lunes 19 de enero de 2009

ARABIA

Arabia


Por Recursos Biblicos
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I. En el Antiguo Testamento
a. Geografía
La estructura de la península arábiga está formada por una masa de antigua roca cristalina de la que sale una cadena de montañas al O, y se eleva a más de 3.000 m en algunos lugares, con una serie de estratos de formación más nueva con elevación hacia su lado E. En las montañas del O, y particularmente en el ángulo SO de la península, donde el total anual de lluvias excede los 500 mm en partes, es posible la vida sedentaria basada en la irrigación. Fue en esta zona, la moderna República Árabe del Yemen y la República Democrática Popular del Yemen, que florecieron los antiguos reinos del S de Arabia. Las capitales de tres de estos reinos, Qarnawu (de Maín), Marib (de Sabá) y Timna (de Qatabán), estaban situadas sobre las laderas orientales de la cadena de montañas, sobre cursos de agua que corrían hacia el E, mientras que Sabva, la capital de Hadramaut, se hallaba más hacia el SE, sobre un curso de agua que corría hacia el NO, sobre la meseta de Hadramaut. Una zona de precipitación pluvial de 100–250 mm se extiende hacia el N a lo largo de las montañas occidentales, y hacia el E a lo largo de la costa, donde también es posible la vida sedentaria. En todo el resto de la península la cantidad de lluvia anual es casi nula y la vida depende de los oasis y los pozos.
Entre las escarpas que forman los inclinados estratos y la costa oriental la pendiente escarpada de la parte más elevada ofrece zonas planas que van de la estepa al desierto de arena. Las zonas desérticas que existen en esta región y entre las escarpas centrales se ensanchan en el S hasta formar el árido desierto de arena de al-Rub al-Hali (“la zona vacía”), y en el N hacia el desierto más pequeño de al-Nafud. En varios puntos a lo largo del pie de las escarpas hay manantiales que forman oasis, y en consecuencia pasan rutas comerciales. Aparte de las zonas de desiertos arenosos y rocosos, el terreno de la península es en buena parte estepario, y los pastos crecen por la influencia de las esporádicas lluvias anuales, lo cual permite el establecimiento de una pequeña población nómada (* Nómadas), particularmente en la zona N entre Siria y Mesopotamia. Donde esta zona empieza a descender hacia las regiones habitadas de Siria florecieron metrópolis como Petra, Palmira y Damasco.
b. Exploración
La primera exploración importante en la península arábiga la llevó a cabo el orientalista danés Carsten Niebuhr, que visitó el Yemen en 1763. En el N J. L. Burckhardt volvió a descubrir Petra en 1812, pero el interés se volvió hacia el S cuando J. R. Wellsted publicó en 1837 las primeras inscripciones del S de Arabia que se vieran en Europa, acontecimiento que llevó a su desciframiento en 1841 por W. Gesenius y E. Rödiger. A estas inscripciones se las llamó “himiaríticas”, por el nombre del reino que dominó todo el SO de la península en los últimos siglos a.C., y que, por lo tanto, historiadores posteriores consideraron como la fuente de las inscripciones, aunque en realidad provenían de reinos anteriores. Actualmente se conocen varios miles de esas inscripciones, principalmente gracias a las exploraciones de J. Halévy y E. Glaser en la segunda mitad del siglo pasado, pero también por numerosos exploradores individuales, y recientemente por las investigaciones de la American Foundation for the Study of Man en Adén y el Yemen. Las excavaciones en el S de Arabia han sido pocas. En 1928 C. Rathjens y H. vv. Wissmann excavaron en Hugga cerca de Saná en el Yemen, y en 1937–8 la señorita G. Caton Thompson desenterró un templo del dios luna (syn) en Hureida en el Hadramaut. Después de la Segunda Guerra Mundial la American Foundation for the Study of Man realizó excavaciones en Timna y lugares aledaños (1950–51), en Marib, donde se desenterró el templo del dios lunar sabeo Se han hecho numerosas exploraciones en otras partes de Arabia, de las cuales se destacan las del orientalista checo A. Musil, que viajó extensamente por el centro y el N de Arabia (1909–14), las de N. Glueck, que hizo estudios arqueológicos exhaustivos en la Transjordania y el Sinaí (1932–71), y las de G. Ryckmans y H. St J. Philby, que coleccionaron varios miles de inscripciones ár. de Arabia Saudita en 1951–52, aun sin mencionar los viajes en menor escala de hombres como Burton, Hurgronje, Doughty, Rutter y Thomas. Entre las inscripciones importantes del N se encuentra la piedra de Taima, que lleva una inscripción arm. de alrededor del ss. V a.C., conseguida por Huber en 1883 (* Tema).
c. Historia y civilización
Aparte de los *nómadas de las estepas de Arabia, cuya vida se va sucediendo con pocos cambios a pesar de los milenios, las principales zonas de civilización histórica se encuentran en el ángulo SO de la península, y en la zona hacia el N en que las estepas se unen con las regiones pobladas de Siria.
En el 2º milenio a.C. llegaron diversas tribus de lengua semítica procedentes del N a la región del Yemen moderno y Adén occidental, y formaron las colonias que posteriormente se convertirían en los reinos de Sabá (* Sabá, 7), Maín (* Mineos), Qatabán y Hadramaut (Hazar-mavet, Gn. 10.26). La causa principal de su prosperidad fue su posición intermedia en las rutas mercantiles entre las tierras del incienso en la costa S y Etiopía (* Hierbas, Incienso), hasta las civilizaciones en el N. El primer reino que surgió fue Sabá, como lo revela la aparición en el ss. VIII de inscripciones nativas que indican la existencia de una sociedad bien organizada bajo un gobernante (mkrb) que evidentemente combinaba ciertas funciones sacerdotales con las de gobierno. Su prosperidad se infiere del hecho de que pagó tributo a Sargón y a Senaquerib. Alrededor del 400 a.C. alcanzó prominencia el reino vecino de Maín que socavó bastante la autoridad sabea. En el ss. IV se fundó la monarquía en Qatabán, y en los últimos veinticinco años del 1º milenio el dominio de Sabá, Maín, Qatabán, y Hadramaut fluctuó según los cambios de la fortuna, hasta que la región quedó bajo el control de los himiaritas. En su época culminante los reinos del S de Arabia tuvieron colonias que llegaban hasta el N de Arabia, y se han encontrado en el golfo Pérsico y en la Mesopotamia (Ur, Uruk) inscripciones en sus respectivos caracteres. Los alfabetos de las inscripciones tamúdicas, lihianitas y safaíticas también muestran su influencia en el N, y la lengua y la escritura etíopes ofrecen indicios similares del Africa.
En el N la historia se resuelve en torno a los contactos de los nómadas con las civilizaciones sedentarias de Mesopotamia y Siria. En la Transjordania es evidente el proceso de infiltración y asentamiento, aunque en algunos períodos fue escaso. En la primera parte de la edad del bronce media hubo colonias en toda la Transjordania (* Abraham), pero a esto siguió un período en que no hubo ninguna, ca. 1900–1300 a.C., hasta que nuevamente aumentó la colonización en el ss. XIII. La palabra “árabe” empezó a aparecer en las inscripciones contemporáneas en los anales de Salmanasar-III, cuando un tal Gindibu ([m]gin- in-di-bu-' [maÆt]ar-ba-a-a; estela de Kuja 2.94) luchó contra él en Carcar (853 a.C.), y posteriormente aparecen frecuentemente en las inscripciones asirias como nómadas incursionadores que se trasladaban en camellos, y así aparecen en los bajorrelieves de Asurbanipal en Nínive (* Camello). Uno de los episodios poco usuales en la historia de la Mesopotamia fue la permanencia de Nabonido, rey de Babilonia (556–539 a.C.) en Taima (* Tema) en el N. Se quedó allí diez años mientras su hijo Bel-sar-usur (* Belsasar) gobernó por él en Babilonia.
En la última parte del ss. IV a.C. comenzó a surgir el reino árabe de habla aramea de los * nabateos, con su capital en Petra, y floreció como estado comercial desde el ss. II hasta ya entrado el período romano. Más al S, en el mismo período, los árabes que se establecieron en una antigua colonia minea formaron el reino lihianita de * Dedán. En el ss. I a.C. otro estado árabe, que adoptó el arameo como idioma oficial, comenzó a ganar prominencia en Palmira (* Tadmor), y en la era cristiana eclipsó en buena medida a Petra como estado mercantil, convirtiéndose en serio rival de Roma.
d. Referencias bíblicas
Arabia no figura frecuentemente con este nombre en la Biblia, ya que generalmente sus habitantes fueron conocidos por los nombres políticos o tribales de los grupos menores a que pertenecían. La tabla de las *naciones en Gn. 10 enumera una cantidad de pueblos del S de Arabia como descendientes de *Joctán y de *Cus. Aparecen también los nombres de una cantidad de tribus, principalmente del N de Arabia, como descendientes de Abraham a través de *Cetura y *Agar (Gn. 25). También entre los descendientes de Esaú (Gn. 36) se menciona una cantidad de pueblos árabes. En la época de Jacob dos grupos de descendientes de Abraham, los ismaelitas (* Ismael) y los *Madianitas aparecen como mercaderes que viajan en caravanas (Gn. 37.25–36; * Nómadas). Es en la época de Salomón, sin embargo, en la que adquieren prominencia en el AT los contactos con Arabia, principalmente como consecuencia de sus extensas relaciones comerciales, particularmente desde su puerto de Ezióngeber en el mar Rojo. Esto recibe realce con la famosa visita de la reina de *Sabá (1 R. 9.26–28; 10), y más cerca de su tierra por el tributo que recibió de los malƒk_eÆ >‡rab_ (2 Cr. 9.14), que se traduce “reyes de Arabia”. El nombre >‡raµb_, >‡raµb_éÆ al parecer significaba originalmente “desierto” o “estepa” y por extensión “habitante de las estepas”, y, en consecuencia, en el contexto bíblico, se refería principalmente a los pueblos que ocupaban las zonas semidesérticas al E y S de Palestina (* Oriente, Hijos del). Sin embargo, no es posible afirmar que siempre se haya tomado el término “árabe” como nombre propio o como sustantivo colectivo, “habitante de las estepas”. El asunto se complica aun más por el hecho de existir una raíz etimológicamente distintiva >rb, ‘entremezclar(se)’, una de cuyas formas se vocaliza >eµreb_, lo que en algunos contextos se toma como “multitud mixta”. Más aun, esta es la forma que aparece en 1 R. 10.15, el pasaje paralelo a 2 Cr. 9.14, y la distinción depende exclusivamente de la vocalización masorética. Cada uso de la palabra debe juzgarse, por lo tanto, por el contexto, y no por su forma, y en este caso no hay razón para que no se la tome como “Arabia”, o quizás mejor, “árabes”.
En el ss. IX, Josafat de Judá recibió tributo de los >‡raµb_éÆ (2 Cr. 17.11), pero su sucesor Joram fue víctima de una incursión en la que los >‡raµb_éÆ se llevaron a sus mujeres e hijos (2 Cr. 21.16–17), y solamente quedó Ocozías, el menor (2 Cr. 22.1). En el ss. VIII Uzías cambió la situación y recuperó el dominio de *Elat (2 R. 14.22).
Aunque los reinos del S de Arabia eran conocidos (p. ej. Jl. 3.8), la mayor parte de los contactos entre Israel y Arabia se realizaron con las tribus nómadas del N. En la época de Ezequías estos pueblos eran muy conocidos (Is. 13.20; 21.13), y algunos de ellos hasta sirvieron como mercenarios en la defensa de Jerusalén contra Senaquerib ([ameÆl)ur-bi; prisma de Taylor 3.31). En los tiempos de Josías (Jer. 3.2), y en los días finales del reino de Judá, los árabes comenzaron a destacarse como mercaderes (Jer. 25.23–24; Ez. 27; * Cedar).
La creciente tendencia de los árabes a establecerse y constituir centros comerciales está ilustrada por *Gesem, el árabe que trató de evitar que Nehemías reconstruyese Jerusalén (Neh. 2.19; 6.1), presumiblemente porque temía su rivalidad comercial. A ello siguió el reino de los nabateos, y en los libros apócrifos el término “árabe” generalmente se refiere a ellos (1 Mac. 5.39; 2 Mac. 5.8), y más aun, la Arabia a la que se retiró Pablo (Gá. 1.17), probablemente formaba parte de los dominios nabateos.
Bibliografía.(a) General: °J. Bright, La historia de Israel, 1970; °S. Moscati, Las antiguas civilizaciones semíticas, 1960, pp. 199–250; °GHTS, pp. 11–12; B. Abd al-Malik y J. A. Thompston, “Arabia”, °DBA.
J. Bright, A History of Israe², 1972; I. Eph’al, JAOS 94, 1974, pp. 108–115; W. C. Brice, South-West Asia, 1966, pp. 246–276; W. B. Fisher, The Middle East. A… Geography6, 1971, pp. 441–478; H. Field, Ancient and Modern Man in Southwestern Asia, 1956, pp. 97–124, y mapa plegado en sobre; P. K. Hitti, History of the Arabs6, 1956, pp. 1–86; J.A. Montgomery, Arabia and the Bible, 1934, reimpreso en 1969 con una introducción de G. W. van Beek; A. Grohmann, Arabien, 1963; G. W. van Beek en G. E. Wright (eds.), The Bible and the Ancient Near East, 1961, pp. 229–248; A. K Irvine en POTT, pp. 287–311; S. Moscati, Ancient Semitic Civilizations, 1957, pp. 181–207, 243; id., The Semites in Ancient History, 1959, pp. 104–132; G. Ryckmans, Les religions arabes préislamiques, 1951.
(b) Arabia del S: A. F. L. Beeston, A Descriptive Grammar of Epigraphic South Arabian, 1962; B. Doe, Southern Arabia, 1971; sobre las excavaciones norteamericanas en Arabia del S, R. le B. Bowen y F. P. Albright, Archaeological Discoveries in South Arabia, 1958; y varias otras obras publicadas para la American Foundation for the Study of Man por la Johns Hopkins Press, Baltimore; R. L. Cleveland, An Ancient South Arabian Necropolis, 1965.
(c) Arabia del N: W. Wright, A Grammar of the Arabic Language3, rev. por W. R. Smith y M. J. de Goeje, 1896; A. Musil, Oriental Explorations and Studies, 1–6, 1926–8; N. Glueck, Explorations in Eastern Palestine, I-IV (AASOR 14, 15, 18, 19, 25, 28), 1934–51; y relatos más populares: The Other Side of the Jordan², 1970; The River Jordan, 1946; y Rivers in the Desert, 1959; véase tamb. BA 22, 1959, pp. 98–108; B. Dee, Southern Arabia, 1977; F. V. Winnett y W. L. Reed, Ancient Records from North Arabia, 1970; sobre Tema, véase R. P. Dougherty, Nabonidus and Belshazzar, 1929, pp. 105–166; C. J. Gadd, en Anatolian Studies 8, 1958, pp. 79–89.
T.C.M.
II. En el Nuevo Testamento
Arabia no abarcaba, como es el caso hoy, toda la extensión de la gran península entre el mar Rojo y el golfo Pérsico, sino solamente la región inmdiatamente al E y al S de Palestina. Dicho territorio fue ocupado por una o varias tribus árabes conocidas como los *nabateos, que se habían establecido en la zona durante el ss. III a.C. Ya para el ss. I habían logrado ejercer control sobre una extensión que se prolongaba desde Damasco en el N hasta Gaza en el S, abarcando una considerable extensión del desierto hacia el E. Su capital fue la ciudad de roca roja denominada Petra.
Arabia se menciona sólo dos veces en el NT. Pablo relata que, después de su conversión, se fue a Arabia (Gá. 1.17). No existe en el NT otra descripción de este incidente. La ubicación precisa de dicho acontecimiento resulta muy incierta. Siendo que para el mundo grecorromano Arabia significaba el reino nabateo, es probable que haya ido allí, posiblemente a Petra, la ciudad capital. No se nos informa de la razón por la que fue. Tal vez su intención haya sido la de estar solo a fin de entrar en comunión con Dios. K. Lake sugiere que Pablo llevó a cabo una campaña de predicación en dicho lugar, porque en la Epístola a los Gálatas, donde menciona dicho incidente, la antítesis no es entre conferenciar con los cristianos en Jerusalén y conferenciar con Dios en el desierto, sino entre obedecer inmediatamente su mandato de predicar a los gentiles e ir a Jerusalén a fin de obtener la autoridad necesaria para cumplir el mandato (The Earlier Epistles of St Paul, 1914, pp. 320s).
La segunda y última vez que aparece la palabra Arabia en el NT (Gá. 4.25) se la usa en el sentido más restringido, como referencia a la península de Sinaí, o al territorio inmediatamente al E, del otro lado del golfo de Ácaba.
Bibliografía.°G. A. Smith, °GHTS, 1960, pp. 11–12.
G. A. Smith, The Historical Geography of the Holy Land, 1931, pp. 547s, 649; HDAC; IDB; J. A, Montgomery, Arabia and the Bible, 1934.

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