentar allí su apelación dentro de un plazo establecido. A. H. M. Jones (Studies in Roman Government and Law, 1960, pp. 96) llegó a la conclusión de que, a partir de la fecha de dicha promulgación, el ciudadano romano, en cualquier parte del imperio, estaba protegido contra los castigos sumarios por los magistrados (coercitio), aunque el magistrado provincial podía resolver cuando se trataba de la violación evidente de cualquier ley oficialmente promulgada (lo cual en el caso de Pablo evidentemente no correspondía). Ya para los comienzos del ss. II d.C. evidentemente se hizo práctica normal que los ciudadanos romanos en las provincias, acusados de ofensas extra ordinem (no incluidas en el código ordinario de procedimientos) fuesen enviados a Roma en forma casi automática, sin tener que cumplir la formalidad de apelar a César. En este, como en muchos otros aspectos, la descripción de las prácticas romanas que ofrece el libro de los Hechos concuerda con la fecha dramática de dicho libro; el caso de la apelación de Pablo concuerda con lo que se conoce de las condiciones reinantes hacia fines de la década del 50 en el ss. I de la era cristiana, y el relato de Lucas constituye una contribución importante a las pruebas disponibles.
Fue con algo de alivio que Festo escuchó la apelación de Pablo a César: con esto él mismo se vería librado de la responsabilidad de juzgar en un caso que a todas luces sabía que estaba más allá de su capacidad de decisión. Sin embargo, tenía un requisito más que cumplir: debía enviar a Roma, juntamente con el acusado, una declaración explicatoria (litterae dimissoriae) reseñando la naturaleza del caso y su trayectoria hasta la fecha. Para la preparación de esta declaración pudo contar con la oportuna colaboración de alguien a quien se consideraba experto en asuntos religiosos judíos, Agripa el menor, quien llegó a Cesarea alrededor de esta fecha con su hermana Berenice para saludar al nuevo representante del emperador.
Después del habitual intercambio de cumplidos, Festo hizo conocer a Agripa su problema. Las acusaciones contra Pablo, dijo, parecían girar en torno a “un cierto Jesús, ya muerto, el que Pablo afirmaba estar vivo” (Hch, 25.19). Agripa evidenció interés en el caso de inmediato, y expresó su deseo de conocer a Pablo. Festo concertó una entrevista sin demora. Después de escuchar a Pablo, Agripa estuvo de acuerdo con Festo en que no se justificaba condenarlo por ninguna de las serias acusaciones presentadas en su contra. En verdad, dijo el rey, Pablo podía haber sido absuelto en el acto si no hubiera apelado a César, pero si a esa altura Festo resolvía dictaminar en el caso y dejarlo en libertad, hubiera incurrido en ultra vires (Hch. 26.30–32). Pero presumiblemente el rey Agripa colaboró con Festo en la redacción del documento de litterae dimissoriae.
Pablo no apeló a César mientras Félix era gobernador, probablemente porque este último había virtualmente decidido que era inocente y simplemente estaba postergando su formal absolución y liberación. Algún día (seguramente pensaba Pablo) la dilación de Félix llegaría a su fin, en cuyo caso sería puesto en libertad y así podría dar cumplimiento al plan largamente acariciado de viajar a Roma y a occidente. Pero con la partida de Félix y su reemplazo por Festo, comenzaba a gestarse para Pablo una nueva y peligrosa situación; y por ello su decisión de apelar.
El motivo principal en esta apelación a César no era la seguridad de su propia persona, sino la causa del evangelio. Siete u ocho años antes había experimentado la benévola neutralidad de la ley romana en la tácita decisión de *Galión, procónsul de Acaya, en el sentido de que no había nada ilegal en su predicación (Hch. 18.12–16). Con toda razón podía esperar un pronunciamiento igualmente favorable de parte de la corte suprema en Roma. Y no sólo esto: aun un hombre de menor inteligencia que Pablo comprendería que las consideraciones que impulsaron a Galión no prevalecerían por mucho tiempo más. Galión había declarado, en efecto, que lo que Pablo predicaba era un tipo distinto de judaísmo, y, por lo tanto, no vedado por las leyes romanas. Pero gracias, en gran medida, a las actividades de Pablo mismo, muy pronto sería imposible considerar el cristianismo meramente como un tipo diferente de judaísmo, ya que en ese momento era manifiestamente más gentil que judaico. Ser atendido favorablemente por el emperador en Roma podría dar como resultado el reconocimiento del cristianismo, si no como el verdadero cumplimiento de la religión ancestral de Israel (de lo cual Pablo estaba convencido), por lo menos como una asociación permitida (collegium licitum, o grupo de collegia licita) por derecho propio. Más aun, si César en persona escuchaba la defensa de Pablo, ¿quién sabe cuál podía ser el resultado? Agripa el menor había rehusado muy cortésmente admitir la lógica del argumento de Pablo, pero los gentiles se habían mostrado en general más favorables al evangelio que los judíos, y un emperador romano quizás pudiera ser ganado más fácilmente que un rey-títere judío. Sería inoportuno pretender ponerle límites a las grandes esperanzas de Pablo en este sentido, por más impracticables que pudieran parecernos retrospectivamente.
Pero el hecho de que Pablo había apelado a César no significaba necesariamente que este se ocuparía del caso personalmente. Según Tácito (Anales 13. 4. 2), Nerón anunció al comienzo de su principado que no juzgaría ninguna causa in propria persona, como había hecho su predecesor Claudio; y, en efecto, durante sus primeros ocho años, generalmente las delegó a otros. De manera que “si Pablo fue sometido a juicio en algún momento posterior al período de dos años mencionado en Hch. 28.30, es probable que su causa haya sido oída por otra persona y no por el emperador” (A. N. Sherwin-White, Roman Society and Roman Law in the New Testament, 1963, pp. 366). Esta “otra persona” puede haber sido el prefecto de la guardia pretoriana, “representando al emperador en su capacidad de fuente de justicia, juntamente con los asesores y altos funcionarios de la corte” (W. M Ramsay, SPT, pp. 357). Pero sobre este punto no tenemos ninguna información.
Tampoco tenemos información alguna respecto al resultado de la apelación: sobre si Pablo fue oído y condenado, u oído y absuelto. Ni siquiera sabemos si su apelación llegó a ser oída en algún momento. La prolongación de su estada en Roma por dos años enteros pudo haberse debido a la acumulación de casos en los tribunales, tanto como a cualquier otro motivo; y si realmente fue absuelto sin tener que presentarse a juicio, esto probablemente hubiera sido resultado de un acto de imperium de parte de César. “Quizás Pablo se haya beneficiado con la clemencia de Nerón, obteniendo su libertad mediante un trámite de rutina. Pero no es necesario suponer que el libro de Hechos haya querido significar que en realidad fue liberado” (A. N. Sherwin-White, op. cit., pp. 109). Según el relato de la visión nocturna que tuvo Pablo en alta mar, en la cual recibió la seguridad de que comparecería ante César (Hch. 27.23s), Lucas probablemente quiera decir que la apelación de Pablo fue finalmente oída, cualquiera haya sido el resultado.
Bibliografía.H. J. Cadbury, “Roman Law and the Trial of Paul”, BC 5, pp. 297ff ; A. H. M. Jones, Studies in Roman Government and Law, 1960; T. Mommsen, Römisches Strafrecht, 1899; A. N. Sherwin-White, Roman Society and Roman Law in the New Testament, 1963; id., The Roman Citizenship², 1973.

jueves 8 de enero de 2009

AÑO SABÁTICO

Año Sabático

Año Sabático



Por Recursos Biblicos
recursosbiblicos@gmail.com

Este término se refiere a la provisión que se hizo con respecto a la tierra. En Lv. 25.2 se lee: wƒsûaµb_ƒt_aÆh aµCada cincuenta años los años sabáticos llegaban a un punto culminante. Se trataba del jubileo (heb. yoÆbeµl, ‘carnero’, de donde se derivó “bocina” [cuerno de carnero], por medio del cual se anunciaba el año sabático). Se hacían cumplir las sanciones del año sabático. Además, la propiedad volvía a sus propietarios originales, se perdonaban las deudas, y se liberaba a los hebreos que se hubieran convertido en esclavos por deudas. Era una época de acción de gracias, y ocasión para ejercitar la fe de que Dios proveería alimentos (Lv. 25.8, etc.).
La importancia del descanso para la tierra cada siete años no radica simplemente en los principios de la química del suelo. Ni tampoco sigue el modelo cananeo de un ciclo de siete años sin cosecha seguido por siete años de abundancia. En el texto se deja la tierra sin labrar por un año. (Véase C. H. Gordon, Ugaritic Literature, 1949, pp. 5s). La razón se encuentra en la declaración de que el séptimo año de reposo es un descanso tanto para la tierra como para el Señor (Lv. 25.2, 4). Evidentemente hay aquí una relación con la institución del *sábado o día de reposo que se basa en la actividad creadora de Dios. Podemos ver otros elementos relacionados con esta declaración, a saber, que el hombre no es el único dueño de la tierra y que no tiene la posesión a perpetuidad, sino que la administra para Dios (Lv. 25.23). El israelita también debía recordar que nada tenía por derecho inherente, porque había sido esclavo en Egipto (Dt. 15.15). La generosidad estaba motivada en la gratitud.
Bibliografía.R. de Vaux, Instituciones del Antiguo Testamento, 1985, pp. 244–246; M. García Cordero, “Levítico”, Biblia comentada, 1967, t(t). I, pp. 744–745.

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